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El fantasma de un muerto que no ha muerto ronda Medellín

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Un fantasma más vivo que muerto. Estamos reunidos con jóvenes que lideran un sector céntrico de la Ciudad de Medellín, en la Comuna Nueve, denominada Buenos Aires. Allí están hablando de cómo con la música le hacen frente a los “mensajeros del mal” y de la necesidad de generar “hechos de paz” distinguibles públicamente, así como se pueden diferenciar desde los noticieros los otros hechos, los violentos, hasta, quizá, empatarles en espacio en los medios.

Es allí cuando interrumpe Antonio, que viene entrando con la noticia: “Están velándolo –afirma- en Villanueva”. Es un poco más arriba en la ladera de una de esas montañas atiborradas de casas que son la verdadera Medellín y que rodean a El Poblado, la zona top, la única zona en donde no hay muertes ni violencia.

Es que el fantasma de Pablo Escobar, el mega narcotraficante asesinado en 1993, es una imagen que ronda la ciudad, nuevamente y molesta, despierta, encrespa y asusta –sobre todo, asusta- a mucha gente. A los que fueron “suyos” y a quienes lo combatieron y decretaron su final. A quienes les dieron de baja a la violencia extrema de los años 80 y 90 y ya se acostumbraron a vivir intensamente la nueva Medellín.

Ha muerto este miércoles uno de sus “viudos” y la gente escucha la noticia y escupe una puteada hacia el suelo. Como queriendo exorcizar ese momento y evitar siquiera pensar en un nombre y un apellido, “Pablo Escobar”.

La sucesión. No se trata del primer indicio del renacimiento del fetiche. Los dos últimos grandes líderes de las bandas que controlaban por sectores el crimen gerenciado desde el narcotráfico, están en prisión y extraditados a los Estados Unidos. Por ello, sus seguidores, los “traquetos” o “dealers” de ambas bandas están en guerra por la sucesión del poder territorial.

Así las cosas, todos temen que las 3 muertes diarias que dejan los disparos en la ciudad pasen a multiplicarse varias veces, como lo fue en otras épocas.

Pablo Escobar, el muerto que no ha muerto, ronda las calles de subida y bajada. Aun, se mete por las obras de urbanización, los centros recreativos y las bibliotecas que abundan en Medellín justo desde que se supo que él no está. Fue recién allí cuando la ciudad se relajó de su omnipotencia y en los últimos dos gobiernos municipales logró reinventarse en un esfuerzo que la destaca en todo el mundo.

Sin embargo, el fantasma más temido y sus hazañas postmortem, hoy mantienen en jaque a los gentiles y también a los “pelaos” (los jóvenes) que integran los “combos”, o bandas.

“Medellín fue el anticipo de lo que hoy es un drama universal: las ´maras´ centroamericanas o los ´pibes chorros` argentinos –nos menciona en su decálogo de males ajenos- el alcalde, Alonso Salazar.

Se trata del hombre que sucedió en el cargo a Sergio Fajardo, reconocido en los barrios de la periferia como aquél que cambió la ciudad y la volvió respirable. Acostumbrado a las idolatrías, se percibe esta actitud hacia los gobernantes que lograron hacer más respirable el aire de la ciudad y no precisamente por cuestiones ambientales: ahora se registran más vidas por día que antes, digámoslo así, para no seguir contando los muertos.

Salazar es periodista y autor del libro “La parábola de Pablo Escobar”. Y lo explica desde su contexto familiar, de sus amistades y dependientes aunque, también, desde la voz de sus víctimas y detractores: “Había algo más allá de sus objetivos políticos. Escobar siguió con la guerra desbordada aun al lograr que se prohibiera su extradición y que se creara una legislación especial para juzgarlo. Nada le bastó para cesar la guerra”.

Hasta los perros le tenían miedo. Y no es chiste. Hoy toda Colombia habla de unos hipopótamos que pastan confianzudos en las márgenes del río Magdalena. Se trata de aquellos y (los descendientes) de un grupo que Escobar trajo a Medellín, a su estancia, la Hacienda Nápoles. Hoy se reproducen con éxito y nadie sabe muy bien qué hacer con ellos, ya que no son autóctonos de este país. Lo mismo pasó con elefantes y jirafas, entre otros animales exóticos que introdujo en la región pero que no tuvieron la capacidad de adaptación que estos otros.

¿Hipopótamos? ¿Para qué? Utilizó sus excrementos para untar la cocaína. Los perros les temen a los animales con mayor fuerza que ellos. Lo son los hipopótamos. Los perros de la policía jamás se le arrimaron a un paquete de droga de Escobar.

La política que invoca a los muertos. Hoy, no hay quien no mencione a Pablo Escobar. Mientras algunos dicen que lo hacen para que nunca más se repita su historial de muerte, otros, contrariamente, parecen invocarlo. Eso se teme en los ámbitos más politizados de la ciudad. Pero también es el tema de conversación con los líderes barriales en una comunidad ubicada sobre la ladera oriental de Medellín. Y lo fue hace unos días en la reunión con niños que nacieron años después de su muerte. Se teme que nuevamente el dinero del narcotráfico pueda recuperar ese espacio político que alguna vez tuvo el propio zar de la droga, antes de 1983, cuando sus actos eran públicos y notorios, además de ostentosos y pretenciosamente demagógicos.

Un dato que alguien sacó a relucir esta noche, a pocas cuadras de donde se velan los restos del “viudo”, causó escozor por un instante en el encuentro con el que empezamos esta historia: diez años después de haber sido asesinado y durante la campaña electoral de 2003, la ciudad amaneció llenas de carteles que rezaban “Pablo presidente”. Dicen que fue una intervención urbana de un artista. Dicen que fue una broma. Pero lo que no sólo dicen sino que está documentado, es que al entierro de Pablo Escobar Gaviria concurrieron 20 mil personas.