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¿Está perdiendo la escuela su autoridad pedagógica?

Nos hemos acostumbrado a la silla vacía en el aula y a la ausencia de nuestros alumnos en la escuela, restándole valor al rol fundamental de los docentes.

Podemos, entre todos, devolverle a la escuela su lugar central como pilar inquebrantable de la formación humana y la construcción de un futuro más prometedor.

Podemos, entre todos, devolverle a la escuela su lugar central como pilar inquebrantable de la formación humana y la construcción de un futuro más prometedor.

Archivo MDZ

En un momento en que parece observarse un debilitamiento de la autoridad en las instituciones educativas –evidenciado, por ejemplo, en la creciente normalización del hábito de faltar a la escuela, avalado por las propias familias y presente en todas las clases sociales–, se hace imperante una reflexión sobre la autoridad pedagógica, de los docentes y la necesidad de reconstruirla.

La escuela, más allá de ser un espacio de transmisión de conocimientos, es un pilar fundamental en la formación integral de nuestros niños y jóvenes. Sin embargo, ¿qué sucede cuando ese pilar parece tambalear? ¿Acaso estamos presenciando un silencioso, pero profundo debilitamiento de la autoridad en el corazón mismo de nuestras instituciones educativas? Es hora de enfrentar una realidad que nos interpela a todos: la escuela parece estar librando una batalla por recuperar su autoridad pedagógica, más allá del valor que tenga la contención y otras funciones sociales que hoy cumple. Este no es un mero desafío académico; es una crisis que afecta el cimiento de nuestra sociedad.

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La escuela, más allá de ser un espacio de transmisión de conocimientos, es un pilar fundamental en la formación integral.

La escuela, más allá de ser un espacio de transmisión de conocimientos, es un pilar fundamental en la formación integral.

Debemos recordar que no hay aprendizaje sin continuidad pedagógica

Es decir, sin presencia constante en las aulas y demás espacios de aprendizaje. Por otro lado, debemos recordar lo que significa el verdadero aprendizaje y desde donde parte la autoridad docente y de la escuela como institución social.

Hace algunos años, una frase que escuché en un curso me impacto profundamente: “El vínculo es el motor del aprendizaje”. Esta afirmación, tan sencilla como profunda, cobró un sentido aún más vibrante al observar, hace apenas unos días, el impacto transformador de un campamento con alumnos de 7º grado. En una actividad de introspección, fue conmovedor ver cómo los chicos, sin dudarlo, mencionaban a sus maestros como personas importantes en su propia pirámide de valores. ¡Esa es la verdadera esencia de la autoridad pedagógica! Es la capacidad de forjar conexiones significativas que trascienden el currículo y el horario escolar.

La emoción se hizo palpable en el agradecimiento de una mamá que nos escribió: "Solo quería tomarme un momento para agradecerles profundamente la experiencia que vivió (mi hijo) en el campamento, volvió feliz. Sabemos que detrás de eso hay mucho trabajo, paciencia, cuidado y, por, sobre todo, vocación de todos los docentes que compartieron estos días junto a ellos. Gracias por acompañar a nuestros hijos con tanto compromiso y amor". Este testimonio no es un caso aislado; es la prueba irrefutable del impacto de una docencia comprometida y que logra establecer un vínculo genuino.

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Hace algunos años, una frase que escuché en un curso me impacto profundamente: “el vínculo es el motor del aprendizaje”.

Hace algunos años, una frase que escuché en un curso me impacto profundamente: “el vínculo es el motor del aprendizaje”.

La autoridad verdadera no emana de la imposición, ni de un mero cargo

Nace de la capacidad de crear y fundar. Recuerdo una conversación con un anciano que atesoraba dos lecciones de vida de su maestro: "En la vida hay que creer y crear". Este mentor, un maestro laico y no creyente, le infundió la fe en sí mismo sin arrogancia, la chispa inagotable de la creatividad y la audacia de perseguir sueños. En el fondo, le enseñó a soñar despierto y a construir su propio camino.

