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Donald Trump en Davos: el regreso del poder en un mundo que dejó de creer en la globalización ingenua

Donald Trump irrumpió en Davos para desafiar el consenso globalista: proteccionismo, Estado y poder frente a una Europa que subestima a China.

El presidente Donald Trump busca patear el tablero y rediseñar el orden político y económico internacional, enfrentándose a una Europa que se encolumnó detrás de Dinamarca por el tema Groenlandia. y 

El presidente Donald Trump busca patear el tablero y rediseñar el orden político y económico internacional, enfrentándose a una Europa que se encolumnó detrás de Dinamarca por el tema Groenlandia.

EFE

La llegada de Donald Trump al Foro Económico Mundial no es una concesión al globalismo que Davos simboliza desde hace décadas. Se trata, por el contrario, de una irrupción del realismo político en un espacio habituado a confundir interdependencia con armonía y comercio con seguridad.

El debate sobre el proteccionismo estadounidense revela hoy una verdad incómoda: mientras Estados Unidos reordena su poder, Europa sigue subestimando el avance estratégico de China.

La escena de Davos es elocuente

Helicópteros presidenciales, seguridad máxima y una previa de tensiones visibles entre las élites económicas y políticas del mundo. Donald Trump llegó a Davos, no como discípulo del consenso liberal-global, sino como su principal impugnador desde el corazón del poder occidental.

Su sola presencia descoloca porque encarna una ruptura: la del retorno explícito del Estado nacional como actor central del orden económico y estratégico. Durante años, el Foro Económico Mundial funcionó como el templo de una globalización despolitizada, donde el libre comercio era presentado como un bien en sí mismo, ajeno a consideraciones de poder, seguridad o soberanía.

Trump rompió ese hechizo con una premisa simple, pero históricamente consistente: no hay mercado sin Estado, ni comercio sin poder que lo garantice.

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Donald Trump llega a Davos no como discípulo del consenso liberal-global, sino como su principal impugnador.

Donald Trump llega a Davos no como discípulo del consenso liberal-global, sino como su principal impugnador.

El proteccionismo que impulsa Estados Unidos no debe leerse como un repliegue aislacionista, sino como una estrategia defensiva frente a un sistema internacional crecientemente competitivo y hostil. Washington ha comprendido que la apertura indiscriminada favoreció a actores que no juegan bajo las mismas reglas.

China es el caso paradigmático: una potencia que combina planificación estatal, control político y expansión comercial agresiva, utilizando el libre comercio occidental como instrumento de acumulación estratégica.

Europa, ingenuidad peligrosa

Acostumbrados a las formas, los europeos se escandalizan con la filtración de los mensajes que dos líderes europeos envían a Trump, que, en rigor de verdad, revelan la debilidad manifiesta en el estilo de los últimos liderazgos. Personajes habituados a la inacción propia del consenso neoliberal, aferrados a una visión normativa del orden internacional, donde el comercio genera automáticamente paz y la interdependencia diluye los conflictos.

Esta lectura, propia del mundo posterior a la Guerra Fría, ya no se corresponde con la realidad. China no es un socio comercial “neutral”: es una potencia civilizatoria con ambición sistémica, que utiliza infraestructuras, tecnología, financiamiento y dependencia industrial como herramientas de influencia geopolítica.

Las fricciones visibles en Davos, desde los cruces verbales con funcionarios estadounidenses hasta el malestar de las élites financieras, revelan esta disonancia. Mientras Estados Unidos exige a Europa mayor realismo, mayor gasto en defensa y mayor protección de sus capacidades productivas, el liderazgo europeo responde con gestos retóricos y llamados a un multilateralismo que otros actores ya han abandonado.

China es una potencia

El proteccionismo estadounidense, lejos de ser una anomalía, se inscribe en una tradición histórica profunda: las grandes potencias siempre protegieron sus industrias estratégicas en los momentos de transición del sistema internacional. Lo hicieron el Reino Unido en el siglo XIX, Estados Unidos en el XX y hoy lo hace China de manera explícita.

Pretender que Occidente sea la excepción permanente es, como mínimo, una renuncia voluntaria al poder. Trump entiende, y en esto coincide con una larga escuela realista, que la seguridad económica es inseparable de la seguridad nacional. La relocalización industrial, la defensa de las cadenas de suministro, la imposición de aranceles selectivos y la presión sobre aliados para que asuman mayores responsabilidades no son exabruptos, como quieren entender sus críticos: son instrumentos clásicos de política de poder.

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China no es un socio neutral, es una potencia.

China no es un socio neutral, es una potencia.

El problema europeo no es Donald Trump

El problema europeo es no haber entendido que el mundo cambió. Lo que está en juego es si Occidente será capaz de reconstituir un orden basado en poder real, o si seguirá refugiándose en declaraciones bienintencionadas mientras otros actores avanzan con pragmatismo estratégico.

La historia demuestra que los órdenes internacionales no se sostienen por consenso moral, sino por equilibrios de fuerza reconocidos. A casi cuatro siglos del consenso europeo de Westfalia, Europa debe recordarse a sí misma para encontrar el nuevo orden que nuestro hemisferio necesita de un modo claramente existencial.

Dicho de otro modo, el proteccionismo estadounidense no es el fin del orden liberal, sino una apuesta por la supervivencia de Occidente en un mundo que debe dejar atrás la ilusión globalizadora que perjudicó a todos (no sólo a los trabajadores estadounidenses, a quienes Trump defiende ya desde su primera presidencia).

El presidente de Estados Unidos no llegó a Davos a integrarse. Llega a advertir. Y quienes no quieran escuchar, lo harán cuando el costo sea mayor. O demasiado tarde.

* Fernando León. Think-tank leader de la Fundación Diplomacia Ciudadana.