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El dólar vuelve a crisparnos en un país que juega con fuego

Tres claves para entender por qué las restricciones al dólar se han hecho más fuertes y llegaron para quedarse. La historia de un país que viene agotando todas sus reservas, incluidos los dólares del Banco Central, y cómo el remedio puede hacer mucho más daño que la enfermedad.

En twitter: @Fede_Manrique

El dólar fue, es y será el termómetro de la economía argentina. Lo fue desde siempre y lo es mucho más ahora en tiempos de incertidumbre. Basta que un gobernante, cualquiera, salga a decir que todo está bien y que nada “raro” va a pasar con la moneda norteamericana, para que el mensaje sea leído como lo opuesto. Y en estos días en los que se busca la “pesificación forzada de la economía”, el dólar volvió a marcar el ritmo y los nervios de los argentinos.

Pero por qué el dólar está generando tantas tensiones, qué está pasando y cómo puede impactar. Aquí las claves:

1-¿Por qué hay restricciones para comprar y operar con dólares?

Simplemente porque no hay dólares suficientes. A diferencia de los pesos, que en la Argentina se emiten (maquinita) según el antojo y las necesidades del Estado Nacional, el país no puede emitir dólares. Aquí y en todo el mundo, los países tienen tres formas de hacerse de dólares: un saldo favorable en la balanza comercial (se exporta más de lo que se importa y el excedente se queda en la economía), la inversión directa extranjera o el endeudamiento soberano.



Deteriorado por la inflación interna en dólares y la crisis energética, en la Argentina de hoy el saldo favorable en la balanza comercial está dibujado con las trabas de Guillermo Moreno para importar, y como no hay inversión extranjera directa suficiente es que el Estado impuso la obligación de liquidar en el país las ganancias de las empresas (nacionales y extranjeras) que operan en la Argentina. Y no contento con eso, también le puso plazo para que las empresas que exportan liquiden en el país (traigan los dólares) el resultado de sus operaciones en no más de 15 días.

La tercera vía, el endeudamiento, es otro tema clave. Como el país se viene sistemáticamente endeudando en el país (Anses, fondos del PAMI, Lotería Nacional, el Banco Nación y otros) y no en el exterior para pagar los vencimientos en dólares y financiar más gasto público, ya no sólo agotó sus reservas en pesos sino que también está dilapidando sus reservas en dólares. El superávit fiscal se evaporó y hoy existe sólo gracias a que el Tesoro mete mano en la Anses y el Banco Central.


Al 11 de mayo (último dato disponible), según datos del Banco Central, las reservas monetarias de la Argentina (valuadas en dólares) ascienden a U$S47.643 millones, cifra que, según una evaluación de la calificadora Standard & Poor’s en la Argentina, equivalen a 5,5 meses en los pagos de la cuenta corriente de la balanza comercial.

Pero hay mas. Si se tiene en cuenta que de los U$S47.643 millones que el Banco Central tiene en reservas, U$S31.500 millones ya son títulos de deuda del propio Tesoro, porque los dólares reales se los llevó el Estado para pagar deuda externa (vencimientos de bonos) y financiar gasto público como los subsidios para importar combustibles, el margen de acción del Gobierno nacional cada vez es más acotado. Por eso, con el 66% de las reservas en papeles, el Gobierno está forzando una pesificación de facto en la Argentina.

Entonces, como el Banco Central no tiene los dólares suficientes como para intervenir en el mercado cambiario, porque hoy el mercado le demandará tantos billetes verdes que le harían perder drásticamente reservas, recurre a las trabas para restringir la compra de dólares en el mercado interno y presiona a exportadores y multinacionales para que liquiden cuanto antes sus dólares en el país.


2- El dólar paralelo y hasta dónde se va a estirar la cuerda.

Pese a que Cristina Fernández salió a calmar las aguas y juró que “nada raro” va a pasar con el dólar ni mucho menos se piensa en aplicar un tipo de cambio desdoblado, en la realidad el país ya se vive con un dólar oficial y otro blue. Hay un dólar oficial, controlado por el Banco Central, que cotiza a entre $4,42 y $4,47, mientras que el dólar paralelo o blue, donde sólo opera la oferta y demanda, se vende a $5,60. Esta brecha es la expectativa que tienen las familias y empresas del país sobre la evolución futura del dólar.

El problema es que mientras más presión haya sobre el dólar, la brecha entre oficial y paralelo se hará más amplia. Esto hará más difícil volver a la normalidad con la política monetaria y agrega presión inflacionaria porque los agentes económicos (familias y empresas) empiezan a manejarse no por el valor oficial (fruto solamente del cepo cambiario) sino por el precio del dólar paralelo.

Lo más crítico es que, como mínimo, este panorama se va a mantener al menos hasta agosto. Según publicaron diario nacionales como Ámbito Financiero, Clarín y El Cronista Comercial, entre julio y agosto el Gobierno deberá enfrentar el vencimiento de deuda más importante del año, cuando deba cumplir en primer término con el pago del Cupón PBI y luego del Boden 2012, dos títulos públicos para los que no hay posibilidades de renovación y para los que se deberán destinar unos U$S5.800 millones.



Como el Gobierno nacional paga deuda metiendo mano a los dólares del Banco Central, es de esperar que en los próximos meses continúe la fuerte tensión cambiaria.

3- Un combo peligroso.
Desde el simple sentido común, te has puesto a pensar cuáles pueden ser las consecuencias para la economía del efecto combinado de crisis internacional, con inflación interna, trabas para importar no sólo productos sino también insumos básicos necesarios para producir con represalias externas de países con los que Argentina comercia; cepo indiscriminado para la adquisición de dólares con la obligación de la AFIP bajo denuncia penal de liquidar los dólares en el mercado interno en no más de 15 días.


La respuesta ya es evidente. La economía se esta resintiendo. Pero un clima más crispado, con el riesgo de fuga de depósitos en los bancos para buscar refugio en el dólar, puede no sólo implicar una nueva suba de tasas de interés, como las que se vieron con posterioridad a las elecciones de octubre, sino que también puede acarrear una retracción en la inversión y el consumo, con lo que una “desaceleración en el crecimiento” puede convertirse en caída y recesión. El riesgo está ahí y el remedio que viene suministrando el Gobierno puede ser peor que la enfermedad.