Presenta:

La economía, Néstor Kirchner, el miedo y los monstruos dormidos

Son días particulares. La falta de diálogo y respuestas estructurales a problemas como la inflación y el conflicto agrario marcan la visita del ex presidente a Mendoza. Será de esperar que, al menos, no enarbole discursos de oposición casi bélica hacia quienes consideran la realidad desde otro punto de vista.
Kirchner, por momentos, pone a sus palabras en pie de guerra. Foto: Chorosky / Flickr.
Kirchner, por momentos, pone a sus palabras en pie de guerra. Foto: Chorosky / Flickr.
Todo, pero todo, empieza por casa. Aquellos que estudiaron griego, saben que en la época clásica al hogar se lo denominaba “oikos”. Era una palabra muy vieja, que ya había sido usada por Homero. A la vez, su contenido es amplio, porque involucra la construcción, los bienes y hasta la administración de la morada permanente. Además, su significado aludía a una casa bien construida. Si la casa no era firme como la piedra, no era digna de ser llamada “oikos”. De esta palabra surge otra interesante: “okomos”, que es, ya más precisamente, la administración del hogar. Y de ella, una vital para nuestros días: economía.

Como vemos, desde su mismísimo origen, la economía tiene directa relación con la solidez. Economía es una palabra fuerte y también una ciencia social trascendental para lo seres humanos. Por eso, cuando se generan problemas de consideración en su ámbito, la respuesta debe ser sólida, rápida y sustentada en el tiempo por procesos en los que se determinen objetivos claros. Si la economía no sabe dónde va, el país que la genera tampoco lo sabe.

Estos días de la Argentina, son cruciales. Hasta quienes no conocen en profundidad el tema económico, como este escriba, se dan cuenta de que con un ministro de Economía recién renunciado y otro recién asumido y con el inminente regreso de los paros en el sector agrario, debería resultar claro a nuestros dirigentes que, para empezar, necesitamos de manera urgente una solución anti-inflacionaria y, especialmente, la recuperación de un discurso político no confrontativo, racional, superador.

Por momentos, parece que, dialécticamente, Argentina está viviendo una guerra civil.

Detengámonos en el tema inflacionario, que es complejo en su análisis, pero concreto, fácil de entender, cuando uno va al supermercado y los productos están más caros o, sospechosamente, desaparecen de las góndolas.

La suba de los precios  se ve influida por factores económicos, pero también por técnicos, como la expansión (saludable en sí misma) de la demanda y de la oferta; y también por otras determinaciones, como las decisiones políticas respecto de las políticas monetaria y fiscal a sustentar. Agreguemos algo más, aunque no seamos economistas: los aumentos –especialmente en commodities como el petróleo– son un fenómeno global.

Sin embargo, si bien la economía es una ciencia social naturalmente sólida, en los aumentos –me lo dijo un amigo economista que leyó a Freud– también influyen elementos psicológicos: “En la teoría económica se los llama expectativas”, me dijo.

Las expectativas hacen que, por miedo o viveza criolla, los grandes y pequeños operadores económicos aumentos sus precios “para cubrirse” de futuros aumentos de costos. Así, sencillamente dicho, generan inflación, sin justificación técnica, pero sí en relación con nuestro pasado económico. Es como si una persona a quien le han robado varias veces sus bienes, se compra una casa nueva, aunque sea en un barrio privado repleto de guardias con ametralladoras, y la llena de rejas, “por las dudas”.

“En Argentina, la memoria inflacionaria pesa de una manera contundente en las decisiones de los empresarios y comerciantes. La Argentina tuvo un ciclo de 40 años de inflación, que terminó en la hiperinflación de los ‘80. Y eso ha quedado grabado a fuego en muchos sectores de la población. Sumale los temores –a veces irracionales– de que se repita la crisis del 2001, donde no sólo hubo una megadevaluación y transferencias enormes de ingresos entre distintos sectores económicos, sino problemas graves en el sistema financiero como el corralito y el corralón”, me apunta mi amigo.

Ahora bien, ¿qué nos impide pensar que esos miedos se hayan vuelto a instalar? Y algo más: ¿por qué se han instalado? La respuesta, en este caso, no está “soplando en el viento”, como diría Bob Dylan, sino que es política: hay miedo porque no hay diálogo y si no hay diálogo, hay fantasmas y los fantasmas dan miedo, aunque la casa en la que habitemos (“oikos”) sea tan sólida como la Pared Sur del Aconcagua.

Así las cosas, nada nos obsta pensar que, cuando vamos al supermercado y todo nos sale más caro, esa suba tenga que ver con la falta de diálogo que promueve nuestro gobierno nacional.

Vamos a otro punto: ¿La Argentina está objetivamente en un situación crítica como para justificar los temores? Definitivamente no. El país crece, tiene superávit en sus cuentas públicas y goza de excelentes precios internacionales en sus principales productos de exportación. Y si no, pregúntenle a los sojeros.

Sin embargo las “expectativas” negativas están, el fantasma de la inflación alta volvió y está claro que el que se quema con leche, cuando ve un sachet en la góndola (si tiene la suerte de verlo) llora.

Por eso, sin ser economista, arribamos a una solución económica. Y decimos: ¿qué deberíamos hacer en este momento del país? Evitar enfrentamientos, calenturas, violencias verbales y de las otras. Y algo más: las polaridades. Cuando uno cree que el mundo está dividido entre malos y buenos, blancos y negros, ve sólo la mitad del mundo, al tiempo que se pierde el abanico expresivo de los prismas que sólo son palpables cuando somos capaces de ponernos en el lugar del otro.

Qué bueno sería, por caso, que el gobierno explique con claridad cuál será su política económica para disminuir la inflación y qué resultados concretos espera obtener, al menos, en los próximos doce meses. ¿Y por qué? Porque hay una idea prioritaria para la convivencia social: el horizonte lógico.

Nada positivo aporta a todo esto los discursos de barricada del ex presidente Néstor Kirchner. Agraviar, descalificar, fomentar oposiciones, crear climas bélicos, demonizar a los rivales genera temor, enconos, fanatismos. Y nada de esto necesitamos, hoy por hoy, los argentinos.

La historia de nuestro país ha ejercitado un vicio impropio: la necedad de volver a repetirse. Hoy, que el ex presidente visita Mendoza, al pie de la cordillera de los Andes, tiene una excelente ocasión entre manos de mostrar altura. Y de apuntalar las paredes de esta enorme “oikos” que es la Argentina. En casos como el suyo, más que en cualquier otro caso, las personas son recordadas por aquel manojo de palabras dichas en el momento adecuado.

En uno de los grabados más célebres de Goya, se lee: "El sueño de la razón produce monstruos". La sentencia es de fines del siglo XVIII, pero gana inusitada actualidad en la Argentina de hoy.

Lo demás, es pasto del olvido.