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Inflación buena: breve historia de un descubrimiento peligroso

Olivier Blanchard, el economista jefe del Fondo fue el encargado de enarbolar la bandera inflacionaria en el pabellón de la crisis económica global, y convertirse así en el titular de esta corriente que postula que "un poco de inflación está bien".
Foto: web
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¿Todavía le duele la inflación? A cualquier argentino que tenga más de 40 años, la memoria inflacionaria le pondrá una disyuntiva tramposa. ¿Fue aquella inflación de la década del 80 peor que ésta? ¿Es entonces preferible esta inflación a aquella? Incluso otra pregunta podría horadar estas cuestiones: ¿seguiría usted la flamante receta del FMI cuya ortodoxa doctrina del ajuste estructural para la consecución del equilibrio fiscal, la reducción del endeudamiento, el superávit primario, la disminución de la monetización de la economía, la apertura financiera, la liberalización del comercio y, sobre todo, para combatir la inflación arruinó a los países que la aplicaron en el pasado?

Último momento: si los descubrimientos son siempre inesperados, los descubrimientos tardíos lo son más y prometen llevar estas disyuntivas a un límite insospechado. La novedad es que en los últimos meses, y en un tour que no conoce fronteras, el FMI parece haber descubierto que existe la llamada "inflación buena", prima hermana de la otra, pero un poco más corta en sus ambiciones.

Olivier Blanchard, el economista jefe del Fondo fue el encargado de enarbolar la bandera inflacionaria en el pabellón de la crisis económica global, y convertirse así en el titular de esta corriente que postula que "un poco de inflación está bien".

En un trabajo titulado "Rethinking Macroeconomic Po licy", (Repensando la Política Macroeconómica), escrito en colaboración con otros dos economistas del FMI, Giovanni Dell'Ariccia y Paolo Mauro, señala que los directivos de los bancos centrales deberían considerar favorecer tasas de inflación mayores a las que fijan hoy en día con el fin de aminorar las probabilidades de una recesión.

Va de nuevo: a una tasa inflacionaria del 4%, dice Blanchard, las tasas de interés en las economías estables serían de alrededor del 6% o 7%, lo que le regalaría a los bancos centrales la posibilidad de bajar las tasas antes de que éstas lleguen a cero.

Si bien hay quienes en la Argentina han adherido a blanchardismo casi sin leer la letra chica del "tractatus", resulta evidente que el espíritu del FMI -en caso que no lo hubiera perdido ya- y su trabajo, está puesto en economías con problemas de crecimiento, lo que arroja un rotundo "No Aplicable Al Caso Argentino" (NAACA).

Blanchard argumenta que no hay mucha diferencia entre mantener la inflación "en 2% o en 4%" (NAACA). Dice que las categorías tributarias podrían adecuarse para que una inflación más alta, en sí misma, no implique que los contribuyentes paguen impuestos más altos (NAACA). Señala que los bonos ajustados a la inflación podrían proteger a los inversores (NAACA).

Darse vuelta
No es para despreciar la crítica servida que deja el FMI, que pasó de la ortodoxa escrupulosidad de manual, del monetarismo más intransigente, liberal, inclemente, brutal, severo y poco contemplativo cuando de países emergentes se trataba, a un Fondo Monetario pragmático, generoso, keynesiano, displicente y expansivo cuando se trataba de aplicar la fórmula a los Estados Unidos. Tampoco lo es, si se agrega a ello que la inflación prometida por Blanchard tiene la ubicua virtud de ayudar a "licuar" los pasivos (tanto de las entidades financieras como de los estados que han tenido que endeudarse para ponerle remiendos al sistema financiero).

Por otra parte resulta poco probable que la mayoría de los bancos centrales (NAACA) adopten rápidamente el consejo del FMI. Siguen convencidos de mantener baja la inflación es el mejor de los escenarios. Dicen: "Si es inflación del 4%, ¿por qué no del 5% o del 6%?". En la Argentina el principal argumento que sostiene la inflación persigue un objetivo noble pero, como en el caso del FMI, puede ser a la vez dañino. La inflación como mecanismo de redistribución masiva de la riqueza hace que el Gobierno "saque aquí para poner allá". La clave es que la caída continua y sostenida del poder de compra de la unidad monetaria es un impuesto a los tenedores de dinero y una ganancia a disposición del Estado. Se trata de un desajuste intencional en la economía que puede, al igual que las viejas recetas del FMI, generar consecuencias adversas. Incluso con la llegada de la inflación "buena", el Gobierno deberá revisar su receta.

Fuente: Cronista.com