"Se sigue jugando con fuego y se afianza un mundo nuevo"
Nadie lo previó así. Los EEEU amenazado por el default, emitiendo dinero para financiar su déficit y con su calificación crediticia degradada y puesta en perspectiva negativa por Standard & Poor’s. Europa resistiéndose a una emisión que de todos modos deberá hacer y con el euro asediado al menos en su alcance. Los PIIGS – Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España- sin poder resolver su insolvencia y amenazando contagiar a vecinos como Bélgica o aun Francia. El presidente Zapatero criticando por su dureza a los alemanes pero pidiéndoles ayuda sin la desleída arrogancia española cimentada en gastar endeudándose. Países desarrollados con población en baja y graves amenazas a la seguridad social y a su Estado de Bienestar.
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¿Hay alguna solución no demasiado traumática que evite al menos la Gran Recesión II? Esta es la pregunta más relevante porque, si no la hubiera, hasta el fantasma de una crisis como la de 1929 podría volver. Mi respuesta es positiva, pero también es probable que los desteñidos líderes globales demoren en encararla. Los problemas centrales a resolver son la desaceleración de las economías de EEUU y Europa y el altísimo endeudamiento público y privado de ambos. Solucionarlos requiere una delicada combinación de medidas que eviten la contracción de la economía y refuercen la alicaída confianza sin rifar la solvencia fiscal. El principal instrumento restante para evitar la recesión es otra vuelta de tuerca de la política monetaria, con más emisión para comprar bonos públicos y privados (quantitative easing) tanto en EEUU como en Europa y con una baja de las tasas de interés en la zona euro. A esto parecieran estarse encaminando morosamente las autoridades de estas naciones. Por cierto, esta política acentuará luego las presiones inflacionarias, pero el costo económico, social y político de una deflación sería aun mayor. A esto debería adosarse una política fiscal al menos no contractiva en EEUU –políticamente improbable- y en los países pudientes de Europa. Otro política importante para reactivar es la cambiaria. Piense lo que piense Trichet es necesario depreciar al euro y también hace falta cierta depreciación de las monedas no asiáticas respecto de las asiáticas, muy especialmente el yuan chino. Esto ayudaría a reactivar las economías y las exportaciones de Occidente y, por lo tanto, las importaciones de un Oriente que debe fomentar más el consumo. También moderaría tendencias proteccionistas ya operantes, como lo mostró Brasil.
En cuanto al endeudamiento público, la mejor solución económica sería que China, el país de porte más solvente del mundo, o los emiratos árabes actuaran más decididamente como prestamistas de última instancia de Europa. Hoy parece obvio que la geopolítica y los sentimientos nacionalistas lo impedirán, pero quien lo sabe. Los caminos restantes son tres. Uno, el menos costoso y menos probable, es que las políticas de reactivación sean tan contundentes como para devolver el buen humor a los mercados financieros, bajar los tipos de interés y licuar gradualmente las deudas.
El segundo es permitir a algunos de los PIIGS a salir “temporariamente” del euro, camino hoy prohibido. El tercero, el más complejo pero también el más probable cada día, es la reestructuración de las deudas empezando por Grecia. Las dos últimas alternativas configurarían en conjunto un “camino argentino” más ordenado que aquí.
En medio de tanto descalabro, la buena noticia es que el nuevo derrumbe de los mercados crea condiciones más favorables para que los líderes mundiales se “pongan las pilas” y actúen coordinadamente, como en Londres hace casi dos años y medio.
Esto seguramente ocurrirá, pero es crucial que sea rápido ya que de lo contrario los mercados financieros seguirán cayendo, aunque menos que en 2008-2009, y llevarán a la recesión al mundo desarrollado ¿Podrán los países emergentes “desengancharse” de la crisis tal como en medida variable lo lograron en 2008-2009? Sólo si la coordinación a nivel del G20 actúa ya mismo los emergentes podrán salir casi indemnes. En caso contrario desacelerarán su crecimiento o caerán en recesión en proporción directa a los desaciertos de los países desarrollados y a los suyos propios. Aun así, en el balance final se encuentran más evidencias favorables a interpretar que lo principal que está ocurriendo en la economía global son los dolores del parto de un nuevo ordenamiento en el que los países emergentes, y de más en más los pobres del mundo, serán protagonistas.
Cuanto más profunda sea la crisis de los países desarrollados más sufriremos todos, pero también se acercará con mayor velocidad este mundo completamente distinto al que hemos vivido en los últimos siglos y cuya comprensión requerirá lecturas igualmente diferentes e innovadoras.



