ver más

Reflexiones de un cónsul "indignado": "Internet se ha convertido en un Parlamento"

Cónsul general de Brasil en Mendoza, San Juan y San Luis. Segunda charla, tras las manifestaciones en Brasil, con el economista, escritor e intelectual brasileño.

Después de que hablamos sobre Brasil y Latinoamérica con el economista, escritor e intelectual brasileño Sergio Couri el pasado 30 de junio se produjo un "momento bisagra" en su país: las movilizaciones de los "indignados", que empezaron en junio y que hoy, visibles o subterráneas, siguen activas.

Por ello, este diálogo que aquí presentamos no es más que una continuidad de aquel. Brasil sigue teniendo un rol preponderante en la región y cada vez más importante en el mundo y lo que les sucede, nos afecta, de uno u otro modo. Desde los fanáticos del fútbol que se preocupan por la realización o no del Mundial debido a la agitación social hasta quienes están pendientes del funcionamiento de los engranajes que intentan conformar una nueva geopolítica mundial, en medio de un gigantesco juego de TEG global, con final incierto.

Sergio Couri ha vivido en numerosas ciudades de cuatro continentes representando a su país, Brasil. Es autor de numerosos libros sobre economía y un teórico reconocido en materia de pensamiento político.

¿Podíamos dejar este café pendiente hasta otro momento?

Aquella primera charla en la que paseamos por el "progresismo" latinoamericano, sus plus y sus déficit, continúa aquí, movilizados. Couri se mostrará, a lo largo de la entrevista, mucho más abierto a escuchar análisis sobre lo que le pasa a su país que gran parte de la intelectualidad brasileña que, como lo explica aquí, están juzgando el presente con herramientas perimidas.

¿Considera que se terminó la “temporada de protestas” en Brasil o que recién empieza?

- Ni una cosa ni la otra. Todo va a depender de las respuestas que el sistema político dé de ahora en adelante a las reivindicaciones ciudadanas específicas que se han manifestado en las calles. Recordemos a Jano, la divinidad romana que tenía dos caras, una que mira hacia atrás y otra que mira hacia delante, como para evidenciar que el final de algo es el comienzo de algo más.

Los medios enfocan la situación, en general, desde el punto de vista “policial”. Es decir: desde lo escandaloso, mostrando los heridos, cortes de calle o casos de vandalismo. ¿Hay algo más que la intención de llamar la atención del Gobierno en las movilizaciones?

- El movimiento como un todo, ya sea en su vertiente pacífica, o en su vertiente violenta, quiere llamar la atención de la sociedad brasileña en un sentido amplio. No solamente del Gobierno, sino de los tres poderes de Brasil en los tres niveles, del Ministerio Público, de la prensa, de todos los segmentos sociales, en fin, de los doscientos millones de personas que se identifican como ¨brasileños¨. Rechazo el análisis que divide a los manifestantes en dos grupos: los pacíficos  y los ¨vándalos¨. Los primeros son más bien los insatisfechos, los disconformes; los segundos, los que sienten una revuelta interior, más allá de todos los tipos de oportunismos que estén ahí infiltrados. Aunque estos últimos constituyan efectivamente un problema de orden público, que como tal tenga que ser tratado, demuestran cierto potencial de convulsión social. En las recientes protestas, ese potencial no se manifestó con una intensidad y magnitud que pudiese desestabilizar el Estado o aún al Gobierno, pero hay que considerarlo desde un punto de vista dinámico, no estático.     

¿Cuál es el hilo conductor de la protesta?

