Ésta debe ser tu primera inversión

Ésta debe ser tu primera inversión

Al ser principiante en los mercados financieros, se recomienda optar por un instrumento muy conocido y bastante seguro que ayudará a proteger el capital.

Inversor Global

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Por Diego Martínez Burzaco

De 2003 a 2005, pasé mucho tiempo escuchando a inversores principiantes. Venían a la oficina, me contaban sus miedos, sus dudas y relataban cuáles eran las motivaciones que los habían llevado a acercarse a la sociedad de bolsa.

Sus relatos eran un poco imprecisos, desordenados y se podía percibir la ignorancia que tenían acerca del funcionamiento de los mercados de capitales y los distintos instrumentos de inversión.

Todos estos aspectos eran lógicos de un país con muy baja penetración de la educación financiera y bursátil como Argentina. Con el paso del tiempo, comprobé que existían muchas semejanzas con el resto de los países de la región.

Para acomodar la conversación con el potencial inversor, siempre realizaba dos preguntas:

  1. ¿Cuál es el horizonte temporal de la inversión?
  2. ¿Cuál es el riesgo que quería correr?

Por lo general, la primera pregunta no tenía una respuesta concreta. Las personas no saben, a priori, por cuánto tiempo invertirán sus ahorros. Esto complicaba el diseño de cualquier estrategia de inversión.

Para el segundo interrogante, la respuesta era casi unánime y concreta: “Quiero conservar el capital y no correr ningún riesgo”. Sin dudas que era una frase lógica y atinada, producto de los miedos y el desconocimiento que había sobre el funcionamiento de los vehículos de inversión.

Para esos casos, mi sugerencia siempre era la misma. Mi intención era que comenzaran por lo más seguro: los bonos. “Esa debe ser tu primera inversión”, señalaba con énfasis.

Activos de renta fija y variable

En los mercados financieros conviven dos categorías de inversión claramente distinguibles: renta variable (acciones) y renta fija (bonos). Ambos nombres son muy transparentes en cuanto a lo que el inversor puede esperar de cada una de ellas. Mientras que las acciones no garantizan ninguna fuente de retorno en el futuro, los bonos sí lo hacen.

Cuando uno invierte en un título de deuda público o privado, sabe de antemano las condiciones de emisión del mismo, cuándo cobrará los intereses, con qué periodicidad y en qué momento se le será devuelto el capital invertido. El inversor conoce el flujo de pagos cierto de ese instrumento y pueda calcular exactamente el retorno de esa inversión.

En tanto, con las acciones no es así. Este activo puede ofrecer dos fuentes potenciales de ingreso a inversor: apreciación del precio y dividendos en efectivo o acciones. Sin embargo, ninguna de las dos fuentes está garantizada en el futuro. De allí que se le catalogue como renta variable.

El principal riesgo de los bonos

A priori, la renta fija parece ser una estrategia segura, menos volátil y con una renta “decente”. Las tres características son ciertas, siempre y cuando seas capaz de controlar y analizar el principal riesgo: el default.

Ese concepto no es más que el no pago, en tiempo y forma, de las obligaciones asumidas por el emisor del bono. Así, el inversor puede estar en condiciones de no recibir el flujo de capital correspondiente, afrontando una potencial pérdida del ahorro.

¿Por qué el deudor no le pagaría al acreedor? Básicamente porque su capacidad de pago no se lo permite. Si es una empresa, la mala gestión de sus recursos de capital y el deficiente andar de su negocio pueden comprometer la liquidez de la firma y llevar a que no se tengan los recursos necesarios para afrontar las obligaciones.

En el caso de que el emisor sea un país o provincia, un creciente déficit fiscal y una economía estancada pueden ser razones suficientes para hacer colapsar los recursos monetarios del fisco y que no estén disponibles los fondos necesarios para pagar la deuda.

Son las calificadoras de riesgo las encargadas de medir y revisar periódicamente esa capacidad de pago del deudor. En función de ese análisis, se encuentra la calificación que le otorgan al bono. Y cuanto menor es la calidad de la calificación, mayor es la tasa de interés que debe pagar quien emite esa deuda si quiere conseguir los recursos que necesita.

Un problema no menor es que, muchas veces, las calificadoras “corren detrás de los acontecimientos” y no sirven para predecir eficientemente los riesgos, tal como sucedió en la crisis global de 2008.

 

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