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En Confianza con Anabel Fernández Sagasti: lo que nunca supiste, lo que nunca contó

Como es el personaje público cuando nadie lo ve. Hoy, Anabel "En Confianza": las confesiones, pasiones y secretos que rara vez llegan a una entrevista.

Anabel Fernández Sagasti se sentó a charlas En Confianza y mostró su lado B.

Anabel Fernández Sagasti se sentó a charlas En Confianza y mostró su "lado B".

Rodrigo D'Angelo / MDZ

¿Qué hay detrás del personaje que todos conocemos? ¿Qué música escucha cuando nadie lo ve? ¿Qué recuerda de su infancia? ¿Qué costumbres conserva de su familia? ¿Qué lo hace reír, qué lo emociona, qué pequeñas cosas disfruta y cuáles no soporta? ¿Cómo es cuando deja de ser político, empresario o persona conocida y vuelve a ser simplemente una persona como todos?

“En Confianza” nace con esa curiosidad: la de correrse de los discursos, los cargos y las declaraciones oficiales para descubrir una faceta menos conocida de quienes ocupan un lugar relevante en la vida pública mendocina. Un ciclo de entrevistas que propone un mano a mano diferente, más íntimo y descontracturado, para conocer a personajes de la política, la cultura y el empresariado desde un lugar que habitualmente no aparece en las noticias.

La infancia, los afectos, los gustos, las costumbres, los libros, las películas, la música, las comidas preferidas, las pequeñas manías, los recuerdos que dejaron huella y también aquellas historias que difícilmente aparecen en una entrevista convencional. La idea es hacer las preguntas que permitan descubrir a la persona que existe detrás del personaje público. Porque, cuando las cámaras se apagan y el protocolo queda afuera, todos tenemos una historia, algunas obsesiones, ciertos placeres y un puñado de recuerdos que ayudan a explicar quiénes somos.

Anabel Fernández Sagasti, íntima

Hay una Anabel Fernández Sagasti que se ve en los debates, en el Congreso, en las entrevistas políticas y en las redes sociales. Es la dirigente de discurso firme, la mujer que aprendió desde muy joven a militar, discutir y tomar posición. La que por muchos es querida y por muchos otros, resistida. Pero hay otra Anabel bastante más difícil de ver: la que se pone un jogging cuando llega a su casa, la que saca a pasear a sus perros, la que se reúne con sus amigas los viernes, la que desayuna sentada y tranquila y la que no negocia el pequeño placer de algo dulce antes de dormir.

Esa Anabel es la invitada a esta charla. La de la infancia aplicada —aunque “un poquito revoltosa”—, la hija marcada por dos padres que le dejaron enseñanzas diferentes, la fanática de la música que puede pasar del tango de su papá a los hits más melosos de Luis Miguel sin escalas, la que reconoce sin culpa que no le gusta cocinar y la que lleva prolija (y un poco obsesivamente) cuadernitos donde anota absolutamente todo.

Anabel Fernández Sagasti se sentó a charlar En Confianza con Fede Croce.

Anabel Fernández Sagasti se sentó a charlar En Confianza con Fede Croce.

Quizás lo más lindo de este tête-à-tête es la aparición de una mujer que está atravesando uno de los momentos visagra de su vida: el embarazo y la inminente llegada de su primer hijo, y que por ende reflexiona sobre cómo la maternidad está modificando sus prioridades y su manera de mirar el mundo.

Lejos de los discursos y de las respuestas de manual, Fernández Sagasti se permite acá algo menos frecuente: hablar de sí misma. De sus afectos, sus manías, sus gustos, sus amigos, sus contradicciones y sus peculiaridades. Se ríe, recuerda, se emociona, revela, juega al ping-pong y hasta confiesa cuál fue el regalo que más la indignó. Una conversación para conocer a la mujer que está detrás de la política. Cuando las cámaras y los grabadores se apagan, la que queda es esta Anabel: conocela.