- La tarea de identificar un hilo conductor en las protestas es compleja, porque ellas son difusas, abarcan temas dispersos como la  inflación, la corrupción, la calidad de los servicios públicos, la falta de compromiso de la política tradicional, el despilfarro de recursos públicos, entre tantos otros. Yo lo comparo, en su trascendencia, a las manifestaciones estudiantiles que estallaran en las calles de París en 1968. Sólo que en ese caso la disconformidad se dirigía principalmente a la sociedad industrial, con todos sus males sistémicos, tales como la alienación, la degradación ambiental, el consumismo, y tenía un áncora en la corriente filosófica llamada la Nueva Izquierda, de la cual Herbert Marcuse era el exponente para  los manifestantes de entonces. Si se puede encarar lo ocurrido en Brasil desde ese prisma, yo diría que el blanco de la disconformidad es el Estado como él actualmente se presenta, y un cierto modelo histórico de gestión estatal, de molde burocrático.  No en un sentido anárquico, porque no pregonan la derribada del Estado, sino que reformista, porque quieren su transformación substancial. Me explico. El desarrollo brasileño se dio, a lo largo del siglo XX, bajo fuerte y directa intervención del Estado, porque Brasil, como país del Tercer Mundo, ha sido, y todavía lo es, de desarrollo capitalista retardado. Desde Getulio Vargas (1930-45; 1950-54), quién lanzó los primeros planes de crecimiento y desarrollo, el Estado brasileño ha sido el principal propulsor del desarrollo, pasando por Dutra (46-9), Kubitschek (56-60), el régimen militar (64-84), Fernando Henrique Cardoso (94-02), y, por supuesto, Lula da Silva (03-10). El intervencionismo crónico, si bien tuvo sus logros, no despreciables, como sabemos, contribuyó para cristalizar defectos inherentes a la burocracia, como una política tributaria de riendas sueltas, la corrupción, el clientelismo y el ¨escribanismo¨ político, la gestión pública desarticulada y desperdiciadora, la menor prioridad al perfeccionamiento de la máquina pública, una política social siempre a remolque de algo, por lo general la política económica, pero también los intereses partidistas y electorales. En fin, lo que está en juego, aunque informuladamente, es un nuevo padrón de interacción entre Estado y sociedad, entre Estado e individuo, donde aquél tenga un sistema nervioso más sensible y ágil hacia las demandas ciudadanas, y donde la burocracia, estrato social producto del estatismo,  contenga sus abusos y privilegios.

¿Internet se plantea como un nuevo “parlamento”?

- En cuanto a internet, creo que, bajo el punto de vista político,  su instrumentalidad emerge de las manifestaciones brasileñas como uno de los más importantes fenómenos contemporáneos. Su capacidad y facilidad de regimentación de las masas por intermedio de las redes sociales hace también pensar en la frecuencia y intensidad con que esa convocación pueda ocurrir. En ese caso, sí, internet, es un nuevo ¨parlamento¨. Con ella, se introduce la perspectiva de que, como en los cantones suizos, los electores participen directamente de la política, monitoreen pari passu el hacer público, o el ¨deshacer¨, no solamente en tiempos de elecciones. Podrán intervenir en cualquier momento, para aprobar o desaprobar, y, sobretodo, como un sensor de la clase política, para indicar quién se elegirá y quien no lo logrará, quién se reelegirá y quién no. Sin duda, ese hecho puede contribuir al perfeccionamiento del sistema representativo, base de la democracia. 

¿Cree que la reacción de los partidos políticos y del Gobierno han sido atinados?

- Creo que hay una preocupación de que lo sean, para recuperar o no perder credibilidad. Entre otras medidas, el Ejecutivo trabaja en un proyecto de consulta popular, de modo de orientar la reforma política. Pasó una ¨medida provisional¨ que permite el ingreso en el País de 6.000 médicos extranjeros (argentinos, cubanos, españoles y portugueses), que quiere ubicar en zonas donde la atención médica es escasa.  El Parlamento brasileño con agilidad trató de sepultar el proyecto de ley que impedía al Ministerio Público investigar, una de las reivindicaciones de las calles; redujo las hipótesis de aplicación del voto secreto, como para dar mayor transparencia a sus decisiones; pasó una ley que extiende las exigencias de la ¨ficha limpia¨ de los políticos a los funcionarios públicos. La urgencia con que todo eso se implementó refleja el influjo de las manifestaciones populares. 

¿Hacia dónde llevan los análisis académicos brasileños sobre lo que está pasando? A la distancia, la sensación es de que “no está en sus manuales” lo que sucede y, por lo tanto, lo analizan con argumentos inapropiados…

- Pienso que los hechos han tomado de sorpresa a la Academia. Los análisis han sido pálidos y superficiales, inspirados en modelos teóricos agotados. Veo la Academia con instrumentos insuficientes y anacrónicos para interpretar lo que está sucediendo, y eso es peligroso, porque la función de la academia, como la de un farol, es la de iluminar y apuntar caminos.

