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El pueblo escondido entre fiordos que da la bienvenida a la Patagonia salvaje

En el extremo sur de la Carretera Austral, este rincón remoto de Aysén es una joya para viajeros que buscan glaciares, trekking y el silencio de una Patagonia intacta.
La Comisión Episcopal de Pastoral Social publicó una carta abierta y pidió mantener la Ley 26.639 ante posibles cambios en el Congreso.

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Sernatur

Al final de la Carretera Austral, donde el asfalto se detiene y comienza la Patagonia más salvaje, se encuentra Villa O’Higgins, un pequeño pueblo chileno con nombre de prócer, alma pionera y paisajes que marcan. Con apenas 625 habitantes y una vida simple, esta villa en la Región de Aysén es punto de encuentro para aventureros, caminantes, navegantes y quienes simplemente buscan perderse en la inmensidad.

Ubicada a orillas del lago O’Higgins, el más profundo de América, y en la desembocadura del río Mayer, este pueblo está rodeada de cordones montañosos y glaciares que forman parte del Campo de Hielo Sur.

Enfrentar esta geografía no es tarea fácil, pero es justamente esa dificultad la que convierte a este destino en un tesoro para quienes desean otra forma de viajar: más lenta, más cercana, más real.

Trekking, navegación, pesca y expediciones: el entorno natural de Villa O’Higgins es ideal para aventureros.

Fundada oficialmente en 1966 y bautizada en honor a Bernardo O’Higgins, la villa se nutre de una economía basada en la ganadería, la silvicultura y el turismo. Sus calles tranquilas concentran servicios básicos, una posta de salud, una escuela, un jardín infantil y algunos hospedajes familiares, cabañas, restaurantes y hosterías. No hay lujos ni centros comerciales, pero sí hospitalidad, buena comida y la amabilidad de quienes eligieron este rincón para vivir.

El entorno es sobrecogedor: montañas nevadas, bosques australes, lagos turquesa y senderos que parecen perderse en el tiempo. Desde aquí parten excursiones de navegación, pesca deportiva, trekking y expediciones a glaciares, muchas veces acompañadas por guías locales. Caminar hasta una masa de hielo milenaria, entre lagos y vegetación nativa, es una experiencia que transforma. Los circuitos permiten observar fauna patagónica, aves, y hasta fotografiar paisajes inalterados por la modernidad.

En verano, la villa adquiere un clima cosmopolita gracias al paso fronterizo con El Chaltén, que conecta Chile con Argentina a través de una travesía única. Por sus calles se cruzan cicloviajeros, mochileros, exploradores de todo el mundo. En cafeterías y hospedajes suena una mezcla de idiomas que refleja la singularidad del lugar. Como dijo un turista alemán: “Esto me recuerda a Bariloche hace 50 años”.

En Villa O’Higgins no hay apuro, ni multitudes, ni ruido. Solo hay paisaje, viento y caminos. Es un destino donde termina la ruta, pero comienza una forma distinta de viajar: más sincera, más humana, más profunda.