Aquí, la primera parte de la entrevista en video -¡si querés leerla... seguí scroleando! ¡Está más abajo!-

—¿Cómo era Anabel cuando tenía 10 años? ¿La que vemos hoy ya estaba ahí?

—Más o menos. Era re aplicada, era la secretaria de la señorita. No era buchona, pero sí, era re aplicada.

—Entonces ya me respondiste la segunda pregunta que se me ocurrió, porque iba a preguntarte si eras la alumna aplicada, la revoltosa o la que mediaba en los conflictos...

—La aplicada y un poquito revoltosa también, no voy a mentir.

—¿Cuál fue la travesura más grande que recordás de chica?

—Vos sabés que era bastante "tranqui" de niña. Después, cuando fui a la secundaria, fui presidenta del centro de estudiantes y si... hasta tomaba el colegio (risas).

—O sea que en la secundaria ya aparecía esa Anabel fuerte, firme, picante que conocemos hoy.

—Sí, sí, sí. Siempre. Siempre activando y participando en todo lo que era posible.

—Hoy tu mundo está en la política, pero... ¿con qué soñabas antes de entrar allí? ¿Qué imaginabas que ibas a hacer con tu vida?

—Mirá, yo entré a la Facultad de Derecho porque quería seguir la carrera diplomática. Ese era mi sueño. Después salí de la facultad y... fui diputada nacional. No es que todavía no lo pueda cumplir, porque hay embajadores que fueron políticos....

La verdad es que a mí me encantaba la política desde chiquita, siempre me gustó. Y eso que yo egresé en 2001, no era un tiempo en que la política enamorara a la juventud. Aunque vengo de cuna peronista, los partidos políticos habían desilusionado a mucha gente.

—¿Qué música sonaba en tu casa cuando eras chica, cuando todavía no decidías vos qué escuchar?

—Mi papá ponía tangos. Y me acuerdo de que me llevaba a la escuela escuchando tangos y yo le decía: “Papá, ¿por qué este bajón?”. Después me acostumbré y ahora lo amo. Sobre todo mi pareja, Cristian, escucha muchísimo tango.

Y mi mamá, desde Valeria Lynch hasta Luis Miguel, sin escalas. Así que yo me sé todos los temas de Luis Miguel. Todos. Te los canto. De Valeria Lynch, también.

Con mi hermano nos llevamos tres años, entonces somos contemporáneos. Así que como banda de los dos te nombro a Los Fabulosos Cadillacs... Yo siempre fui muy fan y ahora vienen a Mendoza y no puedo ir. La música nos unió muchísimo con mi hermano. Íbamos a recitales juntos.

A los Cadillacs los fui a ver hace como un año y medio en Buenos Aires. Consejo: no se los pueden perder.

—Si tuvieras que elegir a la persona que más te marcó en la vida, ¿quién sería?

—Mi papá y mi mamá. Siempre pensé que mi papá me había marcado más que mi mamá, pero después, cuando crecí, entendí muchas cosas. Mi mamá representa la independencia como mujer. Siempre me inculcó que tenía que trabajar, tener mi plata, tener mi vida. Todo lo que sea independencia, mi mamá me lo marcó muchísimo desde chiquita.

Y bueno, de mi viejo, heredé desde la política hasta lo familiero, lo amiguero.

Mi mamá también me transmitió el amor a las mascotas. Yo soy re mascotera. En mi casa, perrito, gatito que hubiera por ahí tirado, iba para adentro.

Es más, en el barrio nos dejaban los gatitos y los perritos en la puerta de casa porque ya sabían que mi vieja los iba a rescatar. Después iba a haber una pelea con mi viejo, claro. (Risas).

—¿Hay algún consejo de tu papá, de tu mamá o de algún abuelo que todavía recuerdes como una especie de máxima para la vida?

