¿Estamos realmente en el año 2015?
En los años del dominio romano, la medida del tiempo en el Occidente conocido era, por lo general, la fecha de la fundación de Roma, en el 753 antes de Cristo. El calendario de Rómulo tenía 10 meses, como antes los calendarios lunares particulares, por ejemplo, de Lavinia tenían 13 o el de Alba Longa otra decena. El de Rómulo, también lunar, era de marzo a diciembre, con un tiempo muerto en el que no había trabajos de agricultura ni campañas militares y que era consagrado parcialmente a rituales de purificación antes del ciclo nuevo. Y fue Numa Pompilio, segundo rey de Roma, quien añadió los meses de enero y febrero y, para tratar de arreglar el desfase que siempre había existido en los calendarios lunares respecto al ciclo solar, otros dos meses cada cuatro años, los intercalares o mercedonios.
Un año astronómico es el tiempo que tarda la Tierra en completar su órbita alrededor del Sol, es decir, 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,9 segundos. Pero el calendario lunar de Rómulo y Numa Pompilio, cuyos meses comenzaban con la luna nueva, había provocado un desfase de tres meses entre el calendario y el año astronómico en el siglo I a. C. Así que Julio César implantó el uso del calendario solar en todos los territorios romanos con la ayuda de Sosígenes de Alejandría, que estaba al tanto del fallido decreto de Canopo, un intento en el siglo III a. C. de reformar el calendario egipcio, que es el primero solar de la historia, introduciendo un día más cada cuatro años, acumulado con esas casi seis horas de más a los 365 días anuales, y convirtiendo al año designado en el bisiesto que sigue como tal hoy día. El faraón Ptolomeo III fracasó en su implantación a causa de la obcecación de sus sacerdotes, pero César y Sosígenes sí tuvieron éxito.
Este calendario juliano, llamado así en honor del propio Julio César, entró en vigor en el 46 a. C., es decir, el 707 a. u. c. Sin embargo, los pontífices romanos, o sea, los principales sacerdotes de la religión de la antigua Roma, decidieron sólo dos años más tarde fijar el bisiesto cada tres, con lo que, si bien César Augusto trató de arreglar el desfase resultante en el 8 d. C., eliminando el bisiesto durante 36 años. En el 1582 d. C. se habían acumulado unos 10 días de desfase, lo cual fue corregido con el calendario gregoriano, promulgado por el papa Gregorio XIII, y el 11 de septiembre de ese año se transformó en el 21, y con él son bisiestos los años múltiplos de cuatro excepto si terminan en dos ceros.
Este calendario es el que utilizamos en la actualidad. Su uso se fue extendiendo paulatinamente, y el último país en adoptarlo fue Grecia, nada más y nada menos que en 1923. No obstante, de todos modos, el año del calendario gregoriano es 26 segundos más largo que el astronómico, por lo que hay un día de diferencia cada 3.323 años que habrá que corregir en su momento, igual que lo que influya en ello la desaceleración de la Tierra en sus movimientos de rotación y traslación debido a la influencia de la Luna sobre nuestro planeta.
Fue al gran Carl Sagan a quien se le ocurrió la brillante idea de elaborar un calendario cósmico para hacernos entender lo insignificantes que somos en la escala de tiempo universal, por no hablar del vertiginoso espacio-tiempo. Fue para su maravillosa serie documental Cosmos: A Personal Voyage (1980), y es una idea que Ann Druyan, guionista de la original, y Steven Soter recuperaron para Cosmos: A Space-Time Odyssey (2014), presentada por el astrofísico divulgador científico Neil deGrasse Tyson. Este calendario divide los 13.800 millones de años de edad aproximada que se ha calculado que tiene el Universo entre los 365 días del calendario astronómico, con el Big Bang en el primer segundo del 1 de enero, y la actualidad, en el último del 31 de diciembre, dando como resultado que la humanidad apareció unos diez minutos antes de que acabara el último día del año, es decir, que nuestra especie lleva en la existencia un tiempo ridículo.
Partiendo de la base de nuestra insignificancia real, parece un tanto pretencioso contar los años partiendo de los hechos que nos han servido para ello: los supuestos nacimientos de Cristo, de Buda o del primer emperador chino hace más de 2.015 años, menos de 2.558 y unos 4.712 respectivamente, la emigración de Mahoma a La Meca hace 1.436 años, la creación del mundo según los hebreos hace 5.776 años o el dominio del pecado de la actual era hindú, de unos 5.117 años hasta el momento.
Está claro que pretender sumar años partiendo de los cálculos acerca de cuándo se produjo el Big Bang es inasumible por poco práctico, igual que con la aparición de la humanidad en la Tierra, hace entre 150.000 y 200.000 años, no sólo por el gran número que habría que manejar, sino también por el baile de fechas que los descubrimientos científicos originan. Pero, si a mí me preguntan, elegiría hechos desideologizados y capitales en la historia humana pasada, presente y futura para el cómputo de nuestros años, como la invención de la escritura hace unos 5.000, que ya separa la Historia de la Prehistoria, o el inicio de la era científica hace unos 400 o incluso de la era espacial hace 58 años, con el lanzamiento del primer Sputnik por la Unión Soviética. En mi insignificancia, creo que estos logros representan lo mejor y más influyente de nuestra especie, y que merecen ser recordados hasta en nuestros calendarios.
Una nota de César Noragueda para ALT1040