Naturalizando el conflicto en la familia argentina
Algo tan arraigado como las tradiciones, son los conflictos familiares. Pensar que “todos pasamos por eso” nos lleva al cómodo lugar de pensar que no podemos escapar, cuando en realidad, no queremos enfrentar el cambio de hábito.
Ninguna familia está destinada a vivir en el conflicto.
Archivo.La conflictividad familiar suele percibirse en la sociedad argentina como algo “normal”, casi inevitable. Frases como “en todas las familias pasa” o “si no hay discusiones, algo raro hay ” forman parte del lenguaje cotidiano y reflejan una creencia instalada: que el conflicto es parte natural del vínculo y, por lo tanto, no requiere demasiada revisión.
La naturalización del conflicto en la familia argentina no es un fenómeno azaroso, sino el resultado de una compleja trama donde se interceptan la historia sociopolítica, las herencias culturales y los modelos de vinculación que han definido nuestra identidad nacional. Desde la orientación familiar, entendemos que lo que muchas veces se denomina "pasión" o "intensidad" argentina es, en realidad, una forma de comunicación basada en la reactividad, donde la crisis se percibe no como un evento a resolver, sino como el estado natural de las cosas.
La familia no es solo un espacio íntimo. Donde cada uno “es como es”. Es un sistema de relaciones que se organiza a través de roles, jerarquías y formas de comunicación. Desde la teoría sistémica —especialmente los aportes de Salvador Minuchin— sabemos que las familias tienden a repetir ciertos patrones porque les permiten sostener un equilibrio, aunque ese equilibrio no sea saludable. Es decir, incluso el conflicto puede volverse parte de una forma estable de funcionamiento (mejor mal trato conocido que uno bueno por crear). A esto se suma un rasgo cultural muy presente en Argentina: la intensidad emocional en los vínculos. Somos una sociedad que valora la cercanía, la expresión afectiva, el involucramiento. Eso tiene un enorme valor, pero también tiene un reverso. Cuando esa intensidad no está acompañada de herramientas para regular emociones o comunicarse con claridad, puede transformarse fácilmente en reactividad, discusiones constantes o formas de trato que lastiman.
La función del conflicto como identidad
Desde la orientación familiar, observamos que el conflicto cumple una función: otorga identidad: "en esta familia somos gritones", "somos de sangre italiana, somos así". Estas etiquetas actúan como permisos culturales para evitar el trabajo de la autorregulación emocional. La investigadora Elizabeth Jelin, referente en estudios sobre familia en Argentina, sostiene que la familia es un espacio de lucha por el poder y el afecto. Al naturalizar el conflicto, los miembros de la familia evitan la vulnerabilidad de admitir que necesitan herramientas de comunicación que no poseen. Se prefiere la seguridad del grito conocido a la incertidumbre de un silencio reflexivo.
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Así, lo que se naturaliza no es solo el conflicto, sino la forma de gestionarlo. Y ahí es donde aparece el verdadero problema. Porque el conflicto en sí mismo no es negativo. Todas las familias, sin excepción, atraviesan diferencias, desacuerdos y momentos de tensión: el tema es cómo se transitan. Cuando no hay herramientas, el conflicto suele volverse repetitivo. Se discute por lo mismo una y otra vez, sin llegar a una resolución real. Aparecen escaladas -uno levanta la voz, el otro responde peor- o, en el extremo opuesto, silencios que enfrían el vínculo, pero no resuelven nada. Desde la mirada sistémica, estos son ciclos de interacción que se sostienen en el tiempo y que terminan desgastando profundamente los vínculos.
Ideas culturalmente instaladas
También influye una idea socialmente muy instalada: la de “los trapitos sucios que se lavan adentro”, haciendo que los problemas familiares deben resolverse solo puertas adentro, y nadie del exterior puede saber de ellos (hoy en día se lo describe como “fingir demencia”). Este mandato, muy presente en nuestra cultura, ha hecho que muchas situaciones no se hablen, se oculten (a veces, hasta con mucho ahínco), logrando que no se pida ayuda necesaria a tiempo, y no se revisen los modos de resolver las cosas. Y cuando algo no se nombra, difícilmente pueda transformarse, resolverse, sanarse.
Entonces, ¿por qué se sigue naturalizando? En parte, porque reconocer que algo no está bien implica hacerse cargo de que podría ser distinto. Y eso abre preguntas incómodas: ¿qué estamos haciendo?, ¿qué aprendimos?, ¿qué necesitamos cambiar? Es más fácil pensar que “todas las familias son así” que asumir el desafío de revisar lo propio. Pero acá aparece un punto clave, y es importante decirlo con claridad: naturalizar no es lo mismo que aceptar. Una cosa es entender que el conflicto existe, y otra muy distinta es resignarse a que sea la forma principal de vínculo.
En el horizonte, la esperanza…
A pesar de este diagnóstico, el panorama no es sombrío. La misma "intensidad" que hoy se vuelca en el conflicto es el motor que, bien canalizado, genera una resiliencia envidiable. La familia argentina posee una lealtad y una capacidad de entrega que son recursos terapéuticos de un valor incalculable. Desde la orientación familiar trabajamos justamente en ese espacio de posibilidad. En ayudar a las familias a reconocer sus patrones, a entender qué está pasando en sus interacciones y, sobre todo, a incorporar herramientas concretas. Mejorar la comunicación, aprender a escuchar, poner límites claros, ordenar roles, bajar la intensidad en los intercambios. Son cambios que parecen simples, pero que tienen un impacto enorme.
No se trata de construir familias perfectas ni de eliminar los conflictos (eso no existe). Se trata de lograr vínculos donde el conflicto no destruya, sino que permita crecer: donde haya diferencias, pero también respeto y que pueda discutir sin lastimar. Es posible, las familias no están condenadas a repetir su historia. Incluso cuando hay patrones muy arraigados, el cambio puede empezar con pequeños movimientos: una conversación distinta, una reacción que se frena a tiempo, una decisión de pedir ayuda.
Buscar acompañamiento no es un signo de debilidad, sino de responsabilidad. Es reconocer que hay algo que puede mejorar y animarse a hacerlo. Y cuando una familia se compromete con ese proceso, los cambios llegan. No de un día para el otro, pero llegan.
Ahí es donde aparece una esperanza real, concreta. No basada en idealismos, sino en lo que se ve todos los días en el trabajo con familias: que los vínculos pueden transformarse, que lo que parecía “normal” puede dejar de serlo, y que siempre hay nuevas formas de encontrarse. Porque, en definitiva, ninguna familia está destinada a vivir en el conflicto. Siempre existe la posibilidad de construir algo más sano, más consciente y más cuidado.
* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com
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