—A mi viejo yo siempre lo tuve como una referencia en cuanto a la militancia. Siempre hablábamos de un miedo que veíamos; que era que uno, cuando llega a ciertos lugares de representación, a veces pierde el foco en la esencia, que es ser servidor público. Entonces yo tenía un trato con mi viejo: si alguna vez él veía que eso en mí se desviaba, que yo estaba en la dirigencia o en algún cargo por el poder mismo y no para prestar un servicio, me lo iba a decir y yo iba a renunciar.

Bueno, él ahora no está y tengo que buscar a esa persona, que sea como mi guardián. Porque a mi papá yo le decía que al único que iba a escuchar era a él.

—¿Hay una costumbre mendocina a la que nunca renunciarías?

—A mí me gusta mucho hacer salsa con mi familia. Ese día es como especial. Es más: ese día no puedo hacer nada más. ¡Que no me pongan nada! Tiene que ser un domingo, claramente. Va mi sobrina, estamos todos haciendo la salsa y ese día se come asado. Tener salsa casera no tiene precio.

—Hablemos de la vida cotidiana de Anabel. ¿Cómo sos cuando nadie te ve?

—Soy bastante tranquila. Me gusta vestirme de jogging, bien deportivo, pero no de "deportivo cheto", sino más de “bultosear”, digamos. Casi pijama.

Te repito, soy tranqui. Me gusta leer mucho, estar con mis perros, soy muy familiera y muy amiguera. Con mis amigas, todos los viernes de nuestra vida nos juntamos: a veces con pibes, a veces sin pibes, con las que puedan... nos juntamos a comer.

Trato de disfrutar lo que las horas de trabajo y de viaje me sacan. Lo aprovecho y lo concentro.

—¿Te gusta cocinar?

—No, no me gusta.

—Delivery.

—Delivery. No es que cocino mal. Soy igual que mi vieja: no es que cocino mal, es que no me gusta. Si estoy sola, me hago un huevo y chau.

—¿Y cuál es ese pequeño placer cotidiano al que tampoco renunciás? Ese mimo que decís: “Esto no lo negocio”.

—Para mí, desayunar bien es crucial. Yo me siento a desayunar: no es que voy picoteando. Es casi una ceremonia: me siento, desayuno, me regalo ese momento.

Y después... necesito algo dulce a la noche antes de dormir. Soy de ese team. Trato de que sea algo saludable, pero bueno... trato. (Risas).

Anabel será mamá de un varón: se llamará Astor.

Anabel será mamá de un varón: se llamará Astor.

El embarazo: “Siempre quise ser mamá”

—Vamos a charlar un poquito del embarazo, que es lo que más ganas tengo de hablar con vos. Estás atravesando un momento único: decidiste ser mamá y además lo hacés con una exposición pública muy fuerte, siendo una cara muy visible de un partido político. ¿Qué fue lo que más te sorprendió de este embarazo, eso que nadie te había contado y que tuviste que experimentar?

—Mirá, yo siempre quise ser mamá. Siempre, siempre, toda la vida. Y bueno, el momento fue ahora que llegó Cristian a mi vida.

Todas mis amigas han sido mamás. Tengo mucho embarazo cercano: chicas de la oficina, amigas... siempre tuve gente embarazada alrededor desde chiquita, no sé por qué. Entonces tengo todos los tips, porque mis amigas siempre me han contado cosas.

Pero nunca pensé que costara tanto llevarlo en lo cotidiano. ¡El cansancio! Yo cuando lo veía desde afuera y escuchaba a las embarazadas quejarse decía: “Bueno, tampoco que estás enferma”. Pero sí, cuesta. Cuesta.

Por suerte, he tenido un embarazo que hasta ahora ha sido lindo. No he tenido náuseas.

—¿Desde que tenés la panza mirás de otra manera? ¿Cambió tu mirada sobre algunas cosas? ¿Entendiste cosas que antes no entendías?

—Totalmente. Se te da vuelta la cabeza. Las prioridades te cambian. Eso es verdad: no es una frase hecha.

