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La inteligencia artificial no destruye empleos: crea mejores oportunidades

Un análisis cuestiona el impuesto a la automatización y plantea que el desafío no es detener la IA, sino adaptar el empleo.


Un paper científico que circuló esta semana en los círculos académicos de economía del trabajo merece una respuesta directa. Brett Hemenway Falk, de la Universidad de Pennsylvania, y Gerry Tsoukalas, de la Universidad de Boston, publicaron The AI Layoff Trap — La Trampa de los Despidos por Inteligencia Artificial.

Su conclusión es que las empresas que compiten entre sí están atrapadas en una carrera armamentista de automatización, que destruye la demanda de los consumidores, perjudica a los trabajadores y a los propios empresarios, y solo puede corregirse con un impuesto a la automatización.

Es un trabajo elegante

Las matemáticas son correctas. El problema es que el modelo describe un mundo que no existe. Para llegar a su conclusión catastrofista, los autores construyen un modelo con una sola industria, un solo producto, y trabajadores que cuando pierden su empleo por la IA simplemente desaparecen de la economía.

  • No crean nuevos negocios.
  • No aprenden nuevas habilidades.
  • No generan nueva demanda en otros sectores.
  • No hay nuevas industrias que nazcan.

Con esas restricciones, claro que el resultado es un desastre. Es como demostrar matemáticamente que el automóvil destruyó la economía porque ignoró completamente la industria petroquímica, las autopistas, los shoppings de ruta, el turismo de masas y todo lo que nació con el auto.

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Para las empresas contar con un un impuesto a la automatización.

Es el modelo

La trampa no está en la IA: está en el modelo. En 1900, el 41% de los trabajadores estadounidenses trabajaba en la agricultura. La mecanización del campo entre 1900 y 1960 desplazó a decenas de millones de personas. Por la lógica de Hemenway Falk y Tsoukalas, la demanda agrícola debería haber colapsado y los agricultores mecanizados deberían haber quebrado.

En cambio, ocurrió exactamente lo contrario: la productividad liberó mano de obra, que pobló las fábricas, las fábricas crearon clase media, la clase media creó servicios, los servicios crearon empleo de alta calificación.

Cuando los cajeros automáticos llegaron a los bancos en los '70 y '80, los expertos predijeron el fin del empleo bancario. El economista James Bessen demostró lo opuesto: los ATMs redujeron el costo por sucursal, los bancos abrieron más sucursales, y el empleo de cajeros subió durante décadas.

La tecnología amplía el mercado lo suficiente como para absorber y superar el desplazamiento. El argumento más sofisticado de los autores es que la IA es cualitativamente diferente a las revoluciones tecnológicas anteriores, porque ataca simultáneamente muchas categorías de trabajo, incluyendo trabajo cognitivo de nivel medio. Es verdad. Pero concluir de ahí que destruirá empleo neto es un salto sin evidencia.

Brynjolfsson, Li y Raymond — citados por los propios autores del paper — demostraron en 2025 que la IA generativa en el trabajo aumenta la productividad, especialmente de trabajadores de menor calificación, permitiéndoles realizar tareas que antes requerían mayor expertise.

Eso no es reemplazo: es aumentación. Un abogado junior asistido por IA puede hacer en un día lo que antes requería una semana. No hay menos abogados — hay más derecho al alcance de más personas, a menor costo.

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La IA es cualitativamente diferente a las revoluciones tecnológicas anteriores.

La solución propuesta por los autores — un impuesto a la automatización — tiene el atractivo de la simetría teórica y la inutilidad de la mayor parte de los impuestos nuevos.

  • Primero: es implementable. Para calcularlo se necesita medir, empresa por empresa, que fracción de sus tareas fueron automatizadas. Nadie sabe cómo hacer eso. Ni el gobierno argentino, ni el norteamericano, ni ninguno.

  • Segundo: si un solo país lo implementa, las empresas automatizan en el exterior y traen el output. Le pusiste el impuesto a las empresas locales, no a la automatización.

  • Tercero, y más importante: frenarías exactamente el proceso que genera riqueza para financiar el bienestar social. El gasto en salud, educación y jubilaciones que la Argentina necesita no viene de trabajadores en empleos de baja productividad protegidos de la IA. Viene de una economía de alta productividad que genera excedente suficiente para redistribuir.

Argentina tiene un mercado laboral con problemas específicos, que la IA no crea sino que podría ayudar a resolver. El costo laboral formal es de los más altos de la región como porcentaje del salario bruto. La litigiosidad laboral es estructuralmente alta.

El sector informal emplea a más del 40% de los trabajadores. La IA puede reducir los costos de cumplimiento normativo, mejorar la gestión de recursos humanos en pymes, y hacer accesible asesoría legal laboral a empresas que hoy no pueden pagarla.

La respuesta correcta a la transición tecnológica no es tasar la productividad. Es modernizar el sistema de formación profesional para reducir el tiempo entre desplazamiento y reinserción. Es crear seguros de ingreso portables que no dependan del empleador. Es aceptar que algunos empleos van a desaparecer — como desaparecieron los telegrafistas, los tipógrafos y los perforistas de tarjetas — y preparar a los trabajadores para lo que viene.

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Argentina tiene un mercado laboral con problemas específicos que la IA no crea sino que podría ayudar a resolver.

La trampa no es de la IA

La trampa es del pensamiento catastrofista, que frente a cada ola tecnológica predice el fin del trabajo y equivoca la receta. Los luddistas de 1812 tenían razón en que los telares mecánicos destruían su forma de vida. Estaban equivocados en que destruían el trabajo.

Hemenway Falk y Tsoukalas tienen razón en que la transición tecnológica rápida genera disrupciones reales que merecen respuesta de política publica. Están equivocados en que la respuesta correcta es frenar la tecnología en lugar de acelerar la adaptación institucional.

La IA no viene a matar empleos

Viene a matar el trabajo monótono, repetitivo y sin valor agregado — el trabajo que ningún ser humano debería tener que hacer en 2026. El trabajo que queda es el que siempre debió ser nuestro, el que requiere juicio, empatía, creatividad y responsabilidad. Ese trabajo no lo hace una máquina. Y ese trabajo, en Argentina y en el mundo, va a escasear menos que nunca.

* Juan Pablo Chiesa es abogado especialista en Derecho del Trabajo y Políticas Públicas de Empleo · Magíster en IA Aplicado a la Justicia.