El legado de Norberto Gómez, el artista que le dio forma a la memoria

El legado de Norberto Gómez, el artista que le dio forma a la memoria

La conmoción por la muerte de Norberto Gómez fue mucho más alá del mundo del arte. Su mirada afilada, su talento y su pensamiento dejaron huella.

María Teresa Andrés

La memoria colectiva es aquella que nos guía para que podamos construirnos como una sociedad sana. Nos alerta, porque no hay nada más cierto que aquello que dice: “quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos”, y esto vale tanto en lo individual como en lo colectivo. 

Norberto Gómez (Bs. As.2/5/1941- Bs. As. 20/7/2021) no quería que le dijeran escultor porque, según él, lo es quien esculpe la piedra, y que lo suyo era armar con los materiales que tenía (y con su gran talento, agrego yo) sus obras. Vivió en Buenos Aires, siempre trabajó con sus manos, y con ese trabajo mantuvo a su familia, en los 60/70 también diseñaba y realizaba la cartelería de los grandes cines de la calle Corrientes.

No le interesó complacer al mercado de arte. Dentro de lo que define un hombre íntegro, él lo fue. Llegó a decir que no era alguien a quien invitaran porque hacía ruido al tomar la sopa, humor agrio sin lugar a dudas. No fue con la sopa, pero si con su arte que el ruido fue intenso.

Entre las piezas más emblemáticas están las Torres de la Memoria que se levantan frente al Río de La Plata, en el porteño Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Enclavada frente al río color de tigre, al que se lanzaban las víctimas a su destino final en los vuelos de la muerte. Proyectada en 1999 y terminada en 2012, tiene once metros de altura y cuatro metros en su parte más ancha. Pesa tres toneladas y media y está hecha de acero corten. Se hunde en la tierra, y su inclinación le da un aspecto sobrecogedor. Es un llamado de atención es un “no” clavado en la tierra que grita hacia lo alto.

Norberto Gómez no proyectaba sus esculturas, las construía sin bocetos previos, era un virtuoso en el uso de diferentes materiales y en la búsqueda constante de la forma. El dibujo para él fue siempre una disciplina separada de su labor escultórica.

Según explica la curadora del Parque, Florencia Battiti, “la obra de Gómez acude a la imagen de una maza medieval para referirse a la condición inmensamente vulnerable de la existencia, pero, también, a la tortura ejercida durante las recientes dictaduras y a los símbolos del poder que anidan en toda sociedad. De esta manera, la distancia histórica que nos separa del Medioevo abre un amplio espacio de reflexión en el que estas torres trascienden aquel período y nos impulsan a ejercer la memoria sobre la violencia y el autoritarismo de nuestra actualidad”.

Sobre la misma temática realizó diferentes trabajos como por ejemplo las llamadas (no por él) “parrillas”, que según sus propias palabras: “Las obras que hice en la época del proceso [las parrillas] no tienen título porque yo no les podía dar un título. Todo eso no tiene nombre, no tiene ni pies ni cabeza”, decía.

E iba aun más allá: “Está la muerte, y está la muerte de matar. De lo que estamos hablando es de esa muerte, no de la muerte en general. La acción de proveer muerte no es natural”. 

Fue un artista que también, y no es contradicción, trabajó formas puras minimalistas, un verdadero contrapunto que vale la pena observar. Obras relacionadas a la imagen arquitectónica. Despojadas y bellas. Muchas de ellas en los años sesenta y cuarenta años más tarde retomando esa línea, siendo tan actuales como entonces, lo que habla de la atemporalidad del talento, más
aún para alguien a quien poco le importó estar sujeto a tendencias vigentes ni exigencias del mercado.

Algunos datos, no todos, de una trayectoria muy extensa

Se formó y trabajó con Julio Le Parc, Juan Carlos Castagnino y Antonio Berni. En 1982 recibió el premio de la Asociación Argentina de Críticos de Arte al Artista del Año. En el año 2016 el Museo Nacional de Bellas Artes organizó una exposición retrospectiva de sus obras. Realizó muestras individuales en el Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Moderno, Galería Ruth Benzacar, CAyC, Fundación Osde, Museo Sívori, Museo Caraffa de Córdoba y Museo Juan B. Castagnino de Rosario, entre otros y participó de innumerables exposiciones colectivas en el país y el exterior. Entre los numerosas distinciones que le fueron otorgadas, recibió la beca Guggenheim en 1992, el Premio Leonardo a la Trayectoria del Museo Nacional de Bellas Artes en 2002, el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes en 2006 y el premio Konex de Platino en 2012. Premio a la Trayectoria 2018 de la entonces Secretaría de Cultura de la Nación. Su obra integra colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, del Museo Sívori, del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO), entre otras destacadas instituciones.

Sus obras son un legado indiscutible que muestra lo nauseabundo de la violencia. Una reflexión sobre nuestra responsabilidad dentro de la sociedad, que nos invita a no transitar otra vez por esos caminos.

   

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