MDZ en el despacho de un presidente y premio Nobel de la Paz
Es imposible conocer el espíritu de un país en tan sólo una semana de visita y sería contraproducente hacerlo basándonos, además, en las primeras imágenes que impactaron a la vista durante la breve visita.
|
|
Digamos entonces que Costa Rica –el país visitado- es conocido fuera por no tener ejército, cuyo presupuesto fue destinado a educación y, por lo tanto, se deduce un país con mayor educación que el promedio de la región y en donde sus habitantes, sin necesidad de ser parte de los Estados Unidos (como es el caso de Puerto Rico) hablan con fluidez español e inglés.
La palabra “paz” es la más pronunciada. Las calles hacen alusión a ello, las plazas y paseos, el discursos de sus habitantes enarbola el concepto cuando quiere pintar la imagen del país que aprendieron a “vender”. Hasta el presidente, Don Oscar Arias (así se lo llama), es premio Nobel de la Paz.
Sin embargo, la idea que los costarricenses tienen de su propio país se viene abajo cuando uno camina los primeros trescientos metros en pleno centro, por la Avenida Segunda, por ejemplo. Los muros que separan propiedades y estacionamientos están recubiertos con alambres de púa, las rejas pueblan ventanas y puertas y la policía empieza a sufrir el mismo reclamo que aquí: que son pocos, que les falta entrenamiento, que no hacen nada, etc.
Hay inseguridad, pero hablan de que es algo “adquirido” de países vecinos y no un producto de su cultura.
Hay violencia, pero todo indica que los costarricenses están esmerados en trabajar por una paz cercana, por una paz palpable, eso que aquí tanto reclamamos y que llamamos “seguridad”.
Don Oscar
|
|
Oscar Arias Sánchez es, por segunda vez, el presidente de esta nación centroamericana. Gobernó entre 1986 y 1990 y en 2006 volvió a ganar, pero con un escaso margen por sobre su contendiente: 1,1 por ciento.
En 1987 recibió el Premio Nobel de la Paz por haber participado de los procesos de paz en los conflictos armados de América Central de los años ´80. Se recuerda que, en esa época, fue un gran opositor del apoyo estadounidense a los “contras”.
No dimos con él, aunque la sensación que hay en las calles de San José es que todo el mundo alguna vez se lo cruzó en la calle. Parece que es muy común que los presidentes de Costa Rica sean así, austeros y dados a la gente y, centralmente, ajenos a la ostentación que tienen al alcance de la mano.
|
|
La historia callejera de bares y sangucherías cuenta que un ex presidente retornaba caminando a su casa después de la larga jornada de trabajo. Lo hacía con algunas escalas en tabernas sembradas en el camino, bebiendo para recomponer fuerzas o bien, para terminar de perderlas y poder descansar tranquilamente. Fue cuando lo atropelló un ciclista y todo el mundo habló del caso.
Afecto a otros menesteres, soltero, Don Oscar no se pierde evento artístico en el famoso Teatro Nacional. Es más: un dato de antiperiodismo puso en duda a esta nota, ya que mientras estábamos en su despacho, él se fotografiaba con un grupo de turistas en la entrada al máximo coliseo costarricense, firmando autógrafos y charlando animadamente.
|
|
Discreta y austera, plagada de herramientas de trabajo, destaca su oficina y una situación que pinta de cuerpo entero esta actitud que, a esta altura, ya creemos generalizada en este país: la humildad. Y es que su oficina personal, su despacho, jamás se cierra bajo llave.
En su interior, decenas de artículos en los más diversos idiomas hablan de su labor y la de su fundación por la paz en el mundo.
No hay lujo; todo lo contrario. Un escritorio clásico, viejo y bastante gastado, sobre el que firmó las decisiones más importantes de su carrera, lo acompaña aún ahora, más de 20 años después de haber sido consagrado con el mayor galardón mundial: el Nobel.
Allí está la metáfora de un país y a veces por los gestos uno puede reconocer la idiosincrasia de un pueblo. En este caso, una ciudadanía amable, orgullosa y comprometida.