Algo gracioso que me pasa es que mi algoritmo está lleno de bebés, mamás, puericultura... Solo me aparecen cosas sobre esto, y yo se las voy mandando a los demás.

Me sorprendió el cambio del cerebro de la mujer. Desarrollé una parte que en mí no estaba tan desarrollada, que es el tema del instinto. Tu cerebro se amolda a que ahora tenés que proteger a otra persona. Entonces ese instinto de protección, no el instinto materno, sino el instinto de protección, de sentir el peligro, todo eso ha aparecido. Entiendo que es una cuestión natural.

—Animal.

—Claro, animal. Y sí. Como que estoy más atenta a otros cuidados, a otros peligros. Yo soy bastante racional y ahora estoy en otra.

—El otro día vi que ya tenías elegido el primer tema musical que querías que escuche Astor, el bebé que viene en camino...

—Sí, es que la música en mi vida es algo fundamental. Yo me levanto y tengo una playlist para cuando me peino y me maquillo. Tengo playlist para todo momento. Y me gusta mucho no quedarme afuera de lo que están escuchando los pibes y las pibas. Entonces le digo a mi sobrina: “Che, ¿qué canción nueva hay?”. Siempre trato de conocer y, aparte, de no sentirme tan vieja.

—¿Hacés esas cosas que hace todo el mundo, como hablarle a la panza, contarle cosas?

—Sí, sí.

—La parte romántica del embarazo.

—Sí. Con Cristian le hablamos. Le habla más él y, cuando le habla él, no sabés lo que se mueve.

—¡Qué traidor!

—¡Te juro! Cuando yo le hablo no se mueve.

—¿Quién está más ansioso: Cristian, vos, tu familia, tus amigos?

—Todos. Es como una vorágine de ansiedad. Ya no hay bebés en mi familia, así que es tremendo. Mis hermanos ya saben que me tienen que ayudar a criarlo. (Risas).

—O sea que esto va a ser una crianza comunitaria.

—¡Sí!

—Antojos: ¿tuviste alguno particularmente extraño?

—Como mucho fiambre.

—Ajá.

—Horrible.

—No es precisamente lo primero que uno piensa cuando habla de alimentación saludable.

—No. Maite, que es mi nutricionista, espero que no lea esto. Igual le he contado de este antojo y me ha dado recetas para paliar la sotuación. Pero sí: el antojo es mucho fiambre. Me han contado que cuando es varón te da por el fiambre.

—¿Sí?

—Dicen. No sé. Pero yo como sándwiches de jamón y queso todo el día.

—¿Qué tipo de mamá te gustaría ser? Es una pregunta enorme, pero seguramente ya tenés algunos puntales o ideas de la mamá que querés ser.

—Yo estoy entregada a que voy a hacer lo que pueda. Pero, por ejemplo, quiero ser como mi vieja en el sentido de que mi mamá, a los tres meses, nos llevó del moisés a la cama. Nos enseñó a tomar la mamadera solos. O sea, fuimos muy independientes.

Yo ahora veo que, desde mis hermanos hasta mis amigas, hacen colecho hasta los cinco o seis años. Y mis amigas me dicen: “No vas a poder. Estás soñando y vas a caer. Vas a caer como todas nosotras, de dormir con Astor entre los dos”. Bueno, yo voy a intentar ser como mi mamá, que nos crió así. ¡Será lo que nos salga! Con el padre decimos eso: queremos cuidar también la pareja.

En este video podés mirar la segunda parte de la entrevista (¡o podés seguir leyéndola, scroleando hacia abajo!)

La Anabel que casi nadie ve

—Vamos con algunas preguntas más divertidas. Si mañana te dicen: “Listo, Anabel, ya no podés seguir la carrera política”, ¿serías abogada? ¿O dejarías también la abogacía y harías otra cosa?

