Adopción

El día que Esperanza conoció a su mamá y la adopción revolucionó su vida de la noche a la mañana

Después de intentarlo durante años, María y Javier decidieron adoptar. No imaginaban cuánto tiempo llevaría el proceso ni, mucho menos, cuánto cambiaría sus vidas la llegada de Esperanza.

Florencia Rodríguez Petersen
Florencia Rodríguez Petersen domingo, 16 de octubre de 2022 · 10:32 hs
El día que Esperanza conoció a su mamá y la adopción revolucionó su vida de la noche a la mañana

María y Javier se casaron en 2013  luego de años de noviazgo. Se conocieron en Buenos Aires, en una de esas peñas típicas que convocan a estudiantes de todo el país. Ella es de La Pampa y él, salteño. Cuando decidieron dar el sí, hicieron un festejo federal: el civil en Santa Rosa con un puñado de amigos y el casamiento por Iglesia en Salta. Él administrador de empresas y ella terapista ocupacional, no tenían muy claro a dónde los llevaría el viento pero sí una importante certeza: el sueño de construir juntos una familia

Vivieron un tiempo en Buenos Aires hasta que apareció la posibilidad de instalarse en Salta. Buen plan para los dos, amantes de las actividades al aire libre y de los momentos compartidos con amigos y familia. Compraron un terreno, un crédito les sirvió de envión para construir su casa: con un living enorme, una amplia galería y una gran parrilla. “Para que todos puedan venir”, decían, siempre con una sonrisa y la casa todavía en obra. 

Pasaron dos años y, ya establecidos, comenzaron a “buscar” un bebé. Pasaba el tiempo. Y los estudios no salían como ellos esperaban. María tenía endometriosis. Y eso dificultaba el proceso. Al dolor de la enfermedad -de la que poco se habla, a pesar de que afecta al 10% de las mujeres en edad reproductiva en todo el mundo- se sumaba el dolor de no poder quedar embarazada

Junto con los primeros tratamientos e intervenciones quirúrgicas llegaron las charlas en torno a la posibilidad de realizar un tratamiento de fertilidad. Juntos, María y Javier atravesaron ese proceso cargado de dudas en un principio y regado por etapas de ansiedad. Realizaron dos tratamientos de fertilización in vitro, que llevan un proceso tedioso, y otros de menor complejidad. Pero eso tampoco funcionó. 

“Pasaba el tiempo y a mí me costaba tomar la decisión de hacer el tratamiento y el bajón era muy fuerte, porque es como un duelo que uno va haciendo”, recuerda María y sigue: “En el último tratamiento Javier me dijo : ‘Yo estoy por cumplir 40. Vos estás cansada, esto te está afectando un montón’. Y los dos sentíamos que no íbamos a poder sostener esta situación mucho tiempo más”. 

Para él siempre había sido una opción más clara la de adoptar. “Para mí no”, aclara María. Y cuenta que en febrero de 2021, se hizo el tercer tratamiento y se dio cuenta en el medio de que no iba a resultar por lo que contactó a la secretaria tutelar de Salta. Ella les contó cómo era el proceso de adopción. “Javier salió muy emocionado por la posibilidad de cambiarle la vida a alguien. Yo no lo veía tan así. Era más egoísta mi mirada: ‘Esto nos puede cambiar la vida a nosotros’. Me movilizaba, pero no podía mirar más allá”, confiesa. El miedo a lo desconocido podría haberlos paralizado, pero algo parecía indicar que ese era le camino. 

La legada de Esperanza cambió la vida de María y Javier aun más de lo que ellos imaginaban

Un día María contó la buena nueva en un Zoom con amigas. “Conéctense todas”, había insistido antes. Y la alegría se multiplicó en cuanto se escuchó su “secreto”: “Con Javier nos anotamos en el registro de adopción”. A las sonrisas, lágrimas de emoción y felicitaciones siguieron las preguntas: ¿Como fue? ¿Cuándo lo decidieron? ¿Están seguros? ¡Qué felicidad! 

Presentaron los papeles un 22 de marzo, “pensábamos que se nos cumplía el tiempo de espera. Nos preguntábamos: ‘¿Hasta cuándo vamos a esperar?’ y, por otro lado, yo estaba muy agotada del desgaste emocional de los tratamientos”. 

Apenas unos meses después, cuando María y Javier volvían de unas vacaciones en el Sur -los papás de ella habían logrado reunir a todos sus hijos y nietos para una viaje familiar- un llamado los descolocó. Sonó el celular de María y pocos segundos después de decir “Hola”, empezó a llorar. No entendía del todo lo que estaba pasando. Y no encontraba las palabras ni la entereza para poder contarlo. 

