El por qué de la historia
En el día del historiador, una revalorización de esa disciplina fundamental para saber quiénes somos.
En estos últimos años pareciera que estamos empeñados en que la memoria sea esa impostora que entra de noche en una casa apestada. Se ha convertido en peligrosa. Da miedo. Hasta se la defenestra. ¿Entonces? Los recalcitrantes y obcecados dirán: ¡Entonces, mejor no recordar! O recordemos solamente lo que nos conviene.
El poder (no solo los gobiernos) vetan siempre el pasado cuando no les conviene. Ahí deberá aparecer la Historia. Esa es su misión. Derribar esos muros para mostrar lo que siempre estuvo ahí. Porque recordar el pasado será siempre una actitud ciudadana, responsable y política. Pero pareciera que lo único necesario e importante es lo urgente. ¿Dónde quedó el texto y la palabra de aquellos que defienden a Clio, la musa griega de la historia? Deambula como si fuera un huérfano. Camina solo. Ese texto está solo. Como una maestra que se ha quedado sin alumnos.
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En pos de escribir una nota en conmemoración al día del historiador, recuerdo un escrito de Luis A. Romero: “Sólo la historia puede curar los males de la memoria. Los historiadores tienen el desafío de analizar el pasado que duele y separarlo de las querellas presentes. La Argentina padece por una enfermedad de memoria. Hay un pasado que duele, cuyos efectos proyectados al presente, se hacen más sensibles con el tiempo. Esta memoria traumática, que hoy está a flor de piel, agudiza otros conflictos y nos impide pensar para adelante, en momentos en que más necesidad tenemos de tomar decisiones y formular proyectos. La solución pasará a la larga por la política. Pero el saber histórico puede ayudar a sanar los males de la memoria. No se trata simplemente de iluminar la memoria con la verdad. Los buenos historiadores, aunque buscan la verdad con rigor, saben que sus resultados serán siempre parciales, provisionales y controvertidos”.
Lamentablemente hemos subestimado el rol de la Historia, generando una historia al servicio de parcialidades fanatizadas y dueñas de un tendencioso monopolio sobre lo que es la verdad: obvio, la verdad es y será “su verdad” militante. Esgrimida siempre, aunque “trucha”, flojita de papeles y exageradamente sectaria, con el único objetivo de obtener un triunfo inmediato. “¡Aquí, ahora, ya!” Lo demás no importa mucho. Y en esa coronación exclusiva del presente, recurrimos a composiciones dicotómicas que lejos de alumbrar verdades, aunque siempre sujetas a revisiones, como en la misma ciencia, y distante de cualquier debate que cancela, olvidamos una premisa (aunque parezca de Perogrullo), que se nos escapa: para alcanzar el futuro con el presente no alcanza, pues el desafío sigue siendo el poder pensar un mundo más amplio desde el nuestro y desde nuestro vigente tiempo.
Porque una cosa es hacer historia desde el presente y otra cosa muy distinta, es solo anclarse en un presente que exclusivamente buscará imponer un relato partidocrático (que mirará atrás solamente produciendo recorte parciales y hechos a su antojo y conveniencia) donde la intolerancia y la cancelación del otro será el único móvil que sustentará los argumentos propios. Vicio intolerante que vale tanto para unos de un costado partidario e ideológico, como para los del otro lado.
Así pues, como seguirá sosteniendo Romero: “La discusión por el pasado se salió de madre y las pasiones bloquean los debates racionales. Aquí es donde la historia -la de los historiadores serios- puede hacer su aporte. Su papel no es el del juez. No consiste en establecer ‘la verdad’ o la culpabilidad, sino en ampliar la perspectiva de las miradas y atemperar el maniqueísmo”. (Luis A. Romero. EN: La Nación. Buenos Aires. 13 de julio de 2017).
El Deán Funes
Corrían tiempos bravos. Mayo de 1810 había azuzado un fuego latente, y en medio de esos días surgirá la figura de un cura. Era el cordobés Gregorio Funes (1749 – 1829).
Estudio en el histórico Colegio de Monserrat de la docta. Ingresó al convento para consagrarse cura. Se recibió de abogado en la Universidad de Córdoba (de la cual luego será Rector en 1807). Completó sus estudios en España.
Desde el vamos, no más, se metió en problemas. Se peleó con el Obispo y con el Rector de la Universidad porque no compartía los motivos y el criterio de cómo se habían repartido las tierras de los jesuitas en Córdoba tras su expulsión de América. Para sacárselo de encima, el Obispo lo mandó castigado a la parroquia rural de Punilla. Gregorio Funes no le hará caso, y es ahí donde emprenderá con su rebeldía a cuesta, el viaje a España para doctorarse en derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares (1779). De allá volverá un “ilustrado” empezando a divulgar las ideas de la independencia.
Hará carrera en el campo religioso y también en el ámbito educativo, consagrándose rector de la universidad cordobesa y director del Monserrat. Estimulará la educación gratuita, propondrá una reforma pedagógica incorporando nuevas asignaturas y hasta donará 10.000 pesos para sostener el sueldo de profesores. Dichos aires reformistas, paralelamente le ocasionarán una fuerte disputa con el Gobernador cordobés (por ese entonces) Don Rafael de Sobremonte, a la postre virrey en Buenos Aires.
Partirá a Buenos Aires donde formará parte del círculo de Castelli, Belgrano, Rodríguez Peña, French, entre otros. Se convertirá en periodista y difusor de las nuevas ideas emancipadoras.
Una vez instalada la Primera Junta de Gobierno en Buenos Aires llevará la notica a Córdoba sobre la constitución del primer gobierno patrio y enfrentará a los opositores, como Liniers.
Integrará la Junta Grande y participará activamente para concentrar el poder en menos manos, dando paso al Primer Triunvirato. En paralelo, los triunviros nombrarán un Junta Conservadora que presidirá, precisamente, el Deán Funes con la tarea de controlar el gobierno y hacer las veces de poder legislativo. Pero nuevamente su temperamento llevará a enfrentarse con Bernardino Rivadavia (secretario del primer triunvirato) costándole la cárcel y la disolución de la Junta Conservadora. Puesto en libertad regresará a Córdoba para concentrarse en la escritura de historias y sus vivencias como testigo protagónico de los sucesos trascendentes del momento.
El 1 de julio de 1812
En 2002, el Congreso Nacional sancionará la Ley 25.666 estableciendo el 1 de Julio como “Día del Historiador”. Dicha fecha recuerda la decisión del Primer Triunvirato, aquel 1 de julio de 1812, “sobre la necesidad de recrear la historia filosófica de nuestra feliz revolución, para perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de los hijos de la América del Sud, y a la época gloriosa de nuestra independencia civil”. (textual del Decreto del Triunvirato - 1/7/1812). En un primer momento la tarea recayó en el Fray Julián Perdriel, quien no pudo asumir la responsabilidad. Inmediatamente fue encargada la tarea de recopilación al Deán Gregorio Funes, quien comenzó la misión de historiar el revolucionado pasado patrio, porque ya, desde aquellos tiempos fundacionales, muchos tuvieron muy claro lo que sabiamente, luego pregonará Félix Luna: “Todo es Historia”, y aunque parezca subjetivo, hasta infantil para algunos, éste es el tiempo de los historiadores, porque la historia es la ciencia del cambio y de la explicación de los cambios.