—Mirá, yo siempre les digo a los compañeros que trabajan conmigo en la oficina que yo sé dónde me voy a jubilar y qué voy a hacer. Yo quisiera tener un jardín de infantes y ser la directora de ese jardín: estar ahí con los chicos, con las familias. Y sería feliz. Eso para mi es felicidad. De más grande, con un jardincito maternal. Me encantaría.

—Te súper conectás con la niñez: no es porque estás embarazada...

—Me súper conecto. Yo sigo siendo voluntaria en la Casa Cuna. A mí los niños me encantan y disfrutaría mucho estar ahí, entre los mocos, las risas y los juguetes. Siendo una niña más y cuidándolos.

—¿Tenés alguna manía? Algo que quienes trabajan con vos conozcan y digan: “Dios mío, Anabel no puede con esto”.

—Soy bastante ordenada.

—Esa es la típica respuesta de alguien que disfraza una virtud como si fuera un defecto.

—No, no. Por ejemplo, los que trabajan conmigo van a dar fe de esto: tengo un cuadernito donde anoto absolutamente todo con fecha. Entonces en determinado momento lo agarro, llamo a alguien y le digo: “Te pedí el día tal esta cuestión. ¿Qué pasó?”.

—¡Qué miedo!

—Ese es el método. Y es a mano, ¿eh? Todo anotadito de puño y letra. Tengo un cuadernito para Mendoza y un cuadernito para Buenos Aires. “Che, hablé con vos el día tal. ¿Qué pasó? Porque pasó un mes...".

—¿Tenés alguna aplicación en el celular que no sea la típica?

—Ahora, en la edad de la inteligencia artificial, uso Claude. Y me he bajado juegos que he tenido que eliminar.

—¿Porque la manija fue importante?

—La manija fue importante. Pero ahora estoy en otro mood. Trato de leer mucho. Estoy más tranqui, más crítica con el tema del celu.

—¿Cuál es tu emoji preferido?

—El de la nena que está con la mano tapándose la cara, el del monito que se tapa los ojos, y el de las uñas pintadas... ¡ese es lo más!

—¿Tenés alguna habilidad inútil?

—Se me ocurren dos útiles: sé tejer, pero no lo hago. Y sé destapar un vino de muchas maneras.

—¿Tenés un recuerdo de algún regalo espantoso? El peor regalo que te hayan hecho, sin quemar a quién te lo hizo.

—Sí. Un grupo de personas estaba muy agradecido conmigo porque había sacado una ley muy importante. Me esperan con un asado, qué sé yo, para agasajarme, y me regalan una camiseta de la Lepra... ¡Fanática yo de Godoy Cruz!

—Claro. Fuerte.

—Y la camiseta decía “Anabel”. Y yo... no me la pude poner. No pude. Porque es algo muy intrínseco a mí el ser hincha del Tomba. Pobre gente, me la trajeron con toda la ilusión y lo único que me salió decir fue: “¿Quién te dijo que yo era de la Lepra? ¿El enemigo?” (Risas).

Anabel en los estudios de MDZ.

Anabel en los estudios de MDZ.

Comidas, placeres y enemigos gastronómicos

—¿Te gusta comer?

—Me encanta.

—¿Y con qué comida no te llevás bien?

—Mirá, lamentablemente soy alérgica al pescado. Cuando lo como, me broto entera.

Como no me gusta cocinar, soy muy agradecida. Lo que me ponen en la mesa, lo como. Pero el cilantro, no lo soporto. ¡Ah y el helado de menta!

—No, Anabel. Ahí vamos a estar en desacuerdo... ¡es rico el helado de menta!

—Y bueno: a mí no me gusta. A tal punto que no pueden comprarlo en el mismo pote que yo como. Pídanlo, pero en un potecito aparte.

La legisladora nacional abre el ciclo de entrevistas

La legisladora nacional abre el ciclo de entrevistas "En Confianza".

Ping-pong con Anabel

—Un paisaje de Mendoza.

—Tupungato.

—Una película.

—Kill Bill.

