Vendimia y dictadura: el contraste brutal que definió la edición de 1976
Todo sobre la fiesta de la Vendimia que coincidió con el inicio de una dictadura que transformó el país.
Luces en tiempos oscuros: así fue la Vendimia de 1976.
El 13 de marzo de 1976, Mendoza celebró su Vendimia con una tensión que se podía cortar en el aire. El país atravesaba momentos difíciles, cargados de irregularidades, y la provincia no estaba al margen de esa atmósfera espesa.
El tradicional golpe de reja de la Bendición de los Frutos lo dio un militar retirado, Pedro León Lucero, designado interventor federal en noviembre del ’75. Once días después, la sensación de que la democracia estaba en riesgo dejó de ser una intuición: el 24 de marzo el golpe que derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón se autotituló “Proceso de Reorganización Nacional”.
Te Podría Interesar
Se estableció la pena de muerte para quienes hirieran o mataran a integrantes de las fuerzas de seguridad, se “limpió” la Corte Suprema de Justicia, se intervinieron los sindicatos, se prohibió la actividad política y se censuraron los medios de comunicación. Las Fuerzas Armadas asumieron el poder político en representación de los intereses de grandes grupos económicos que desmantelaron el aparato productivo del país. Mendoza fue intervenida al día siguiente por el Cnel. Tamer Yapur y, al mes, asumió como interventor militar el brigadier Jorge Sixto Fernández.
La puesta de 1976 llevó por nombre "Vendimia del agua fecunda", un libro de Eugenio Carbonari adaptado y dirigido por Abelardo Vázquez. El libreto retomó la creatividad habitual de la Vendimia, y se estructuró en cuadros que recorrieron desde la génesis hasta la historia nacional.
Hubo un momento dedicado a la confirmación de Mendoza como subsede del Mundial ’78, integrando el relato local con un acontecimiento deportivo de proyección internacional. La narración se apoyó en una variedad musical amplia, abarcando desde el tema del film “Zorba el griego” hasta danzas españolas, ritmos latinos, soul, malambo y cueca cuyana, desplegados por una cantidad considerable de bailarines y actores.
La escenografía fue de Miguel Ángel Marchioni y el diseño lumínico integró los cerros aledaños al escenario, donde se representaron escenas y figuras que ampliaban el campo visual más allá del espacio central. De esa forma, la montaña dejó de ser fondo y pasó a ser parte activa del espectáculo. Todo estuvo pensado para impactar, para envolver al público en una experiencia sensorial potente en medio de un contexto político cada vez más restrictivo.
El cierre tuvo el brillo clásico de las grandes noches vendimiales, y los fuegos artificiales enmarcaron la coronación de Analía Ortiz Baeza, representante de Godoy Cruz, como Reina Nacional de la Vendimia, quien además estrenó una nueva corona bañada en oro, con incrustaciones de piedras y un gran rubí.
El Banco de Mendoza donó un nuevo cetro con el escudo nacional en el extremo superior y una capa de lamé con aplicaciones bordadas en oro y color que recreaban motivos vendimiales. La Virreina fue Dolly Linares, representante de Guaymallén. En contraste con ese despliegue, el afiche promocional resultó austero; simulaba un racimo de uva enmarcado en un círculo, con escaso brillo creativo.
La Vendimia de 1976 quedó atravesada por esa dualidad, logrando una fiesta que sostuvo su despliegue artístico y coronación mientras el país ingresaba en una de las etapas más oscuras de su historia.




