ver más

El fútbol, entre la pasión y la razón

Racionalizar pasiones puede ser un buen negocio, quizá insalubre de a ratos, pero muy bueno sin dudas.


Terminó viendo los partidos del mundial con auriculares, solo para evitar que los vecinos le gritaran los goles antes de que ocurrieran en su propia pantalla. Y lo peor no era que le gritaran los goles, sino el hecho de que no le gritaran los no goles. Porque si su equipo tenía un penal a favor, o una jugada en la cual el delantero quedaba solo ante el arquero rival y sus vecinos no habían gritado, ya sabía que no iba a ser gol, aumentando sus angustias, si es que eso hubiera sido de algún modo necesario. Así fue como acabó con los auriculares puestos y los Redondos al palo para poder disfrutar de los partidos o sufrirlos, según el caso.

Como una ventaja adicional no deseada (pero sí gozada) se libraba de esos comentaristas que iban fijando posturas tanto a favor y en contra del equipo propio, como para poder decir “te lo dije” sin importar cual fuera el resultado final. Se evitaba también miles y miles de estadísticas inútiles, en la que se incluían hasta resultados de más de cincuenta años atrás, como si fuera realmente a influir en el desarrollo de los noventa minutos actuales los goles que hizo la selección en la época de la tele en blanco y negro.

Messi de rodillas en el centro del campo de juego, con los puños apretados, gritando al mismísimo infierno que sí, que les ganamos a los piratas.

Cuando tenés razón, tenés razón

Quienes racionalizaban al fútbol, lo ponían de muy mal humor, por decirlo delicadamente. Porque está bien el raciocinio para la vida cotidiana, que eso es lo que nos diferencia del resto de los animales, pero la verdad es que algunas cuotas de pasión desenfrenada (siempre dentro de lo que marca la ley) no dejan de ser necesarias para ponerle sabor a la cosa; y un partido de la selección, en pleno mundial, es básicamente eso. Racionalizar es creer que es igual jugar contra los ingleses que contra otro equipo, que está buena la pausa de hidratación para vender publicidad o que es inocuo hacer propagandas a favor de las apuestas online; que no pasa nada si el entretiempo dura algunos minutos más por el bien del show, o si las entradas suben a precios exorbitantes por el juego de las famosas oferta y demanda: todo legal, todo muy racional y muy ordenadito, todo encaminado a hacernos olvidar lo que es el fútbol para muchas de las personas que vivimos del lado sur del planeta.

Pasión de multitudes

La pasión era parte de su cábala en cada partido, a pesar de que no era su modus operandi habitual de lunes a viernes, sobre todo en horario de oficina. Creía que a los ingleses había que derrotarlos por Malvinas, aunque aquella guerra hubiera sido fruto de un gobierno genocida, que mandó al muere en ese conflicto a cientos de jóvenes inocentes, después de los miles que ya se habían cargado en años anteriores. Tenía un altísimo convencimiento de la importancia fundamental de Maradona puteando a cámara mientras los italianos nos chiflaban el himno en el mundial del noventa, y de Messi ahora, de rodillas en el centro del campo de juego, con los puños apretados, gritando al mismísimo infierno (si es que es cierto que está en el centro de la Tierra) que sí, que les ganamos a los piratas y le dimos una gran alegría a tantas antiguas colonias que disfrutaron como propios los goles argentinos desde distintos extremos del tercer mundo, allí en donde esos países quedaron por obra y gracia de los abusos del otrora omnipotente imperio británico.

Racionalizar es creer que está buena la pausa de hidratación para vender publicidad.

Para la final, se puso los auriculares, y clavó una vez más el volumen al mango. Tan fuerte que quizá por eso no escuchó a los vecinos gritar ningún gol. O quizá no fue esa la causa, no le quedó del todo claro. Lo que sí es un hecho irrefutable es que no le alcanzaron los noventa minutos iniciales, ni los treinta adicionales, para escuchar el grito del triunfo. Y así culminó el domingo: sin terminar de entender que quien queda en segundo lugar en el mundial, en un planeta que tiene más selecciones de fútbol que países es, más que razonablemente, un flor de triunfo.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez