¿El cambio climático puede provocar terremotos? La respuesta científica
El calentamiento global no origina los grandes sismos tectónicos, aunque el agua, las sequías y el deshielo pueden alterar tensiones en algunas fallas.
La actividad de las placas tectónicas continúa siendo la causa principal de los terremotos más destructivos.
El cambio climático modifica océanos, glaciares, precipitaciones y reservas de agua, pero su influencia no llega del mismo modo a las profundidades donde nacen los grandes terremotos. La ciencia detectó algunas relaciones entre procesos climáticos y movimientos del terreno, aunque ninguna permite afirmar que el calentamiento global provoque los sismos tectónicos más destructivos.
La mayoría de los terremotos ocurre cuando la tensión acumulada por el movimiento de las placas supera la resistencia de una falla. Según explica el Instituto Nacional de Prevención Sísmica, gran parte de la actividad registrada en el noroeste y el centro-oeste argentino está relacionada con la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana. Se trata de un proceso geológico profundo, desarrollado durante millones de años y sin relación directa con las variaciones de temperatura en la superficie.
El agua puede modificar la presión sobre una falla
Las lluvias intensas y las sequías cambian el peso que soportan distintas zonas de la corteza terrestre. La acumulación de agua, nieve o reservas subterráneas añade carga; cuando esos recursos disminuyen, la superficie pierde parte de esa presión y puede elevarse algunos milímetros. Estas variaciones generan modificaciones pequeñas en el esfuerzo de las fallas. Sin embargo, el Servicio Geológico de Estados Unidos no encontró un patrón que indique que los terremotos grandes y dañinos sean más frecuentes durante períodos lluviosos o secos. El agua tampoco suele penetrar varios kilómetros hasta las profundidades donde se originan la mayoría de los eventos.
Los efectos aparecen con mayor claridad en la microseismicidad, integrada por movimientos tan pequeños que muchas veces no son percibidos por la población. En algunas regiones se observaron variaciones estacionales vinculadas con las lluvias. Una distribución uniforme del agua puede reducir temporalmente la actividad, mientras que una carga concentrada en un valle o una montaña podría favorecer movimientos menores. Un análisis publicado por la NASA también señala que la extracción intensiva de agua subterránea durante una sequía altera el equilibrio de la corteza. Si una falla ya se encuentra cerca de su punto de ruptura, ese cambio podría adelantar un deslizamiento, pero la ciencia aún no puede determinar cuándo ni con qué magnitud ocurriría.
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Qué sucede con los glaciares y el deshielo
La pérdida de grandes masas de hielo elimina peso sobre el terreno y permite que la corteza se eleve lentamente, un fenómeno conocido como rebote isostático. Ese proceso puede modificar tensiones locales e influir sobre sistemas volcánicos o fallas situadas en regiones glaciares. De acuerdo con la información recopilada por la NASA, también existen los llamados terremotos glaciares, producidos por el movimiento rápido de enormes bloques de hielo.
Estos eventos fueron registrados con mayor frecuencia durante los meses cálidos en Groenlandia, pero no deben confundirse con los grandes sismos generados por el choque de placas. El deshielo puede cambiar las condiciones de una zona concreta; no representa una explicación general para la actividad sísmica mundial.
Una conexión limitada que no permite hacer predicciones
La relación entre clima y terremotos es, por lo tanto, indirecta y secundaria. El calentamiento global puede redistribuir agua y hielo, modificar cargas sobre la corteza o influir en fallas que ya acumularon tensión tectónica. Hasta el momento no hay evidencias que permitan atribuirle un aumento global de los grandes terremotos ni utilizar fenómenos meteorológicos para anticiparlos.
Incluso si una sequía, una lluvia extrema o el retroceso de un glaciar ejercieran una presión adicional, sigue siendo imposible conocer el estado exacto de la falla. Por esa razón, la prevención continúa apoyada en construcciones sismorresistentes, mapas de peligrosidad, monitoreo permanente y planes de emergencia, no en pronósticos asociados al clima.


