La fiesta de la Arístides, los sunset y la horrible costumbre de mear en cualquier lado
Este fue el sexto aniversario de la remodelación de la avenida Arístides Villanueva, una calle que se ha convertido en un ícono en la Ciudad. Polo gastronómico, espacio comercial, y una de las principales arterias que desemboca en el pulmón verde más importante de Mendoza, la Arístides ha tenido festejos con shows únicos y sorprendentes en años anteriores, sin embargo este año desde la intendencia se decantaron por una celebración más austera, conforme a la realidad del país.
En esta edición lo que se promovió fue la actividad económica de los comercios. Mientras otros años hubo grandes Dj´s internacionales o sorpresas rutilantes, en el 2024 Ulpiano Suarez articuló con cada uno de los bares y restaurantes la producción del evento, escuchando propuestas y necesidades y dejando que cada uno impusiera su impronta, creara promociones y atrajera el consumo de alrededor de 40 mil personas, que es el número de presentes que se comunicó oficialmente.
La gente fue y se divirtió, los comercios vendieron, no se registraron mayores incidentes, la peatonalización de la calle fue un gran acierto, y el evento transcurrió en paz y con saldo positivo... El accionar del Municipio, ok. Los comercios, ok. Sin embargo hubo un comportamiento que llamó poderosamente la atención de muchos, y tiene que ver con una actitud espantosa y asquerosa que a algunos preocupa y que otros observaron atónitos, sin casi poderla creer: chicos muy jóvenes sin control en cuanto a su estado de ebriedad, y la decisión de orinar en cualquier lugar sin ningún tipo de tapujo ni reparo.
"Vi chicos con su pene al aire, orinando en mi vereda, sin ni siquiera resguardarse tras un árbol o un auto, que también estaría mal porque había incluso baños químicos en las esquinas", contó una señora vecina de MDZ (recordemos que el diario y la radio se domicilian en Arístides Villanueva 444) la mañana siguiente. "Hoy estoy baldeando porque tengo la vereda pegoteada, y con orines secos, como si fuera el suelo de la jaula de un animal del zoológico", sigue la consternada mujer. "No quiero ser tan gráfica pero... ¡Ni se lo sostenía! Solo había sacado el miembro por la bragueta", cerró la señora.
Este periodista vio un grupo de amigas que le hacían "la guardia" a una chica que decidió vaciar la vejiga en la acequia: unas tapaban como podían, otras la sostenían de los brazos. Cabe destacar que en los baños químicos ubicados cerca de este suceso, no había fila ni mucho menos.
Es interesante hacer foco en el tema porque es una conducta que, desde un tiempo a esta parte, se repite: al regreso de la Fiesta Nacional de la Vendimia, por las calles que bajan desde el Teatro Griego hacia la ciudad también se pudo ver a varias personas que decidían no aguantar y hacer sus necesidades por el camino. En los sunsets súper cool de las bodegas el personal se queja e incluso se debe aumentar la seguridad para cuidar y ahuyentar a los que deciden excretar orines o heces al aire libre al costado de alguna pared, en algún cantero o entre viñedos.
“Además de lidiar con robos hormiga de ceniceros, floreros, etc… ¿Por qué tengo que aguantar que inutilicen caminos, destruyan un espacio con diseño de parque, porque deciden orinarlo? Que hayan pagado una entrada a un sunset no da derecho a una conducta directamente animal. Encima, tengo que hacer la vista gorda o analizar cómo detengo la situación, por miedo a que se violenten”, comentó no hace mucho a MDZ una bodeguera que decidió dejar de organizar eventos en su casa vitivinícola debido a estas conductas salvajes.
¿Es solo falta de higiene? ¿Es una pérdida total de pudor? ¿Es, simplemente, que la sociedad se ha vuelto más cochina? ¿Es desinterés total por el otro y por el cuidado del espacio común? ¿Es falta de educación cívica, ciudadana?
