Presenta:

A menos de una hora de La Serena: el pueblo costero con aguas turquesas y atardeceres dorados

En la Región de Coquimbo, este pueblo combina costas extensas, un entorno protegido y una identidad marinera que se siente tanto en la playa como en la mesa.

Este pueblo de Chile enamora con sus bellos paisajes. 

Este pueblo de Chile enamora con sus bellos paisajes. 

Sernatur

Tongoy aparece en la cartografía del llamado “norte verde” como una península que separa dos bahías y marca el ritmo de un turismo sin apuro. No es un pueblo de grandes edificios ni de ruido nocturno: su atractivo está en la calma, en la vida cotidiana ligada a la pesca artesanal y en un entorno natural que invita a pasar más de un día.

La presencia del cordón montañoso Lengua de Vaca funciona como abrigo frente al oleaje y ayuda a sostener un clima amable, ideal para quienes buscan mar tranquilo y caminatas al borde del agua.

Costas extensas y rincones para perder la noción del tiempo

El paisaje se entiende mejor a pie. La franja más famosa es Playa Grande, con una línea costera que supera los cuatro kilómetros y una pendiente suave que facilita el baño, sobre todo cuando viajan familias con niños. Para un plan distinto, hacia el sector norte se abre Playa Socos, más reparada y fotogénica, donde las rocas dibujan pequeñas postales y el atardecer suele robarse el protagonismo.

tongoy chile

Y si la escapada tiene un costado naturalista, los humedales Salinas —con sus áreas Grande y Chica— suman otro registro: allí se observan flamencos, cisnes de cuello negro y aves migratorias que encuentran refugio en estos ambientes.

Del muelle al plato: por qué aquí se come tan bien

En Tongoy, la cocina no es un “extra” del viaje: es parte del motivo para ir. La caleta abastece a diario a los locales del paseo costero, con productos que llegan recién extraídos del Pacífico. El gran emblema es el ostión, reconocido por su calidad y servido en versiones que van desde lo más simple —apenas con limón— hasta preparaciones gratinadas muy populares.

A esa estrella se le suma un repertorio de pescados y mariscos de roca que suele repetirse en las cartas: corvina, lenguado, congrio y albacora, además de opciones como locos, erizos y machas, según temporada y disponibilidad.

Un pueblo con identidad: caleta, fiestas y ritmo pausado

Más allá de la arena, el encanto se sostiene en un modo de vida. Caminar por sus calles y acercarse a la zona de pescadores permite ver el pulso del lugar: redes, botes, puestos y restaurantes donde las porciones suelen ser generosas. Algunos nombres tradicionales, como La Pink, forman parte del boca a boca de quienes vuelven. En el calendario, dos celebraciones ayudan a entender el vínculo con el océano: la Fiesta de San Pedro, asociada a la tradición de los trabajadores del mar, y el Festival del Ostión, que suele reunir a visitantes y vecinos alrededor de la gastronomía local.

La experiencia se completa con sabores del interior de la región. En muchas mesas se cruzan productos que vienen del Valle del Elqui y de la zona de Ovalle: quesos de cabra artesanales, papayas en conserva, vinos del norte verde y cócteles con pisco de denominación de origen. Esa mezcla entre costa e interior le da a Tongoy una identidad propia, donde el viaje no se limita a la playa, sino que se traduce en una forma de comer y de recorrer.

Para quienes tienen más días, la ubicación es una ventaja: desde aquí se puede armar un circuito por la Región de Coquimbo sin grandes traslados. A poca distancia está Guanaqueros, conocido por su bahía reparada y sus restaurantes sobre la arena. Hacia el norte, La Serena y Coquimbo concentran el perfil urbano, con puntos clásicos como el Faro Monumental, la Avenida del Mar y la Cruz del Tercer Milenio.

Si la idea es cambiar de paisaje, el Valle del Elqui ofrece observatorios astronómicos y rutas vinculadas al pisco y a Gabriela Mistral. También aparece Totoralillo, famosa por sus tonos turquesa y su postal de península; y, para un plan distinto, Andacollo suma turismo religioso y tradición minera. Incluso más al sur, el Parque Nacional Fray Jorge sorprende con un bosque de rasgos valdivianos que se mantiene gracias a la camanchaca, esa neblina costera que hace posible lo improbable.