Cinco razones de por qué cuesta tanto pensar en pesos
En Twitter: @Fede_Manrique
La desconfianza en su moneda por parte de los argentinos no es nueva. Tienen tantos antecedentes como cambios, crisis, inflación, hiperinflación, devaluaciones, confiscaciones de depósitos y corralitos tuvo el país. Y como todo conflicto irresuelto, la desconfianza en el peso, que se traduce en la preferencia creciente por el dólar, vuelve a hacerse presente cada vez que la incertidumbre aparece; esta vez recargada por nuevos males, dudas y problemas coyunturales.
La inflación es el principal enemigo de cualquier moneda, aquí, en China o en Kazajistán. ¿A quién en su sano juicio se le puede ocurrir ahorrar (conservar sus pesos) en un contexto en el que la inflación anualizada oscila entre el 25% y 30% anual? Es imposible ahorrar en estas condiciones porque la inflación hace que tener el dinero en la mano implique por año perder entre un 25% o 30% de su valor de compra. Por eso nadie quiere retener ni ahorrar en pesos.
2. Tampoco sirve ahorrar en el banco.
La otra opción clásica y más segura, cuando no conviene ni se quiere tener los pesos en la mano, es invertir en plazo fijos. Pero en las actuales condiciones, hacerlo también implica una pérdida de dinero. Es que hoy en promedio los plazos fijos a 30 días de plazo para los ahorristas con menos de $1 millón pagan una tasa de interés promedio en pesos del 10,6% al año. Esto es casi tres veces menos que la inflación. En consecuencia, tener el dinero en plazo fijo seguro que es mejor que tenerlos bajo el colchón, pero definitivamente es un mal negocio teniendo en cuenta las tasas reales de inflación de la Argentina.
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3- A más consumo, mayor tensión sobre los precios.
Si ahorrar en la propia moneda implica, por efecto de la inflación, perder dinero, y tampoco conviene llevarlo al banco, porque las tasas de interés son negativas en relación con la evolución de los precios, lo que termina haciendo la mayoría es consumir más. Algo de lo que ha venido pasando hasta ahora es justamente eso, las familias con capacidad de ahorro han venido adelantando consumos de bienes durables o bien comprando automóviles o incluso propiedades para “ganarle a la inflación”. Pero esto tiene un límite y efectos negativos. Primero, cuánto autos o electrodomésticos puede comprar una familia o hasta qué punto va a adelantar consumos cuando la incertidumbre sobre el rumbo económico empieza a ser más fuerte. Segundo, la inflación golpea con más fuerza a los sectores de más bajos recursos y a quienes tienen ingresos fijos (asalariados y jubilados), quitándoles poder de compra. Y, tercero, el consumir más como intento de ganarle a la inflación (porque lo que se teme en realidad es la pérdida del valor real de compra del dinero) lo que termina haciendo es generar más presiones inflacionarias porque, con la compra, se convalidan precios que van en aumento.
4- Expectativas de inflación por atraso cambiario.
Otro punto que hace muy difícil atesorar pesos y dormir tranquilo es el atraso cambiario que sufre la Argentina, un fenómeno que se aprecia por la pérdida de competitividad de los productos nacionales en el exterior y por el hecho de que hoy para los argentinos es más “barato” salir y comprar en el exterior. Todo esto como consecuencia de que el aumento de precios acumulado supera varias veces la devaluación del peso frente al dólar, lo que hace que la economía argentina tenga inflación real en dólares.
Y es justamente esta sensación de que el dólar está barato la que hace esperar (y reclamar desde ciertos sectores de la economía) una devaluación, lo que lleva a muchos a buscar refugio en el dólar.
5-¿Batalla cultural contra el dólar?
Que el problema de los argentinos sea cultural de mínima es falaz y tiene mucho de engañoso. Que desde el Gobierno se impulse esta idea como una “cruzada nacionalista en defensa del peso” es ignorar con conocimiento de causa la historia argentina y (más acá en el tiempo) el cúmulo de decisiones que se vienen tomando en pos de la destrucción de la moneda, desde la manipulación del Indec como órgano estadístico, al uso discrecional de las reservas del Banco Central para pagar deuda pública y alimentar más gasto público con libre emisión de moneda. Bajo este contexto, el que primero viene rechazando al peso como moneda es el propio Estado, lo demás es consecuencia directa con mucho ejercicio de memoria.