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Polémica en el INCAA: el verdadero problema detrás del subsidio al cine argentino

Mientras las voces más radicalizadas piden que el cine nacional se autofinancie, hay claros indicadores que demuestran que el conflicto en nuestra producción audiovisual no radica en los aportes que recibe, sino en el errático criterio con el que se decide privilegiar a tal o cual propuesta.
Las butacas vacías de un cine argentino que necesita recuperar su vuelo
Las butacas vacías de un cine argentino que necesita recuperar su vuelo

En los últimos días, el tema del subsidio al cine argentino volvió a estar en el ojo de la tormenta tras la fuerte polémica por los manejos del Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), que derivó en la baja de su máxima autoridad, Luis Puenzo. A partir del impacto mediático que tuvo el tema, las voces más radicalizadas pidieron que el cine argentino se autofinancie y tildaron a los trabajadores de esta golpeada industria de parásitos que se alimentan del Estado. Un debate esteril si tenemos en cuenta que los gobiernos de todo país que se jacte de civilizado fomentan la producción cinematográfica a través de distintos tipos de aportes. 

El verdadero problema de la producción audiovisual nacional no radica en los subsidios que recibe, sino en el errático criterio con el que se decide privilegiar a tal o cual propuesta. Este fallido proceso queda en evidencia en el indiscutible hecho de que la mayor parte de los estrenos argentinos pasan totalmente desapercibidos. Ni el público cinéfilo más tenaz se entera de la presentación de una gran cantidad de ficciones, y sobre todo documentales, que pasan sin pena ni gloria por alguna sala del circuito INCAA, y luego se pierden vaya a saber en cuál rincón de la web.

El enojo de gran parte de la opinión pública por los subsidios al cine argentino, reside justamente en ese volumen de dinero destinado a producciones que casi nadie ve. Lo que llama la atención es que desde el INCAA  y el Ministerio de Cultura de la Nación, no hay un claro esquema de política cultural en el que se pueda apoyar a las propuestas más diversas, pero sobre la base de un interés común que supere el capricho de beneficiar a dedo a producciones que de antemano están predestinadas a ser invisibles.

Si bien en muchas ocasiones se les otorga dinero a mamarrachos impresentables, aquí lo importante es afinar el lápiz a la hora de la selección, sin condenar ni descartar aquellos proyectos que no estén destinados a ser un mega éxito comercial. En este sentido, uno de los aspectos que más le cuestionaron los trabajadores del sector a Puenzo consistió en su tendencia a priorizar el apoyo a propuestas industriales en detrimento de otras de corte más independiente. Este aspecto no es algo menor en el eje del debate, ya que tanto aquí como en cualquier lugar del mundo en donde se desarrolla una producción pluralista, este tipo de apuestas son las que más necesitan de beneficios para ser desarrolladas, pero también son las que luego empujan una evolución en las cinematografías de cada región. Sin ir más lejos, el furor del denominado nuevo cine argentino de la segunda mitad de los '90, fue impulsado desde sus películas más independientes, y el prestigio internacional con premios en festivales tuvo más tarde su correlato en el cine industrial de nuestro país, que también se aggiornó para no quedar obsoleto. Dicho de manera más simple: todo aquello que el espectador promedio encuentra notable en una producción comercial, ya sea en sus aspectos temáticos, narrativos o estéticos; antes ya fue cultivado por el cine independiente.

Más allá de la controversia alrededor de las políticas del INCAA, hay un indicador preocupante que tiene que ver con una producción estancada por una crisis de contenidos. Si hace no tantos años, el cine argentino gozaba de muy buena salud, tanto en la taquilla como en el circuito de festivales internacionales, hoy luce opaco y sin rumbo. Los tiempos de gloria del más noble entretenimiento propulsado por talentos como Fabián Bielinsky y Damián Szifrón, parecen lejanos. Lo mismo en el circuito de prestigio que generaron figuras como Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Adrián Caetano, Martín Rejtman y Lisandro Alonso; solo por mencionar algunos. En los últimos diez años, más allá del crecimiento de uno que otro referente, como los mendocinos Alejandro Fadel y Pablo  Agüero, no se ha dado una revitalización de aquella generación que paradójicamente, o tal vez no tanto, conquistó grandes logros sin recibir grandes sumas del Estado.

Parte del trabajo en el criterio de selección de materiales a beneficiar que tendrían que poner en marcha organismos públicos como el INCAA, debería contemplar justamente el espíritu creativo por encima de la premisa de hacer cine como un mero trámite o conchabo para obtener un dinero. Es totalmente lícito que técnicos y asistentes vivan de una producción audiovisual sostenida en el país, pero para que nuestro cine recupere fuerza en sus vertientes artística y comercial, hace falta que el Estado focalice su apoyo en aquellos directores a quienes se les queman las manos por hacer una buena película; y no en el pelotón de oportunistas que solo buscan sacar una tajada de este confuso proyecto cultural.