La batalla entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner es por $500.000 millones y tiene final abierto

La batalla entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner es por $500.000 millones y tiene final abierto

La crisis entre el presidente y la vicepresidenta tiene muchas aristas, una de ellas la económica, que no es para nada menor.

Carlos Burgueño

Carlos Burgueño

La batalla es hoy por 500.000 millones de pesos. O más. Y para el 2022, por un billón de pesos. O más. Y, en la pelea final, por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En uno de los bandos en disputa (en eso se convirtieron las partes), se encuentra la ortodoxia socialdemócrata que defiende Alberto Fernández y que representa con nombre y apellido Martín Guzmán y su planificación fiscal. Por el otro la radicalización kirchnerista y el calificativo al ministro de Economía de ajustador y neoliberal. Será una batalla con un ganador y un perdedor. No hay otra alternativa. Y en donde a esta altura lo menos importante son los nombres.

Hablemos primero de dinero. Como ya se contó  ayer en estas columnas, Martín Guzmán, acompañado está acompañado en esta oportunidad por el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas y la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca; que aceptan una expansión de la atención del estado sobre la sociedad pero con el límite de la prudencia fiscal. Esto implica medidas concretas de atención a sectores vulnerables y que garanticen un nivel de reactivación del mercado interno; con medidas como el bono a jubilados, créditos a monotributistas expansivo a trabajadores en relación de dependencia, incremento del mínimo no imponible de Ganancias para la cuarta categoría hasta los 175.000 pesos, más planes de cuotas y controles horizontales de precios.

El ministro de Economía le garantizó a la coalición gobernante que hay disponible mucho dinero para avanzar en políticas activas en el intento para convencer al electorado esquivo; y que los fondos podrían llegar a un nivel cercano (o levemente superior) a un punto del PBI. En términos contantes y sonantes, se trata de un total de unos 450.000 a 500.000 millones de pesos para acelerar partidas hasta el 14 de noviembre; sin alterar la barrera impuesta (y para el infranqueable) por el Presupuesto Nacional 2021; que indica la frontera de un desequilibrio entre ingresos y gastos de no más del 4,5% del PBI.

El plan de Guzmán, que aún se mantiene firme, es el de llegar a fin de año con una diferencia negativa de 4%: lo que ahora podría quebrarse; pero nunca hasta un nivel superior al original. Según el ministro de Economía, sólo sosteniendo ese 4,5% final, podrá lograrse una reducción de un punto del PBI para el próximo año, y llegar así a un límite de 3,5% para todo el 2022. El Palacio de Hacienda calculó que se conseguirá ese porcentaje negativo sin ajustes fiscales extras salvo las partidas contra el covid bajo la esperanza que no haya nuevas olas contagiadoras en 2022; y con la evolución positiva de la recaudación impositiva real en contra la inflación.

Sólo así se lograría la meta final que quiere buscar Guzmán: un sendero de déficit fiscal concreto de reducción interanual, hasta llegar al equilibrio antes del 2026; año en que obligatoriamente debería haber superávit primario entre ingresos y gastos. En el segundo semestre de ese 2026, Argentina deberá comenzar a liquidar las cuotas de capital del eventual acuerdo con el FMI que Guzmán negocia con el organismo financiero internacional. Esto es lo que Guzmán quiere firmar con el Fondo y lo que deberá respetarse, si se quiere que el siga en el Palacio de Hacienda. Alberto Fernández lo escuchó, y le dio la razón.

Para el kirchnerismo, escuchar que los movimientos fiscales programados desde este mes hasta diciembre de 2026 deben condicionar las acciones de Gobierno y las políticas públicas de una gestión "nacional y popular", suena a una frase dicha por Belcebú. Y dignas de un gobierno neoliberal, macrista y lejano al "mandato de las urnas". Así lo dejó en claro el explosivo audio de Fernanda Vallejos. Y así piensa Cristina Fernández de Kirchner. En consecuencia, es algo económica y políticamente inaceptable. Y algo a lo que la coalición del oficialismo debe renunciar ya. Hoy. Sin tardanzas. Con Guzmán o con otra persona. Da lo mismo.

Los números de kirchnerismo son otros. Las metas fiscales del Palacio de hacienda deben ser, directamente, bombardeadas. Ya. Y comenzar un plan de expansión monetaria urgente que acelere la llegada de fondos "al bolsillo de la gente". Con las medidas que sean necesarias y sin medir mayores prudencias. Antes que termine octubre, los 500.000 millones de pesos que tiene presupuestados Guzmán para toda la campaña ya tienen que estar activados y entregados. Y comenzar a diseñar una segunda etapa de redireccionamiento de dinero por otros 300.000 millones más a lo presupuestado. Con esto se llegaría a casi dos puntos del PBI distribuidos en dos meses, lo necesarios para reestructurar el salario y los ingresos reales de los sectores más pobres y la clase media baja y media.

En términos electorales, quienes no votaron a la colación oficialista el domingo pasado. Esto para empezar. Para el 2022 el presupuesto que envió Guzmán al Congreso será tuneado hasta convertir un sedán cuatro puertas en un dispositivo capaz de correr picadas en el conurbano profundo. Más concretamente, el ministro tendrá que olvidarse de su meta de 3,5%, y pensar en replicar el 4,5% que ideó para este año.

Hay un problema. Tanto para Guzmán como para las ansiedades y esperanzas kirchneristas de expansión del gasto. Para hoy, para el 2022 y para los próximos años. Más allá del 2026. No existe ese dinero del que hablan tanto el ministro como el kirchnerismo. Esos miles de millones de pesos no están disponibles ni lo  estarán. Son parte de un desequilibrio entre recaudación y gastos, que deben ser cubiertos con sólo dos mecanismo: deuda o emisión. La primera opción está vedada, salvo que se quieran colocar pesos a una tasa de más del 50% anual. La segunda trae inflación. Mucha. Quizá indomable. Y más pobreza. Eligen Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner la opción menos dañina.

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