La OTAN entre ser, no ser y crecer
Es una de las cuestiones claves de la reunión cumbre que la coalición militar de Occidente realiza en Bucarest y en la que las polémicas incorporaciones que cerrarían el cerco sobre Rusia, y las probables consecuencias que esto supondría, centra las discusiones. Las necesidades de Bush y las dudas de una Europa que no siente estar en el diálogo que resuelva las incógnitas que hoy debilitan a la alianza atlántica.
Algo está desenfocado en la cumbre de Bucarest. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) debate ampliaciones en plena crisis existencial. Una de sus partes fundamentales, los Estados Unidos, presiona por dar prioridad en las deliberaciones de estos días a la incorporación de nuevos miembros, cuando el núcleo principal aliado, o sea Europa, siente que la coalición militar ha perdido claridad sobre su rol y, en pruebas de fuego como Afganistán, está fracasando en lo referido a coordinación y aporte de fuerzas entre los distintos países.
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Para la administración Bush se aproxima un logro significativo: el incremento sustancial de la participación de Francia en la estructura militar de la Alianza Atlántica, de la cual comenzó a alejarse en los tiempos de Charles de Gaulle, en parte por el orgullo herido que dejó entre los franceses la decisiva presión de Washington para que Paris y Londres pongan fin a la guerra contra Egipto que, en 1956, habían iniciado en forma inconsulta cuando Gamal Abdel Nasser nacionalizó el Canal de Suez.
Nicolás Sarkozy, el menos anti-norteamericano de los presidentes franceses de la V República, adelantó esta nueva política a George Walker Bush en la visita que le hizo en Kennenbunkport, donde Bárbara y George Herbert Walker Bush, los padres del actual presidente, tienen una mansión junto al mar de las costas del Estado de Maine.
En la cumbre de Bucarest, la agenda prioriza una serie de incorporaciones que parecen más apresuradas que pensadas. Por el hecho de que implican roces internos y externos para la OTAN. En lo interno, por caso, la obsesión de la Casa Blanca por incorporar a Macedonia deja al gobierno griego en una situación incómoda, porque tiene con ese estado balcánico con capital en Skopje una serie de diferendos, que van desde territorios y fronteras hasta el propio nombre del país, al que Atenas revindica como propio desde el fondo de la historia.
Tampoco está claro para los europeos que Croacia y Albania estén en condiciones de cumplir un rol dentro de la coalición occidental, y objetan sus incorporaciones antes de que se hayan afianzado dentro del espacio defensivo otros países centroeuropeos recientemente incorporados. Pero la parte más ardua del debate está en la obsesión de Bush por acelerar el ingreso de las ex repúblicas soviéticas de Georgia y Ucrania, sobre todo por lo que implica como desafío para Rusia.
Dado que hasta el origen mismo de Rusia (el rus de Kiev) está en tierras ucranianas, la identificación de ambas naciones es total y las sensibilidades regionales siempre están al borde de la conmoción. Lo demuestra la dificultad que tuvieron los políticos pro-europeos (o anti-rusos) para llegar al poder con Víctor Yuschenko como presidente. En ese marco, sobre todo con nacionalistas duros como Vladimir Putin y Dmitri Medvedev en el Kremlin, es difícil imaginar que Rusia digiera tener en su frontera occidental nada menos que a su hermano gemelo eslavo dentro de una alianza militar rival.
No es descabellado el argumento ruso de que a semejante decisión no puede tomarla un gobierno ucraniano, sino el pueblo a través de un referéndum. En definitiva, los partidos pro-rusos podrían recuperar el poder en los próximos años y la OTAN no puede darse el lujo de tener miembros que entran y salen de su estructura, según los vientos políticos que soplen en sus capitales.
Países claves de la alianza, como Alemania y Francia, están en el umbral de oponerse a provocar de ese modo a Rusia, por eso también objeta la incorporación de Georgia. El argumento principal que desde hace dos años esgrime este país caucásico (la patria de Stalin) para acceder al Membership Action Plan, antesala de la incorporación total, es que por su ubicación estratégica puede asegurar el paso de recursos energéticos desde el Mar Caspio y Asia Central.
En todo caso, lo único claro es que, con su ingreso a la OTAN, se completa el control atlantista al rededor el Mar Negro, ya que en sus costas también están Turquía, Bulgaria y Rumania, otros miembros de la coalición occidental.
