Felipe Pigna, honoris causa: San Martín, el Quijote y la cuenta pendiente con Mendoza
La Universidad Champagnat le otorgó el doctorado Honoris Causa a Felipe Pigna. La conferencia del historiador y su comparación con el mítico Quijote.
La Universidad Champagnat entregó el doctorado Honoris Causa al historiador Felipe Pigna en un acto que reunió a las autoridades de esa la casa de estudios y a referentes políticos y sociales de Mendoza. La entrega del título la realizó el rector de la Universidad, Marcelo Chamorro, quien reveló que el reconocimiento se otorgó por “el compromiso con el conocimiento, la búsqueda de la verdad, la libertad de pensamiento, la reflexión crítica, la transmisión de la cultura” de parte de Pigna.
Pigna agradeció la distinción del modo en que mejor sabe hacerlo, es decir con un cálido recorrido histórico arraigado en Mendoza. En particular con San Martín, el hombre más respetado de la historia argentina y fuertemente arraigado a Mendoza. Su conferencia fue "San Martín, lector del Quijote", tonando a personaje de Cervantes como otro eje.
El punto de partida fue una advertencia contra el lugar común. "Se suele decir que estos personajes como San Martín son quijotes en el sentido de que son soñadores, van detrás de la utopía", planteó. Pero ahí, dijo, empieza y no termina el asunto: "Hay mucho más, hay una conexión más grande entre San Martín y el Quijote".
1605: la locura no estaba en la Mancha

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Pigna situó el origen de esa conexión en el año de publicación del Quijote. En 1605, describió, reinaba en el mundo el absolutismo, "el fundamentalismo de reyes que no reconocían a sus pueblos": los grandes reyes de Francia, los zares de Rusia, Felipe II en España. Era la época en que Giordano Bruno iba a la hoguera por haber cuestionado el mapa celestial y en que la Inquisición "hacía de las suyas".
"Nos enseñaban que esos monarcas eran grandiosos y que había que admirarlos, pero la locura no estaba en esas cortes egoístas que solo pensaban en sí mismas", sostuvo. "La locura, en 1605, estaba en la Mancha, en la frondosa imaginación de don Alonso Quijano".
De ahí en más, el historiador fue tendiendo puentes con documentos. San Martín, recordó, fue un lector voraz y dueño de una enorme biblioteca: el inventario que se conserva registra varias ediciones del Quijote. Y tenía la costumbre de subrayar y de anotar los márgenes, huellas que permiten hablar de "una lectura casi compulsiva", reiterada, de consulta.
La Ínsula mendocina
La prueba más elocuente, para Pigna, está en Mendoza. San Martín llamó "la Ínsula" a su gobierno de Cuyo, entre 1814 y 1816, en referencia a uno de los episodios más hermosos de la novela: cuando Sancho Panza se convierte en gobernador de la Ínsula Barataria, una isla imaginaria en medio de la Mancha donde gobierna con justicia y sabiduría sin ser un hombre preparado para el cargo.
"San Martín se reconoce en Sancho: una persona del pueblo, sin experiencia, que va a gobernar con la mayor justicia posible y que saldrá, como decía Sancho, desnudo como un ángel del gobierno", explicó. El guiño se extendía a lo doméstico. “A su hija Mercedes, nacida en Mendoza, la llamaba su infanta, como Sancho a la suya”.
Ese gobierno, sostuvo el historiador, fue "realmente ejemplar", y enumeró los logros: : preocupación permanente por la educación y la salud pública, la primera campaña de vacunación antivariólica del país, la fundación de dispensarios sanitarios, la primera ley de protección de un producto argentino —el vino—, en un proyecto que envió al Congreso de Tucumán, y medidas sobre los niños, las mujeres y el sistema carcelario.
De ese capítulo salió el episodio que más impresión causó en la sala. En 1814, San Martín prohibió por decreto el castigo corporal en las escuelas de Cuyo. El Cabildo de Mendoza contestó que, sin castigo, la insolencia de los chicos sería incontrolable. San Martín respondió con ironía cervantina: concedió a los maestros, "a lo sumo", doce azotes en la palma de la mano y con el guante puesto. A los maestros que violaran la norma les prometió durísimos castigos, "pero no aclaró dónde iban a ser castigados", apuntó Pigna, y el auditorio se rió.
Otro eje fue la censura. El Quijote estuvo terminantemente prohibido en América por la Inquisición, y Pigna citó un documento de la Audiencia de Charcas —con jurisdicción sobre el actual territorio argentino— en el que los censores explican el silogismo: las novelas de caballería fomentan excesivamente la imaginación, y "la imaginación excitada lleva naturalmente a la rebelión". San Martín fue un opositor frontal de esa maquinaria.
San Martín fundó las bibliotecas de Mendoza, de Santiago y de Lima, en buena medida con su propio patrimonio y sus propios libros. "Los días de inauguración de las bibliotecas son tan felices para los amantes de la libertad como tristes para los tiranos que odian la educación popular", escribió entonces. En Mendoza fundó además el colegio secundario y participó activamente en la redacción de los programas de estudio, con literatura y filosofía adentro.
Pigna reconstruyó también la biblioteca personal del Libertador a partir del catálogo que fue armando con donaciones y recompras: casi un 80% de ciencias sociales, filosofía, historia y política, mucha literatura y algunas sorpresas, como los libros sobre religiones orientales. En la lista de los imprescindibles, los que siempre volvía a comprar, aparecen el Diccionario filosófico de Voltaire, el Contrato social de Rousseau, las Vidas paralelas de Plutarco. Y siempre, el Quijote.
Y llegó la imagen que ordenó el cierre. Si el Quijote tuvo sus molinos de viento convertidos en gigantes, San Martín tuvo los suyos. "Una persona absolutamente temeraria, que no le temía a nada", dijo Pigna, y que sin embargo confesó a su amigo Tomás Guido que había algo que le quitaba el sueño: los Andes. Contra esos gigantes se preparó sabiendo que "el hombre solo no puede con nada": el cruce fue una empresa colectiva del pueblo de Mendoza, San Juan y San Luis, con planificación, picardía y un ejército de las sombras —la guerra de zapa— que llegó a movilizar unos 600 espías, muchos de ellos mujeres.
El historiador recordó que San Martín salió del gobierno sin nada. Su exilio fue pobre: seis años entre Bruselas y Londres, sin recibir el dinero que por decreto le correspondía, porque en su país gobernaban sus enemigos.
Pigna rearcó que al final, los dos, San Martín y el Quijote, terminan soñando con lo mismo, ser labriegos. De esos años, trajo a la memoria, es la carta en la que O'Higgins le hace una pregunta difícil de contestar para cualquiera: ¿es usted feliz? San Martín, que se tomaba esas cosas en serio, se preguntó primero si la felicidad puede ser individual en un mundo tan injusto. Y después no esquivó: diré que sí, que soy feliz, que tengo a mis nietas, que tengo a mi hija. "Pero me falta algo muy querido: mi querida Mendoza. Me falta ese lugar para ser feliz".
Informe: Mariano Godoy, periodista de MDZ Radio






