La caída de Nicolás Maduro reordena el tablero energético, pero sin impacto inmediato
El cambio de régimen en Venezuela abre un nuevo escenario geopolítico y energético, pero los analistas advierten que la recuperación de la producción petrolera llevará años y no tendrá efectos inmediatos en el mercado global.
La reactivación de la producción de petróleo en Venezuela puede tener consecuencias directas para Argentina y Mendoza.
NALa importancia del potencial regreso de Venezuela al mercado internacional de los productores de crudo no será inmediata. La situación de ese país como productor mundial de petróleo, a partir de la caída de Nicolás Maduro, no se verá en el corto y mediano plazo, sino que habrá que esperar las definiciones políticas de los sucesos del fin de semana, además de la decisión de las empresas energéticas mundiales (especialmente norteamericanas) de acelerar las inversiones en ese país.
Pero, en un primer momento y análisis, las petroleras de los Estados Unidos aparecen como las principales compañías beneficiadas con la crisis venezolana. En un segundo nivel habrá que nombrar también a las empresas de infraestructura general de EE.UU. como eventuales ganadores de la situación, al hablarse de una inevitable reestructuración y reinversión en todos los mercados estructurales del país caribeño, como las constructoras, empresas de comunicaciones y energéticas en general.
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Así lo ven los analistas de la consultora Criteria, que en su informe publicado sobre el “Cambio de régimen en Venezuela: primeras reacciones del mercado y un escenario aún abierto”, firmado por Gustavo Araujo, Head of Research, mencionan también que por ahora no habrá alteraciones importantes en la manera de observar las futuras inversiones de Vaca Muerta.
Los principales puntos del informe
- En lo inmediato, los principales ganadores fueron las compañías petroleras y de servicios energéticos estadounidenses, que registraron subas significativas ante la expectativa de participar en la reconstrucción de la infraestructura venezolana y en una eventual reapertura del sector petrolero del país. En paralelo, los bonos soberanos venezolanos y la deuda de PDVSA mostraron fuertes avances, movimientos que interpretamos más como apuestas tácticas y especulativas que como inversiones sustentadas en fundamentos macroeconómicos sólidos, dada la profunda degradación productiva, financiera e institucional que arrastra Venezuela.
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El precio internacional del petróleo, sin embargo, permaneció prácticamente inalterado. Esto sugiere que el mercado ya descontaba algún tipo de desenlace político y que una recuperación significativa de la producción venezolana llevará tiempo. Reconstruir capacidad extractiva, infraestructura y capital humano es un proceso de varios años, muy lejos aún de los niveles históricos previos a la crisis.
Más allá del petróleo, el trasfondo del episodio parece exceder lo estrictamente energético. El control de minerales críticos y tierras raras —donde China mantiene una posición dominante y Venezuela cumple un rol relevante— emerge como un eje central del reordenamiento geopolítico en curso. En ese marco, la acción estadounidense puede leerse como una señal más amplia de reposicionamiento regional y de disputa estratégica con China en América Latina.
¿Y Vaca Muerta? El efecto neto aún no es claro. En principio, no esperamos presiones adicionales significativas sobre el precio de referencia del crudo, más allá de lo ya previsto para el próximo bienio.
¿Por qué es tan relevante el petróleo venezolano? Venezuela ocupa un lugar singular y estratégico dentro del mercado petrolero global, no tanto por su producción actual —hoy claramente deprimida— sino por el potencial latente que concentra y por las implicancias geopolíticas, energéticas y financieras asociadas a ese potencial. El país alberga las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con más de 300.000 millones de barriles, superando incluso a Arabia Saudita (ver Gráfico n.º 1). Este dato, por sí solo, convierte a Venezuela en una variable estructural del equilibrio energético de largo plazo, aun cuando su capacidad efectiva de producción se haya visto severamente erosionada en la última década.
Históricamente, Venezuela fue un proveedor clave de crudos pesados y extrapesados, particularmente relevantes para el sistema de refinación de Estados Unidos, cuyas refinerías del Golfo de México fueron diseñadas para procesar este tipo de petróleo. Esa complementariedad técnica explica por qué, más allá de tensiones políticas, Venezuela siempre ocupó un rol central en la arquitectura energética hemisférica. La pérdida de producción —desde niveles cercanos a 3,5 millones de barriles diarios a menos de 800 mil en sus peores momentos— no eliminó esa relevancia, sino que la transformó en una opción estratégica diferida, cuya eventual reactivación podría alterar balances regionales y globales.
Desde el punto de vista del mercado, Venezuela funciona como una fuente potencial de oferta “latente”. No se trata de un shock inmediato —la reconstrucción de la infraestructura, el capital humano y la administración del sector llevarán años—, pero sí de una expectativa que los mercados tienden a internalizar con anticipación.
¿Es solo petróleo? Las tierras raras se han convertido en uno de los activos estratégicos más sensibles del siglo XXI, por su rol central en la industria tecnológica, la transición energética y el complejo militar-industrial. China domina de manera abrumadora este mercado: concentra cerca del 60% de la producción global y, más importante aún, controla más del 80% de las capacidades de refinación y procesamiento, el verdadero cuello de botella de la cadena de valor. En este contexto, Venezuela emerge como una pieza funcional dentro de la estrategia geopolítica china en América Latina. El país posee yacimientos relevantes de minerales estratégicos —incluyendo tierras raras, coltán y otros metales críticos— cuya explotación, aún incipiente, se ha ido articulando crecientemente con capital, tecnología y acuerdos bilaterales chinos.
En esa línea, todo este episodio puede leerse como el punto de partida de un proceso más amplio de reordenamiento global, en el que Estados Unidos buscaría retomar de manera explícita un rol de liderazgo regional largamente postergado. Más que una acción puntual, se trataría de una señal estratégica: reafirmar su influencia en América Latina en un contexto de competencia sistémica con China, reposicionar su presencia política y económica en la región y volver a incidir de forma directa en la configuración de las cadenas de suministro de recursos críticos. Desde esta perspectiva, Washington no solo intentaría corregir años de repliegue relativo, sino también sentar las bases de una arquitectura regional más alineada con sus intereses geopolíticos, económicos y de seguridad, en un mundo crecientemente fragmentado y multipolar.