Desde la izquierda brasileña hay posiciones encontradas: unos dicen que es una “primavera” inventada por EEUU para socavar el crecimiento brasileño, pero otros lo miran con el deseo de que conduzca a una “dictadura del proletariado”…

- Como se denota, son ambas concepciones ¨fechadas¨, es decir, retrógradas. No es un ¨invierno¨  norte-americano porque no hay dudas de que el movimiento ha sido genuinamente brasileño, y por motivos brasileños. Además, el anhelo por una nueva relación Estado/sociedad/individuo se inserta, mirándolo desde la concepción de la ¨aldea global¨ de MacLuhan, en un geist universal, que viene actuando en Turquía, en Egipto,  Siria y otros países árabes, así como en el Vaticano. Sí, porque el Papa Francisco, al orientar su Iglesia en el sentido pastoral y apostólico, queriéndola lejos de lo institucional, se posiciona también por esa nueva relación antiburocrática,  tratando de punir en el seno de ella males que afligen la consciencia de los católicos, como la pedofilia y la corrupción. Una iglesia menos jerárquica en el sentido secular y más cercana a Cristo y a los primeros apóstoles, quienes vivieran en medio a la gente. En lo que a ¨dictadura del proletariado¨ se refiere, no existe ese peligro. Primero, porque nadie quiere la contracción del poder político, sino su distensión; segundo, porque no es un movimiento laboral en su esencia, sino que es ciudadano, de clase media, y, finalmente, porque, como se conoce, la ¨dictadura del proletariado¨ jamás existió, ni siquiera en Unión Soviética, donde Lenin se apresuró en instituir el ¨centralismo democrático¨, que Stalin más tarde transformó en ¨centralismo burocrático¨. Más aún, como lo afirmó Raymond Aron, desde el momento en que el proletariado se convierte en ¨dictadura¨, deja de ser ¨proletariado¨. Lo que hay, sí, que resaltar es el deseo de un amplio control ciudadano sobre el ejercicio del poder.    

¿Hay comprensión de la dimensión de un movimiento que abarca todo el territorio?

- No creo. Los que analizan el movimiento pertenecen a la generación pos-84, traumatizada por la dictadura y por la resistencia a ella. Por eso, todavía  insisten en categorizar el movimiento en base a los paradigmas tradicionales: si hay o no participación oculta de los partidos políticos, de ideologías, de agentes provocadores, de agentes externos, en fin, de intereses particularistas. No se tiene la consciencia plena de que tal movimiento pueda tener transcendencia semejante, por ejemplo, a acontecimientos  como la Revolución Francesa, la Revolución de Octubre en Rusia, o el nacionalismo que liberó a América Latina y África de las cadenas coloniales. No  afirmo tal trascendencia por ahora, pero no la descarto. De todas formas les veo a las manifestaciones, más allá de la informulación teórica, densidad y espontaneidad, elementos relevantes para el análisis.

¿Conoce que haya existido alguna convocatoria a los sectores intelectuales para analizar lo que está pasando?

- Si hubo, si hay, no la conozco. Pero este es un momento en donde la clase política debería juntarse con los intelectuales, todos con mucha humildad,  para una investigación detenida de la situación. El sistema político brasileño tiene que  embeberse en las fuentes  generadoras del conocimiento, y estas, a su vez, tienen que ser efectivas.

¿Cree que, con la esperanza de que el Mundial de Fútbol deje las esperadas ganancias, los medios ayuden a ocultar las movilizaciones?

- No. La creencia de que el fútbol es el opio del pueblo en Brasil pertenece al pasado. Podrá seguir siendo el opio de algunos. Estamos hablando de un segmento joven, con educación formal,  del país pentacampeón del mundo en fútbol, que, en una actitud hasta entonces inimaginable, hasta llega a inquirir la economía política de los mega-eventos deportivos en contraste con las carencias de la infraestructura social. Las manifestaciones demuestran que la consciencia política en Brasil ha evolucionado hacia nuevas demandas. Esa masa ya no se deja seducir por migajas o caramelos.

¿Será posible ocultarlas?

- Tampoco. Y de intentar hacerlo, los medios perderán credibilidad como formadores de opinión. Lo saben.

¿No le parece que, como en España con sus “indignados”, se produzca un efecto paradojal que termine beneficiando a los sectores más conservadores?