El otro no me interesa
La psicóloga Noelia Centeno dice que se podría rotular a quienes actúan de esta manera como "la generación del no registro". "Hay una obscenidad total, y no interesa resguardar ni lo sexual, ni lo escatológico, ni nada. Es como que nada da vergüenza", opina Centeno. "Pero este exhibicionismo en el fondo lo que nos muestra es el no registro del otro. No nos importa en lo más mínimo lo que piense, o si le afecta nuestra conducta. La virtualidad ha hecho que muchos se crean solos, únicos... y no saben vivir en sociedad. Ha crecido tanto la dimensión virtual en esta generación, que ha generado en sus integrantes la consecuencia de no registrar directamente a las personas que los rodean. No hay un registro de la persona, de la mirada del otro: se autoperciben solos, omnipotentes y ni siquiera tienen conciencia de lo obsceno que es hacer algo como lo que contás, sus necesidades en la en la vía pública".
Jessica Tolín, licenciada en psicología, especialista en clínica, sexualidad y géneros; considera que de un tiempo a esta parte ha habido un crecimiento absolutamente beneficioso de libertades y de filosofías que educan en derechos y prerrogativas, así como interesantes procesos de deconstrucción de culturas retrógradas enquistadas. Pero que algunos "han malentendido esas libertades. Se han aprovechado de ciertos discursos para extralimitarse, y en nombre de la libertad, intentan legitimar prácticas y hacer apología de conductas que no son correctas".
"Por otra parte, esto de hacer pis en la vía pública no deja de ser, desde lo simbólico, un 'mear el territorio', como el macho animal. Eso se suma a que en la adolescencia y juventud hay de por sí conductas oposicionistas que van en contra de lo establecido. Finalmente, esto además denota falta de educación sexual e incluso legal, porque exponer los órganos sexuales en público a los demás está penado", sigue Tolín.
La generación de los padres tibios
"Esto que vos me me contás tiene que ver con un fenómeno que se está dando en los últimos 15 o 20 años, y tiene relación con lo que yo llamo 'la generación de padres y madres amorosamente tibios'. Son una generación de adultos que para diferenciarse de los padres autoritarios, -entiéndase padres y madres- que ellos han tenido, se han ido exactamente al otro extremo", comienza diciendo Alejandro Schujman, que es especialista en familia y niños, además de Licenciado en Psicología y escritor de varios libros.
"En España tienen un dicho: 'ni tan calvo, ni con dos pelucas', y aquí viene bien mencionarlo, A los padres de estos chicos entre 15 y 25 años les cuesta muchísimo la puesta de límites. Y una de las cuestiones en las que impacta esto es en que crean y crían una generación de inimputables, entre comillas. En este caso ha sido orinar en cualquier lado, sin tapujos, pero podría haber sido incluso tener sexo en la mitad de la Arístides. No hay ley que les quepa porque han crecido en una familia a la que le cuesta mucho decir 'esto no'. Porque no quieren que los hijos sufran, porque no quieren que los hijos los dejen de querer".
"¿El resultado? Una generación de adolescentes y jóvenes muy transgresores. Transgreden en principio muchas veces con el consumo de alcohol, sustancias, con la sexualidad muy temprana... Y con cuestiones que tienen que ver con el pudor saludable. Lo lógico es que si uno tiene ganas de hacer pis, aguanta hasta encontrar el lugar adecuado. Los más adultos entendemos que tenemos que esperar para satisfacer nuestras necesidades, pero a ellos no se lo han enseñado. Te pongo otro ejemplo: yo puedo tener mucha hambre, pero no voy le a sacar la comida a alguien en un restorán. No paso por al lado y le saco del plato un puñado de papas fritas. Tenemos la espera como condición del crecimiento", sigue Alejandro.
"Esta es una generación de chicos que no sabe esperar, y que tiene un umbral de frustración muy bajo, repito, producto de esta generación de padres y madres amorosamente tibios. Esta inimputabilidad, en este caso específico, se ha traducido en orinar en la mitad de la calle o en el cantero del vecino".
Alejandro Schujman finaliza alertando sobre la importancia de una firmeza y un cambio de actitud en paternar o maternar con más responsabilidad, pues esta sensación de inimputabilidad puede llevar a hechos graves. "Hay un montón de ejemplos, pero quizás el más fuerte, el más extremo y desgarrador es el caso del asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell. Esta patota de los rugbiers que se sentían y se creían que ninguna ley podía caberles. Chicos que juegan a la vida como si fuera un videojuego, olvidándose de que hay otras personas que sufren por ello".