Quizás ya lo sepan los lectores, pero el origen de la palabra “autoridad” es revelador. Procede del latín auctoritas, que a su vez deriva de auctor, un término que significa "creador", "fundador" o "autor". El sufijo "-dad" en español denota cualidad o estado. Así, "autoridad" hacía referencia originalmente a la facultad, poder o derecho de una persona para crear, fundar o ejercer influencia. Con el tiempo, su significado se amplió para incluir el poder o la dignidad para mandar o gobernar. Sin embargo, propongo que nos detengamos en esos dos significados primigenios, tan relevantes para la educación: creador o fundador. Quien tiene autoridad es, intrínsecamente, un creador; es alguien que crea algo esencial en el otro. En el ámbito educativo, esto se traduce en la formación de aprendizajes fundantes, esos cimientos sólidos sobre los que se construye todo conocimiento y desarrollo futuro. Los aprendizajes fundantes no son solo en el área de la matemáticas y lengua sino en todos los ámbitos de la vida.

La relación entre autoridad y vida es profunda

En la Biblia, la palabra auctoritas está ligada a la vida misma; quien tiene autoridad es quien da vida. Dios, siendo el autor de la vida, es definido no solo por su ser, sino por un ser que es obrar, que es acción creadora. De manera análoga, la docencia, en su más noble expresión de autoridad pedagógica, "hace que las cosas sean". Participamos, de cierta forma, de ese quehacer trascendente. En última instancia, la autoridad verdadera se puede resumir en dos acciones fundamentales: orientar a las personas y despertar la vida.

El docente orienta a sus alumnos y despierta la vida en ellos

Reconstruyendo la autoridad pedagógica: los pilares del Papa Francisco. Pero, ¿cómo podemos materializar esta reconstrucción? ¿Cómo devolver a la escuela su capacidad de ser esa fuerza orientadora y vitalizante? El Papa Francisco, con su sabiduría y visión, nos ha legado valiosos principios educativos que sirven como una hoja de ruta clara para este desafío:

  • "Conócete a ti mismo": este principio fundamental ha sido, a lo largo de la historia, una brújula esencial para la educación. Es la base para que cada individuo descubra su potencial y sus limitaciones. Para guiar a otros, primero debemos comprendernos a nosotros mismos.
  • "Conoce a tu hermano": educar va más allá del intelecto; implica formar en la recepción del otro, en la empatía para acogerlo en su diversidad. La construcción de vínculos auténticos y respetuosos es el terreno fértil donde florece el aprendizaje significativo.
  • "Conoce la creación": la educación debe inculcar el cuidado de nuestra casa común. Formar ciudadanos conscientes, responsables y comprometidos con la sostenibilidad del planeta es una urgencia de nuestro tiempo.
  • "Conoce al Trascendente": educar en el gran misterio de la vida significa abrir horizontes, invitar a la reflexión sobre el sentido más profundo de la existencia humana, más allá de lo puramente material.

(Papa Francisco, Discurso en el Encuentro de Religiones y la Educación, 5 de octubre de 2021).

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Quien tiene autoridad es, intrínsecamente, un creador; es alguien que crea algo esencial en el otro.

Quien tiene autoridad es, intrínsecamente, un creador; es alguien que crea algo esencial en el otro.

Estos principios no son meras teorías; son la base para una educación que forme la mente, el corazón y las manos: un triple lenguaje que integra el saber (la cognición), el sentir (la emoción y los valores) y el hacer (la acción y la creatividad).

Reconstruir la autoridad pedagógica de la escuela es un desafío colectivo

Que nos convoca a todos los actores involucrados: educadores con su incansable vocación, padres comprometidos con la formación de sus hijos, alumnos que son el centro de nuestro quehacer, y la sociedad en su conjunto. Implica un reconocimiento profundo del valor incalculable de la labor docente, un fomento del respeto mutuo como pilar de toda relación educativa, y la comprensión de que la verdadera autoridad nace del compromiso, la vocación y la capacidad de crear y despertar vida en cada estudiante.

¿Estamos dispuestos a asumir este compromiso? ¿Podemos, entre todos, devolverle a la escuela su lugar central como pilar inquebrantable de la formación humana y la construcción de un futuro más prometedor? La respuesta está en nuestras manos.

* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.