El gobierno georgiano apuesta a que, dentro de la alianza atlántica, se fortalecerá en su lucha contra los secesionistas de Abjasia y Osetia del Sur, puntos conflictivos que la hacen débil ante las presiones de Moscú. Pero en Berlín y en París dudan de los beneficios de esta ampliación hasta las mismísimas fronteras rusas, lo que el Kremlin siente como una inaceptable provocación.
En rigor, sumar Ucrania y Georgia al despliegue del escudo antimisiles norteamericano en Polonia y la República Checa, da como resultado lo que, a escala mundial ampliada, Robert McNamara impulsó como cerco para aislar a la Unión Soviética y se conoció como “cordón sanitario”.
Tratar a Rusia del mismo modo que al Estado comunista que fundó Lenin ¿acrecienta la seguridad de Europa o, por el contrario, le crea una tensión que la vuelve insegura? Esta es la pregunta que ronda por muchas capitales europeas. Y que nadie habrá respondido cabalmente al cabo de esta cumbre en la capital de Rumania.
Sin que se haya resuelto la coordinación de acciones y aportes de cada país en Afganistán, donde la guerra se ha complicado en los últimos meses, buena parte de Europa siente que las ampliaciones que impulsa la Casa Blanca podrían acrecentar las inconsistencias actuales. Y la duda tiene lógica, en definitiva, porque el apuro de crecer en plena crisis existencial, tiene más que ver con las necesidades de Bush en el atribulado último tramo de su mandato, que con las necesidades de la alianza atlántica.
Dado que hasta el origen mismo de Rusia (el rus de Kiev) está en tierras ucranianas, la identificación de ambas naciones es total y las sensibilidades regionales siempre están al borde de la conmoción. Lo demuestra la dificultad que tuvieron los políticos pro-europeos (o anti-rusos) para llegar al poder con Víctor Yuschenko como presidente. En ese marco, sobre todo con nacionalistas duros como Vladimir Putin y Dmitri Medvedev en el Kremlin, es difícil imaginar que Rusia digiera tener en su frontera occidental nada menos que a su hermano gemelo eslavo dentro de una alianza militar rival.
No es descabellado el argumento ruso de que a semejante decisión no puede tomarla un gobierno ucraniano, sino el pueblo a través de un referéndum. En definitiva, los partidos pro-rusos podrían recuperar el poder en los próximos años y la OTAN no puede darse el lujo de tener miembros que entran y salen de su estructura, según los vientos políticos que soplen en sus capitales.
Países claves de la alianza, como Alemania y Francia, están en el umbral de oponerse a provocar de ese modo a Rusia, por eso también objeta la incorporación de Georgia. El argumento principal que desde hace dos años esgrime este país caucásico (la patria de Stalin) para acceder al Membership Action Plan, antesala de la incorporación total, es que por su ubicación estratégica puede asegurar el paso de recursos energéticos desde el Mar Caspio y Asia Central.
En todo caso, lo único claro es que, con su ingreso a la OTAN, se completa el control atlantista al rededor el Mar Negro, ya que en sus costas también están Turquía, Bulgaria y Rumania, otros miembros de la coalición occidental.
El gobierno georgiano apuesta a que, dentro de la alianza atlántica, se fortalecerá en su lucha contra los secesionistas de Abjasia y Osetia del Sur, puntos conflictivos que la hacen débil ante las presiones de Moscú. Pero en Berlín y en París dudan de los beneficios de esta ampliación hasta las mismísimas fronteras rusas, lo que el Kremlin siente como una inaceptable provocación.
En rigor, sumar Ucrania y Georgia al despliegue del escudo antimisiles norteamericano en Polonia y la República Checa, da como resultado lo que, a escala mundial ampliada, Robert McNamara impulsó como cerco para aislar a la Unión Soviética y se conoció como “cordón sanitario”.
Tratar a Rusia del mismo modo que al Estado comunista que fundó Lenin ¿acrecienta la seguridad de Europa o, por el contrario, le crea una tensión que la vuelve insegura? Esta es la pregunta que ronda por muchas capitales europeas. Y que nadie habrá respondido cabalmente al cabo de esta cumbre en la capital de Rumania.
Sin que se haya resuelto la coordinación de acciones y aportes de cada país en Afganistán, donde la guerra se ha complicado en los últimos meses, buena parte de Europa siente que las ampliaciones que impulsa la Casa Blanca podrían acrecentar las inconsistencias actuales. Y la duda tiene lógica, en definitiva, porque el apuro de crecer en plena crisis existencial, tiene más que ver con las necesidades de Bush en el atribulado último tramo de su mandato, que con las necesidades de la alianza atlántica.

