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Crean campamento de rehabilitación para adictos a la tecnología

En Estados Unidos son cada vez más los profesionales que recurren a las organizaciones que ayudan a "desconectarse para reconectarse".

“Era mi día 2 en el Camp Grounded (Campamento de Castigados), un campamento de verano exclusivo para adultos que se lleva a cabo en los ex cuarteles de los Boy Scouts en Navarro, California, unas dos horas y media al norte de San Francisco. Alrededor de 300 personas se habían reunido allí durante tres días para dividirse en equipos y jugar carreras de embolsados, hacer concursos de talentos y otras actividades para bajar un cambio, organizadas por Digital Detox, una agrupación que se dedica a enseñarles a los adictos a la tecnología a desconectarse para reconectarse", contó uno de los protagonistas del campamento.

En Camp Grounded las reglas son: ni teléfono, ni computadora, ni tabletas, ni relojes. También está prohibido hablar de trabajo y revelar la edad y el nombre real de los participantes.

Mientras que otro de los participantes confesó: “La crisis personal y profesional de Walter White -el traficante de metanfetamina de Breaking Bad- o de Don Draper -el ejecutivo publicitario de Mad Men-, en esos días en los que me sentía especialmente deprimido, eran como versiones amplificadas y con mejor dirección de arte de mi propia moledora de carne de trabajo ininterrumpido. De noche, dejaba mi celular cargándose sobre la mesa de luz, y así sentía que, aunque estuviese durmiendo, el flujo de datos seguía estando a mano, no fuera cosa que pasara algo”.

“Después de un par de meses, mis manos empezaron a entumecerse y le pedí a mi médico que me hiciera una placa de tórax, porque estaba convencido de tener neumonía. No sólo estaba quemado: estaba fundido, como un malvavisco que se chamusca demasiado cerca del fuego”, contó. “En Camp Grounded, sin embargo, ya no seríamos blogueros, ni empresarios, ni abogados, ni consultores, ni tendríamos ningún otro título: éramos sólo nosotros y, en mi caso, yo respondía al seudónimo de Brooklyn”.

El campo de tiro con rifle de los scouts había sido reconvertido en "campo de máquinas de escribir", y junto a un arroyo construyeron una yurta que se usaba como lugar común accesible durante la noche. Durante el fin de semana era posible bañarse desnudo en el estanque, y un micro pintado psicodélicamente estacionado en un claro del bosque fue sede de un concierto. La última noche, hubo una fiesta de egresados temática de la década de los 80.

Las comidas eran variaciones veganas y libres de gluten de los clásicos del campamento. Si es por lo que decían los acampantes, parece que renunciar a la carne era más difícil que renunciar a la tecnología, y ya para el segundo día, la conversación giraba casi exclusivamente en torno de hamburguesas, tocino y pollo frito. De todos modos, las quejas eran pocas y los conflictos interpersonales casi inexistentes. "Cuando uno quita todos los factores de estrés de la vida, ¿qué razón queda para pelearse?", dijo Felix.

“Después del primer día”, cuenta Kosma, “me adapte”. Aprendió a hacer "tallados solares" con una lupa sobre madera. Una semana después, dijo que seguía llevando consigo el diario que le entregaron en Camp Grounded, y en el que se pregunta una y otra vez: "¿Quién soy?".

Yo, en tanto, pasé dos días conociendo a mis compañeros y participando en el taller de respiración meditativa. También me quedé sin voz entonando esas canciones "que sabemos todos". Me pinté la cara, dormí la siesta en una hamaca y bailé espontáneamente, cosa difícil si se toma en cuenta que no he hecho nada espontáneo en toda mi vida.

Y una noche, me encontré tumbado boca arriba observando el cielo. Las únicas veces que había visto tan claramente las constelaciones había sido mirando el cielorraso de Grand Central Station.

En algún lugar, fuera de Camp Grounded, los iPhone zumbaban con las últimas noticias sobre el divorcio de Rupert Murdoch y el bebe de Kim Kardashian. Pero yo estaba buscando estrellas fugaces, no estrellas de la realidad.