- De ninguna manera. La opinión pública en Brasil tiene la consciencia de que  el malestar corriente es el resultado de un  proceso civilizatorio de 513 años, donde conservadores y  vanguardistas estuvieron igualmente involucrados, y las vanguardias terminaron por acomodarse en el poder como las estructuras obsoletas y conservadoras que condenaron. Observe que, de un modo general, no se produjo en las manifestaciones la demonización, ni la cooptación, de nombres, de partidos o de banderas, ni de gobiernos, sino que de todo un estado de cosas, de una realidad visible y tangible. Es la posmodernidad que intenta reconstruir la razón, renacer de las cenizas,  emerger de los escombros, completar su proyecto, al mejor estilo de Habermas.

¿En qué “debería” concluir este movimiento?

- Desde el punto de vista de la ciencia política y de la ciencia económica, ese movimiento debería concluir en un nuevo modelo de Estado y de gestión pública, porque el actual ¨ya está¨. Es lo que parece ser el resumen de  la ópera. Note que lo que se pretiende no es necesariamente ¨menos¨ Estado, pero su ¨regulación¨. Por ejemplo, la teoría política y económica, ya sea ortodoxa, o marxista, etc., reconoce unánimemente al Estado la legitimidad de intervenir  en  el suministro de ciertos servicios sociales, como la educación, salud, transportes y habitación para los sectores de ingreso mas bajo, ante el tradicional desinterés del sector privado. Pues esto es precisamente una de las postulaciones de las protestas: que el Estado no se aleje de ese ¨deber¨, y lo cumpla más y mejor.

¿Cuáles son los desafíos del movimiento para el Gobierno de la presidenta Dilma Rousseff?

- La presidenta Dilma ha sido elegida en la ola  del éxito de la política de inclusión del ex presidente Lula, éxito a lo cual ella contribuyó, primero como ministra de Minas y Energía y, luego, como ministra Jefa de la Casa Civil. Esa es la primera mega-demanda política que la Presidenta recibe directamente de la ciudadanía. Brasil ahora le está diciendo lo que espera de su Gobierno específicamente, a que cosa ella debe venir. Su desafío es el de saber dar las respuestas, de asumir el liderazgo del proceso, lo que le corresponde como primera mandataria constitucionalmente elegida, evidenciando calidad de estadista, porque la tiene.  De inspirar y poner en marcha un nuevo modelo, operativo a nivel sistémico. Modelo que produzca resultados desde el corto plazo, para que pueda de esa forma y con confianza argumentar con la ciudadanía de que vicios acumulados en más de cinco siglos no se corrigen de la noche a la mañana, pero que sí, se van corrigiendo.

¿Cómo se relacionan las manifestaciones con los temas sobre los cuales Usted se viene volcando últimamente, tales como la sociedad industrial y el discurso liberal-social que usted propone?

Desde mi punto de vista, la sociedad industrial o de consumo es el signo regente de las relaciones humanas desde mediados del siglo XIX. Así que todo me parece a ella reductible. Por ejemplo, la sociedad industrial exacerbó una ética individualista de maximización de placer personal, que lleva a un sentido de apropiación de todo, incluyendo la cosa pública, lo que veo como el origen del agravamiento histórico de males como la corrupción, la inflación, la complicidad entre quienes deberían fiscalizarse mutuamente y el desperdicio de recursos públicos, lo que también ocurre porque ella se apoya en un sistema productivo, el capitalismo,  que, si se deja sin control, concentra fuertemente el ingreso al mismo tiempo que amplía la oferta de bienes y servicios, lo que es su ¨contradicción fundamental¨, en el decir de Marx. En cuanto al liberalismo-social, me parece inequívoco que lo que se planteó en las calles brasileñas sólo vendrá de la sinergia que preconizo se deba construir entre la libertad y la igualdad, donde los ciudadanos tengan la libertad eficaz para  controlar  el sistema político, y por ende cohibir los excesos que inhiben la igualdad - hasta donde ella dependa de la política pública-, porque, en la ausencia de una cierta igualdad, la libertad opera sobretodo en favor de los más fuertes, como en el mundo natural. Un Estado fluido y responsable por supuesto es más liberal, y sus resultados alcanzarán un número mayor de demandantes, con innegables efectos sociales.