Al final lo logró: la llamaban desde un juzgado salteño. Había una niña de un año y medio esperándolos en la remota localidad salteña. El viaje de vuelta fue extraño. Y más aún el trayecto en auto desde su casa en la Ciudad de Salta a la localidad al norte de la provincia donde los esperaba una jueza de familia. 

“Son tres días y se vuelven con ella”, nos habían dicho. Pero sabíamos que había distintos casos. “En esos tres días te evalúan constantemente”, cuentan María y Javier. Sin embargo, no se sintieron evaluados. Al contrario. “Nos sentimos muy acompañados”, dicen al unísono. 

Los tres días que estuvieron en la localidad, muy cerca dle límite con Bolivia, tuvieron audiencias. En la primera, conocieron a Esperanza. “Tuvimos una audiencia al mediodía, nos contaron toda la historia de ella. Yo estaba como disociada en ese momento. No podía entenderlo. Era como escuchar un caso clínico de un paciente del hospital”, recuerda María. 

Se acuerda perfecto como estaba vestida Esperanza cuando la vio: con un equipo verde militar, con los pelos desordenados y botitas negras. “No paraba de llorar”, cuenta María un año después de haberla conocido y mientras la mira jugar con masas de colores. “Ahí me cayó la ficha de que esto era un montón. Quería irme. Javier se dio cuenta de mi cara y dijo algo así como: ‘Bueno, nos vamos. Volvemos a la tarde al hogar’”. 

Entonces, María habló con su psicóloga, con una pareja conocida que ya había adoptado y otras personas que también habían pasado por ese proceso. “A la tarde fuimos al hogar. Esperanza estaba más tranquila. Nunca había salido de ese hogar”, comenta. Y acota entre risas que “en el hogar le decían la llorona”. Esa imagen contrasta con la de Esperanza hoy: una niña que sonríe a todos, juega -sola y con otros niños- y apenas si se la escucha llorar cuando tiene hambre o sueño. 

Javier y María pasaron su segundo día encerrados en el hotel y con Esperanza en brazos. Alguien le había dado a María un consejo que fue clave: “Abrazala fuerte. Todo el tiempo”. Eso hizo. Y Esperanza dejó de llorar. Así comenzaba a tejerse una relación de amor que se multiplica y contagia. 

Siempre nuestro proyecto de vida fue formar familia. Con los años a mí se me fue cayendo esa idea. Pensaba que quizás no era lo que Dios quería para mí y que tenía que poner la fuerza y la energía en otro lado, pero aun así nunca me sentía plena. No alcanzaba. Hoy me doy cuenta de que sí, de que la decisión de Dios era que adoptáramos”, dice consciente de cómo cambió su vida el día que conoció a Esperanza.

Y agrega riéndose: “Lamento no haber tomado antes la decisión de adoptar porque ahora tengo menos energía. Ahora me doy cuenta de que me cansa tirarme al suelo a jugar y hace unos años no me cansaba tanto”. Pero la verdad es que el miedo a lo desconocido, a perder esa libertad, que María tenía antes de conocer a Esperanza se transformó en algo nuevo, un amor tan fuerte que supera todo. 

Yo pensaba que la adopción iba a ser un proceso más difícil que el de criar a cualquier hijo. Pensaba que le iban a costar más las cosas, que íbamos a tener muchas dificultades y que Esperanza iba a tener tantos problemas que va a ser más difícil que criar a un hijo de uno. Y en realidad eso es lo que en mí cambió realmente la mirada”, cuenta María y sigue: “Cuando nos dijeron que era ‘la llorona’, sentí que no íbamos a poder hacer más nada, no íbamos a poder salir porque ella iba a tener problemas para socializar. Y mi gran sorpresa fue que a los cuatro o cinco días Esperanza estaba super adaptada. Iba con la gente, jugaba sola y con otros niños”. 

Insiste una y otra vez en esa idea porque siente que “hay un mito que hay que erradicar de la adopción. Cuando adoptas, el chico viene con una historia, pero es la vida misma y los chicos se hacen a uno también. A Esperanza, por ejemplo, le encantan los caballos, los perros y los animales en general, porque a nosotros nos gustan también y se va contagiando”. 

La vida de los tres cambió de la noche a la mañana. Y la alegría se derramó a las familias y amigos de María y Javier que cuentan la historia con la certeza de que “el sistema funciona”. Dicen que fueron afortunados, saben que hay parejas que tienen muchas dificultades para adoptar y niños que nunca llegan a tener una familia. También conocen -porque les tocó atravesarlos- los miedos que surgen a la hora de pensar en la adopción. Saben que cada etapa del proceso está atravesada por una marea de emociones y que así como las preguntas aprietan a veces el corazón, la felicidad de formar una familia es como una ola expansiva de amor que se renueva y multiplica. .  

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