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La historia del excombatiente que "ganó" en Malvinas 30 años después

Pedro Cáceres combatió en Malvinas, tardó más de 20 años en hablar del trauma y volvió a las islas para ganar una maratón que le permitió cerrar su historia.

Pedro terminó el servicio días antes de la guerra y debió volver para ir a Malvinas, años más tarde ganó la maratón.

Pedro terminó el servicio días antes de la guerra y debió volver para ir a Malvinas, años más tarde ganó la maratón.

MDZ/Gentileza

Pedro Cáceres es otro de los excombatientes que eligen no difundir su historia, no por un trauma, sino por una decisión de seguir viviendo por esos que no volvieron. Dejando atrás todo e intentando crecer, encontró en el atletismo una pasión que lo llevó a triunfar en un lugar que durante mucho tiempo quedó marcado por el dolor y del cual no podía hablar.

“El Pedro que fue a Malvinas se quedó allá, y acá vino otro y arranqué mi vida”, fue una de las primeras frases que me dijo. No como una metáfora ni como un recurso, sino como una certeza. Como si esa versión de sí mismo hubiera quedado detenida en el tiempo, entre el frío, el miedo y la guerra.

Orgulloso por lo que hizo y agradecido por haber vuelto, habla desde ese lugar de quien tuvo una segunda oportunidad. Porque, más allá de lo que significaba “la causa Malvinas” y el orgullo de defenderlas, también estaba la inconsciencia de la edad. “Con 20 años uno se cree que es Rambo”. Y quizás ahí empieza a entenderse todo: la forma en la que vivieron esos días, las decisiones que tomaron y la falta de dimensión sobre lo que realmente estaba pasando. Porque antes del frío, del hambre y del miedo, hubo algo más fuerte: la idea de que iban a una guerra sin saber lo que significaba.

De la baja a la guerra en cuestión de horas

Su historia tiene un punto de partida tan abrupto como simbólico. Pedro ya había terminado el servicio militar. Estaba de civil, listo para volver a su vida. Pero todo cambió en cuestión de horas. “El 28 de marzo ya estaba de civil… el 31 a las 7 de la tarde nos entregaron el uniforme de nuevo”.

Sin demasiadas explicaciones, volvieron a vestirlos, a equiparlos y a sacarlos al campo. No sabían a dónde iban ni qué estaba pasando. Recién al día siguiente lo escucharon por radio. “Nos despertamos y escuchamos que habían tomado Malvinas”.

Islas Malvinas (1)
La caminata que realizó Pedro junto a los combatientes el día que llegó a Malvinas.

La caminata que realizó Pedro junto a los combatientes el día que llegó a Malvinas.

La noticia no generó miedo. Todo lo contrario. “Para nosotros fue una alegría terrible”. Con 20 años, la guerra no era una amenaza. Era, casi, una épica. “A los 20, te creés que sos Gardel, te creés que sos Messi. Y no tomás conciencia de las cosas”.

La inconsciencia de la guerra

El entusiasmo inicial tenía una explicación: la forma en que se enseñaba Malvinas y la mirada de esa generación. “Nos dijeron que íbamos a ir a defender a la patria… con 20 años es como que vas a jugar el Mundial”.

La frase resume todo. No había conciencia real del riesgo. No había dimensión de lo que significaba una guerra: “No lo pensabas fríamente, ‘che, voy a una guerra’”. Aunque, con el paso del tiempo, esa mirada cambió: “Hoy, con el diario del lunes, no iría ni loco”.

El desembarco y la crudeza de la realidad

Pedro llegó a las islas entre el 7 y el 8 de abril, no recuerda la fecha exacta. Lo primero que vio fue un territorio inhóspito, muy distinto a cualquier idea previa: “Desde el aeropuerto hasta el pueblo hay 12 kilómetros… lo hicimos caminando con todo”.

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El reencuentro de Pedro con las zonas que recorrió durante la guerra.

El reencuentro de Pedro con las zonas que recorrió durante la guerra.

Malvinas no era como la imaginaban: “Era todo piedra, no hay nada… y decíamos ‘¿por esto vamos a pelear?’”. Tenía 19 años cuando llegó y cumplió 20 en plena guerra, bajo bombardeos, con lo que incluso llegaron a bromear: “Ese día estaban bombardeando toda la noche y decíamos en joda: ‘los ingleses están festejando mi cumpleaños’”. La inconsciencia convivía con el horror.

