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La mirada de los sub-30 en las empresas familiares

En las empresas familiares, los sub-30 emergen como actores clave para romper inercias y detectar nuevas oportunidades.


En muchas empresas familiares, la innovación no llega como una decisión estratégica, sino como una incomodidad. Aparece cuando el mercado ya cambió, cuando los clientes ya eligieron otras opciones, cuando los hijos traen preguntas que no estaban en el radar.

No irrumpe de golpe: se va insinuando en pequeñas señales que, si no se escuchan, se transforman en una brecha entre la empresa y su tiempo.

En el Instituto Argentino de la Empresa Familiar (Iadef) vemos este fenómeno con claridad. Las empresas familiares argentinas no tienen un problema de compromiso ni de talento. Muchas veces lo que tienen es un exceso de confianza en modelos que funcionaron en otro contexto.

Ese apego a lo conocido, aunque comprensible, puede convertirse en un límite. La tradición, cuando no se revisa, deja de ser una fortaleza y empieza a operar como un freno invisible.

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En muchas empresas familiares, la innovación no llega como una decisión estratégica, sino como una incomodidad.

Miradas distintas

Las empresas familiares no tiene problemas de talento. En ese punto, aparece un actor clave que muchas veces no es plenamente reconocido en su dimensión estratégica: los miembros más jóvenes de las empresas familiares. Los sub-30 no solo representan la continuidad generacional, sino también la posibilidad concreta de incorporar miradas distintas sobre el negocio, el mercado y el riesgo.

No es solo la edad, también es la posición cultural. Son, en la mayoría de los casos, quienes pueden observar la empresa con mayor libertad, menos condicionados por las decisiones que construyeron en el pasado.

Durante años, la lógica fue clara: crecer dentro de los mercados conocidos, perfeccionar lo que ya se hace, proteger el negocio principal. Hoy, ese enfoque no alcanza. Las oportunidades más relevantes suelen aparecer fuera de los márgenes habituales.

Es precisamente allí donde las generaciones jóvenes suelen detectar antes los cambios, no por falta de experiencia, sino por menor apego a lo previo. Nuevos formatos, nuevos canales, nuevas escalas, nuevas industrias, debido a que el mundo dejó de ser estable.

En este proceso, también es necesario revisar cómo analizamos los negocios. Muchas organizaciones siguen evaluando oportunidades con una lógica que busca descartar más que explorar. Modelos extremadamente técnicos, diseñados para reducir el riesgo, terminan excluyendo ideas antes de comprenderlas. No se trata de abandonar el rigor, sino de complementarlo con curiosidad.

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Las oportunidades más relevantes suelen aparecer fuera de los márgenes habituales.

El proceso de aprender

Probar no es improvisar, es aprender en movimiento. Este cambio se da en paralelo a una transformación cultural más amplia. Una época que glorifica al emprendedor joven, al que construye desde cero con velocidad y sin miedo. Más allá del mito, lo que emerge es una nueva relación con el error.

En lugar de ocultarlo, se lo asume como parte del camino, y en lugar de temerlo, se lo convierte en información. Esta mentalidad no reemplaza a la experiencia, mas bien la desafía a renovarse.

Muchas veces es hacer de otra manera algo que ya hacemos. Rediseñar procesos, cambiar la propuesta de valor, revisar cómo vendemos, cómo nos relacionamos con clientes y proveedores, etc. El negocio puede ser el mismo, pero el modo de hacerlo puede transformarse por completo.

En ese cambio es dónde aparece una oportunidad real de crecimiento. En las empresas familiares, ese puente entre experiencia e innovación suele estar encarnado justamente por los sub-30, capaces de dialogar con ambos mundos. En este nuevo escenario, las propuestas asociativas y colaborativas dejan de ser una excepción para convertirse en una estrategia.

La lógica individualista, centrada en protegerse a uno mismo, empieza a ceder frente a modelos donde el valor se construye en red. Competidores que se vuelven socios, proveedores que se integran o clientes que cocrean son algunos ejemplos de la nueva lógica ganar/ganar.

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Muchas veces es hacer de otra manera algo que ya hacemos. Rediseñar procesos, cambiar la propuesta de valor.

La innovación

Innovar es más que crear algo nuevo. Todo esto ocurre en un mundo en el que la tecnología ya no es una herramienta externa, sino el entorno mismo. Vivimos dentro de ella. Está en la forma en que compramos, decidimos, nos informamos y nos vinculamos.

Las empresas que mejor se adapten no son las que “incorporan” tecnología, sino las que la naturalizan, la usan sin miedo y a la velocidad que les exige el mercado. En ese proceso, el rol de los miembros jóvenes no debería ser accesorio ni simbólico, sino activo. Porque, en muchos casos, son quienes pueden pensar el futuro con mayor libertad, precisamente porque no están atados a las decisiones que explican el pasado.

La paradoja es que, muchas veces, el mayor obstáculo para innovar es el temor por perder todo lo que se logró. Sin embargo, lo que no se transforma, se debilita. La empresa familiar que se anima a cuestionarse proyecta su historia, no la traiciona.

Innovar sin pedir permiso es entender que la continuidad se logra reinterpretando las cosas, no repitiéndolas. Porque en este tiempo, gana el que se adapta primero, no el que conserva mejor.

* Sergio Messing, Responsable de Comunicación del Instituto Argentino de la Empresa Familiar (IADEF)