—Una serie.

—Game of Thrones.

—Un libro.

—La mujer habitada.

—Un cantante argentino.

—El Indio Solari.

—Una cantante argentina.

—María Becerra.

—Una banda de rock.

—La Renga.

—Un tema musical.

—“Hablando de la libertad”, de La Renga.

—Un gusto de helado.

—Es medio polémico. Según mi pareja, Cristian, mi gusto preferido es cerezas a la crema.

—Una comida.

—Lasaña.

—Un restaurante de Mendoza.

—Te voy a decir uno, pero porque me trae muchos recuerdos. También tiene que ver con lo emotivo. Comer choris bajo el puente.

—Un color.

—Rojo.

—Una estación del año.

—Otoño.

—Un hobby.

—Amo pasear a mi perro. Salir a caminar con él.

—Una palabra que te defina.

—Esto es difícil... Me definen muchas palabras.

—Pero elegí una.

—Voluntaria.

—Perfecto. Una emoción que te gusta sentir o que te gusta ver que el otro siente.

—Ternura.

—Una diva argentina.

—Moria Casan.

—Un actor argentino.

—Rodrigo de la Serna.

—Una actriz argentina.

—Mónica Antonópulos.

—Un periodista mendocino.

—Magela Muzio. ¡Me encantan sus columnas!

Los políticos que admira

—¿Un político que admires? ¡No vale decir Cristina!

—San Martín. No por decir lo fácil. Es por la visión, la estrategia, cómo organizó a Mendoza, el gobierno que hizo él acá. Fue un tipo de otra época que me parece que no valoramos en Mendoza lo suficiente. Más allá del cruce, lo que hizo por Mendoza, cómo organizó Mendoza, cómo gobernó Mendoza, cómo tuvo la visión de generar industrias y cómo se paraba frente a Buenos Aires... Todo él me parece de admirar y de estudiar. Me parece que es un tiempo para volver a las raíces.

—Y ahora uno de otro bando. Un político de otro color político o de otra filosofía con el que compartirías sin problemas una charla, una comida o un café. Alguien que te parezca una persona valiosa, buena onda, aunque piensen distinto.

—Sabés que hay muchos, porque como los legisladores estamos todo el tiempo hablando entre nosotros... La verdad que cuando fuimos senadores juntos con Julio Cobos pudimos trabajar muy bien: por ejemplo, el proyecto de etiquetado lo sacamos juntos. Obviamente, pensamos diferente, pero sí: con él, un café, un almuerzo. De hecho, lo hemos hecho.

Anabel Fernández Sagasti no puso ningún reparo ni objeción a la hora de entregarse a la charla.

Anabel Fernández Sagasti no puso ningún reparo ni objeción a la hora de entregarse a la charla.

Humor, y personas que dejan huella

—¿Te gusta el humor? ¿Los humoristas te hacen reír?

—Sí. A mí me encanta La Checha. (@cecihace) ¿La tenés? La que hace un sketch sobre que ella es varón. Me parece que ha hecho más por el feminismo que todas nosotras. Y su compañero también.

—¿Un empresario mendocino?

—El viernes pasado fui a una PyME... te nombro a Gabriel Bravo, de Guaymallén. Emprendedor del rubro metalmecánica. A mí el tema de ver el esfuerzo que se hace... No tendría que ser algo heroico ser un empresario PyME en la Argentina, pero termina siéndolo.

—¿Hay alguien que no sea famoso ni tenga exposición pública, cuya historia admires y quieras reconocer?

—Yo admiro mucho a mi hermano. Tuvo una tragedia en su vida y admiro ese impulso de la vida que tiene. En este trabajo también tenés historias que te llegan y que son fuertes. Y eso de transformar la muerte o el dolor en ayuda a los demás me parece algo fabuloso: mi hermano está haciendo eso. Está a cargo de un club, está ayudando a otras personas y después de lo que vivio, no sé si muchos lo pueden hacer.