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La crisis financiera nos catapultó al futuro

La crisis no fue ni el principio de una depresión ni el fin del capitalismo. Pero ha endurecido la regulación financiera, sobre todo para los bancos, aunque esto ha ocurrido dentro del marco intelectual e institucional pre-existente. Después de tres décadas de desregulación, la tendencia va ahora en la dirección opuesta, aunque no sin encontrar resistencia.

Causó un gran cambio la crisis financiera? Esa fue mi pregunta mientras me dirigía a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos la semana pasada. La respuesta es: sí. Sobre todo, aceleró la llegada de nuestro futuro. Incluso para los ganadores, esto es un gran shock.
Han pasado tres años y medio desde el comienzo de la crisis financiera y un poco más de dos años desde que alcanzó su peor momento.

El CEO de Barclays, Bob Diamond, dio las gracias a los gobiernos, de parte del sector financiero, por el rescate. Ahora el ánimo es de optimismo cauteloso. Según la actualización del Panorama Económico Mundial (PEM) del Fondo Financiero Internacional, en 2010 la producción global creció 5%, en términos de paridad de poder de compra (PPC), y 3,9% en términos de tipos de cambio de mercado (MER, por la sigla en inglés). Esto contrasta con las declinaciones de 0,6% y 2,1%, respectivamente, que se vieron en 2009. El FMI estima que el crecimiento se desacelerará sólo ligeramente a 4,4% (según el PPC) y 3,5% según los tipos de cambio de mercado, en 2011. El optimismo sigue reinando.

Con la crisis desvaneciéndose en la memoria, ¿cómo evaluarán su legado los historiadores? Los periodistas no tienen el lujo de la distancia. Así que acá están mis suposiciones. Comenzaré con los posibles vuelcos.

La crisis no fue ni el principio de una depresión ni el fin del capitalismo. Pero ha endurecido la regulación financiera, sobre todo para los bancos, aunque esto ha ocurrido dentro del marco intelectual e institucional pre-existente. Después de tres décadas de desregulación, la tendencia va ahora en la dirección opuesta, aunque no sin encontrar resistencia.

La crisis también ha marcado un giro en la influencia privada en los países de altos ingresos. El ratio estadounidense de deuda bruta privada a producto interno bruto creció de 123% en 1981 a 293% en 2009. Para el tercer trimestre del año pasado, la tasa había caído a 263%. El sector financiero lideró la marcha en ambas direcciones: la deuda bruta del sector financiero trepó de 22% del PBI en 1981 a 119%, en 2008. Y había caído a 98% en el tercer trimestre de 2010. Es probable que continúe el desapalancamiento, pero aún si esto no ocurre, parece inconcebible que se produzca otro período semejante de creciente apalancamiento.

En el corto plazo, al menos, la crisis también marcó un retroceso en los "desequilibrios globales", como destaca la actualización del PEM. El FMI espera una marcha atrás parcial, aunque la escala de los desequilibrios no debería ser lo que era antes de la crisis. Un rasgo sobresaliente de esos desequilibrios -la acumulación de reservas en moneda extranjera, en especial de China- no ha cambiado. Eso es peligroso.

La crisis también reveló la vulnerabilidad de la eurozona a la acumulación excesiva de apalancamiento del sector privado y público, causado por oleadas de ahorros excedentes en malas inversiones via instituciones financieras subcapitalizadas. Será duro gestionar el desendeudamiento.

Acelerador

Ahora veamos donde la crisis ha sido un acelerador.

El cambio más obvio es fiscal. Toda persona bien informada sabía que el envejecimiento de la población generaría un ajuste fiscal en los países de altos ingresos, a medida que el gasto subía y el crecimiento se desaceleraba. La crisis ha adelantado esto en una década.

Según el FMI, la deuda neta general de los gobiernos del Grupo de los Siete países más industrializados, de altos ingresos, saltará de 52% del PBI en 2007, a 90% en 2015. Esto no significa que habrá hiperinflación o default, pero la gestión de las finanzas públicas dominará la política por el futuro previsible. Será una experiencia miserable.

Igual de importante es el giro acelerado en el balance global de poder económico. Según el FMI, la participación de los países avanzados en el PIB mundial, a tasas de paridad de poder adquisitivo, era de 63% en 2000. Bajó a 56% en 2007, antes de la crisis, a 53% el año pasado y bajará a menos de 50% en 2013.

Lo que la crisis ha acelerado aún más abruptamente es el vuelco en la actitud hacia Occidente y Estados Unidos, en particular. Los asiáticos ya no respetan la competencia de Occidente, vapuleada por sus desventuras militares y problemas financieros. Junto con el cambio en las actitudes ha llegado un cambio en la responsabilidad. El paso del G-7 y G-8 al G-0 en la cima de la crisis simbolizó esa transformación. Habría pasado de todos modos, pero ocurrió más rápido como resultado directo de la crisis.

Lo que me impactó todavía más en Davos es la incertidumbre que la crisis ha revelado y causado. El ánimo es más optimista, pero está lleno de dudas. Tuve una larga discusión privada respecto de si EE.UU. evitaría la suerte de Japón. El modo en que se materializará el desapalancamiento del sector privado, sin traspiés, no está claro. La posibilidad de renovada debilidad económica es grande. Lo mismo la de golpes financieros, tal vez en respuesta a preocupaciones fiscales.

El hecho de que la crisis haya catapultado al mundo a su futuro también crea enormes incertidumbres. Algunas de mis conversaciones más interesantes fueron respecto de si China tiene planes claros para los sistemas económico y político globales. Un académico chino bien conectado me asegura que la respuesta es no. Pero, suponiendo que China pueda sostener su rápido crecimiento, este coloso tendrá que desarrollar ideas propias muy pronto.

La crisis no ha resultado un gran punto de inflexión, hasta ahora. Pero no podemos decir que es de poca significancia. Ha traído cierta transformación, mucha aceleración de tendencias previas y una gran incertidumbre. Esa incertidumbre siempre estuvo presente, pero ahora lo sabemos.

Fuente: Financial Times para Cronista.com