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El Stedelijk de Amsterdam, un museo para introducirnos en el arte moderno

Una visita al museo de arte moderno de Ámsterdam, donde Kirchner, Malevich, Mondrian, Léger, Severini, Pollock y de Kooning permiten recorrer algunas de las grandes revoluciones pictóricas del siglo XX.

Willem de Kooning, “Dos figuras en un paisaje”, 1967

Willem de Kooning, “Dos figuras en un paisaje”, 1967

Gentileza.

Hay museos que se visitan para ver obras maestras. Y hay otros que, además, permiten entender por qué esas obras cambiaron la historia del arte. El Stedelijk Museum de Ámsterdam pertenece a esta segunda categoría.

Después de haber recorrido estos días el Rijksmuseum y el Van Gogh Museum, la visita al Stedelijk propone un cambio de clima. Aquí no se trata de Rembrandt, Vermeer o Van Gogh, aunque inevitablemente sus sombras sobrevuelen la ciudad. El protagonista es el arte que decidió romper con ellos: la pintura que abandonó la representación, que deformó la figura, que convirtió el cuadro en una superficie autónoma y que, finalmente, llegó a preguntarse si todavía era necesario pintar. El Stedelijk es, en ese sentido, mucho más que un museo de arte moderno. Es una suerte de hoja de ruta de la modernidad.

Del expresionismo a la abstracción

La institución nació a fines del siglo XIX y fue convirtiéndose, especialmente durante el siglo XX, en una de las grandes colecciones internacionales de arte moderno y contemporáneo. Hoy reúne alrededor de 100.000 obras y su colección abarca pintura, escultura, fotografía, diseño, gráfica, instalaciones, video y otros medios. Imposible reseñar semejante acervo en una nota, pero imprescindible recoger el impacto que la visita produce. Uno de los recorridos posibles comienza con el expresionismo alemán.

Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938), representa una de las primeras grandes rupturas. En sus figuras, el cuerpo deja de ser una estructura anatómica que el artista debe reproducir correctamente. Kirchner todavía pinta personas. Pero ya no intenta reproducirlas tal como las ve.

Ernest Kirchner, “Bailarina”, 1911

Ernest Kirchner, “Bailarina”, 1911

Unos años más tarde, Kazimir Malevich (179-1935) llevará esa emancipación hasta un punto casi inimaginable. En el Stedelijk, Malevich ocupa un lugar excepcional, es difícil encontrar en un museo occidental tanta obra del maestro de la vanguardia rusa.

 Kazimir Malevich, “Instrumentos musicales”, 1913

Kazimir Malevich, “Instrumentos musicales”, 1913

Malevich no quería perfeccionar la representación del mundo. Quería abandonarla. El paso hacia el suprematismo significó entender la pintura como una realidad independiente: cuadrados, círculos, cruces, planos de color que ya no tenían que representar nada exterior al cuadrado. Y entonces aparece Piet Mondrian (1872-1944). Para un visitante argentino, acostumbrado a encontrar a Mondrian reproducido hasta en objetos de diseño, puede existir el riesgo de olvidar hasta qué punto aquellas líneas negras y rectángulos rojos, amarillos y azules fueron originalmente revolucionarios.

Porque Mondrian no llegó a la abstracción de un salto. Llegó después de haber recorrido el paisaje, los árboles, las fachadas, el mundo visible. Su pintura fue eliminando progresivamente aquello que consideraba accesorio hasta quedarse con una estructura esencial. En ese sentido, Mondrian y Malevich son dos caminos diferentes hacia una misma pregunta: ¿qué queda de la pintura cuando deja de representar? Malevich responde con la autonomía radical de la forma. Mondrian, con el equilibrio.

Piet Mondrian, “Composición n’4, con rojo,azul y amarillo”

Piet Mondrian, “Composición n’4, con rojo,azul y amarillo”

Léger y Severini: la ciudad, la máquina y la velocidad. Nuestro breve recorrido continúa hacia París y el mundo de las vanguardias. Fernand Léger (1881-1955) llevó a la pintura la fascinación por la máquina, la arquitectura y la nueva ciudad industrial. Sus formas cilíndricas, sus cuerpos convertidos casi en mecanismos y su particular manera de construir el espacio muestran que el cubismo podía salir del análisis intelectual de la realidad y convertirse en una celebración de la modernidad.

Fernand Leger, “Los tres camaradas”, 1920

Fernand Leger, “Los tres camaradas”, 1920

Gino Severini, (1883-1966) por su parte, representa otra de las grandes experiencias de la vanguardia italiana: el futurismo.

Gino Severini, “El tren de los heridos”, 1915

Gino Severini, “El tren de los heridos”, 1915

La ciudad, las máquinas y la velocidad llegan al lienzo

En el Tren de los heridos, de 1915 resulta particularmente interesante porque permite recordar que el futurismo no fue solamente una exaltación abstracta de la velocidad (como en la obra que posee el Museo Nacional de Bellas Artes) , también estuvo atravesado por la experiencia traumática de la Primera Guerra Mundial. Severini había llegado a París desde Italia. Como tantos artistas de aquellos años, la capital francesa era el lugar donde las distintas vanguardias se encontraban, competían y se contaminaban mutuamente.

América da el presente

La aparición de Jackson Pollock (1912-1956)introduce una ruptura distinta. Ya no se trata solamente de cambiar las formas representadas o de abandonar la figuración. El propio acto de pintar se convierte en protagonista. Aquí el pintor ya no parece estar delante del cuadro como alguien que lo contempla y lo ejecuta. Se mueve alrededor de él. La pintura cae, salpica, se derrama. El gesto deja una huella. La tela deja de ser una ventana hacia otra realidad y se convierte en el escenario de una acción.

Jackson Pollock, “The water bull”, 1946

Jackson Pollock, “The water bull”, 1946

Pollock y De Kooning: pintar se convirtió en una acción

De Kooning: volver a la figura después de haberla destruido. Willem de Kooning (1904-1997) introduce una paradoja fascinante. Después de la abstracción, la figura vuelve. Pero ya no puede volver como antes. En De Kooning, que es uno de los grandes nombres del expresionismo abstracto norteamericano, la figura humana aparece y desaparece entre pinceladas, manchas, materia y color. Es una mujer, pero también es pintura. Es reconocible y simultáneamente se desintegra.

Willem de Kooning, “Dos figuras en un paisaje”, 1967

Willem de Kooning, “Dos figuras en un paisaje”, 1967

En Ámsterdam, una ciudad asociada inevitablemente con Rembrandt, Vermeer y Van Gogh (y la historia del Zuavo, que contamos la semana pasada) el Stedelijk completa el panorama de una ciudad fascinante.

* Carlos María Pinasco es consultor de arte.

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