El miedo, el frío y la cabeza que no descansa

El primer bombardeo marcó un quiebre. A partir de ahí, todo cambió: “Ahí empezamos a vivir de otra manera”. Las noches eran lo peor. Bombas, gritos, frío, hambre y una presión psicológica constante. “Vos escuchabas que le cayó a un compañero y se escuchaban los gritos. Era terrible”.

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Una de las imágenes que compartió Pedro durante la charla.

Una de las imágenes que compartió Pedro durante la charla.

A eso se sumaban las condiciones extremas: “Después empezó a faltar comida… estábamos a 10 kilómetros del pueblo”. A lo que luego se le sumó el desgaste mental: “Te levantaban a la noche con alerta roja… y psicológicamente te iban destruyendo”.

Los últimos días: cuando ya no importa nada

Hacia el final, el límite no era físico, sino mental: “Si la guerra duraba una semana más, no sé qué hubiera sido de mi vida”.

El cansancio, el hambre y la incertidumbre llevaban a un punto extremo. “Ya no me importaba nada… que termine de una u otra manera”. La rendición llegó el 14 de junio, después de días críticos. “Estábamos todos destruidos psicológicamente”, recuerda.

Volver y no poder hablar

El regreso no fue el final. Fue otro comienzo, más silencioso y difícil. Pedro tardó más de 20 años en poder hablar de Malvinas. “Yo no hablaba con nadie, ni en mi casa, ni en mi familia”.

Los primeros meses estuvieron marcados por el trauma, que aparecía de noche: “Soñaba todos los días que estaba en la guerra… me despertaba cuando me iban a matar”.

Durante meses, su familia lo cuidaba mientras dormía. “Tenían miedo que le hiciera algo a mis hermanos”, contó. El quiebre llegó mucho después, con terapia: “Ahí salió todo… y empecé a hablar”.

La vida después: familia, trabajo y reconstrucción

Pedro reconstruyó su vida rápido. Se casó joven, fue padre y siguió adelante. “Arranqué mi vida”. Pero durante años evitó todo lo relacionado con la guerra. Incluso perdió beneficios por no involucrarse. “No quería saber nada”. Recién en 1999 empezó a reencontrarse con otros veteranos, donde comentó que: “A partir de ahí nos empezamos a juntar”.

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Pedro junto a los compañeros con los que ganó la maratón.

Pedro junto a los compañeros con los que ganó la maratón.

Años más tarde llegó un punto de inflexión a través del deporte. Primero fue casi casual: “Corrí una carrera de 5 km y llegué a 5 minutos del primero”.

Después, el talento apareció: “En mi segunda carrera salí tercero”. Y ya no paró: “Le empecé a agarrar el gustito”. Así, el atletismo se transformó en algo más que un deporte: fue una forma de canalizar, de reconstruirse y de encontrar equilibrio.

Volver a Malvinas y cerrar la historia

En 2012, Pedro volvió a Malvinas. Pero no como excombatiente. “Volví como deportista” y, lejos de la posibilidad del recuerdo de sus compañeros caídos, su objetivo era claro: competir. “Yo quería ir a ganar”.

Pero lo que pasó allá fue mucho más profundo. Cuando volvió a la montaña donde había estado durante la guerra, algo se quebró: “Me agarró una adrenalina… empecé a correr y subí la montaña corriendo”, recordaba.

Pedro Cáceres Malvinas

La emoción fue indescriptible: “No sé si fue alegría, tristeza, fue una mezcla de todo”. Fue un momento que marcó un cierre en su vida. “Cerré algo en mi vida ese día. De hecho hoy me pregunté si volvería a Malvinas y no. Únicamente volvería si mi mujer actual hoy le interesaría ir", explicó.

El recuerdo que nunca se va y el mensaje que trasciende

Hoy, hablar de Malvinas le cuesta más que antes. “Cada vez se hace más difícil”, no solo por lo vivido, sino por lo que sigue pasando: los recuerdos, las pérdidas, los compañeros que ya no están.

Pero hay algo que mantiene firme: “No me considero un héroe… pero estoy orgulloso de lo que hice”. Y, más allá de su historia, Pedro deja un mensaje claro: “Tenemos que valorar más nuestro país”.

Para él, Malvinas no es solo una experiencia personal, sino una enseñanza colectiva. “Tenemos que valorar el himno, la bandera, los símbolos patrios”. Y cierra con una reflexión que mezcla memoria y presente: “Yo que la viví, yo que la peleé… a mí me molesta que no se valore”.