Presenta:

El desafío de la inmigración en sociedades polarizadas: cómo convivir sin perder la identidad

Alejandro Mellincovsky analiza en Tu ley es mi ley los desafíos de la inmigración, la convivencia y el respeto por una ley común.

alejandro mellincovsky portada

Alejandro Mellincovsky es periodista, experto en medios y comunicación, consultor de ONG y organismos gubernamentales en cuestiones de seguridad y autor de Tu ley es mi ley, un libro en el que aborda la inmigración, la integración y la convivencia a partir del vínculo entre las sociedades receptoras y quienes llegan a ellas en un mundo tan polarizado.

En diálogo con MDZ, Mellincovsky explica que la idea del libro nació hace 15 años, a partir de un concepto que aprendió en la escuela primaria: dina de-maljuta dina, expresión en arameo que significa “la ley del reino es la ley”.

Desde ese punto de partida, analiza la integración de distintas comunidades, las responsabilidades tanto de los inmigrantes como de las sociedades receptoras, el rol de los Estados y las instituciones, y los desafíos que plantean los movimientos migratorios en contextos de creciente polarización.

“La ley del reino es la ley”: el origen de Tu ley es mi ley

—Quiero arrancar preguntándote por tu libro y, sobre todo, qué te llevó a escribir un libro sobre inmigración, convivencia, justicia y democracia en un momento en que las sociedades están tan polarizadas.

—La verdad es que lo empecé a escribir hace 15 años. En la primaria me tocó aprender sobre un concepto que se llamaba, en arameo, dina de-maljuta dina, que quiere decir “la ley del reino es la ley”, en una época en la que no existían los Estados nación y por eso se hablaba de reinos.

¿Qué pasó? El pueblo judío tuvo tres exilios. Los primeros dos: uno, cuando bajó a Egipto por propia voluntad, después lo esclavizaron y no lo dejaron volver, pero se iba para volver a la tierra donde quería estar. ¿Por qué? Porque es un pueblo que, por su razón de ser, no es antagónico, no es proselitista. Quiere estar en la tierra donde iba a tener descendencia, iba a ser un pueblo, que se llamó Canaán, se llamó Sion, es la tierra de Israel y, en términos coloquiales, que no jodieran a nadie y que nadie los joda; que estén ahí.

Después tuvo otro exilio, en el siglo VI antes de la Era Común, cuando los babilónicos los sacaron. Se fueron y, cuando pudieron, pudieron volver. Cuando los romanos destruyeron la tierra de Judea y hubo otro intento de una contrarrevolución, les fue bien durante pocos años. Los romanos mandaron trece legiones y dijeron: “Bueno, esto viene para largo rato, van a estar en el exilio”.

Y en el Talmud, que es la canonización de la Torá oral, junto con la Torá escrita y la Mishná, que es un libro de preguntas, respuestas y debates, se plantea: “¿Qué pasa ahora?”. Entonces dicen: “La ley del reino es la ley”, que es el principio de integración del pueblo judío a todas las sociedades.

¿Qué quiere decir? Que hay que respetar la ley del país donde uno vive, de la sociedad donde vive. Empezó por una cuestión impositiva y siguió hacia todos los aspectos de la vida. Y tiene que hacerlo, y así lo hace, y así lo demostró la historia, tanto en sociedades o comunidades que fueron más cerradas hacia afuera de la sociedad —respetaron todo y se integraron— como en sociedades que se integraron plenamente a partir del Iluminismo con las sociedades donde vivían.

Empezó muy fuerte en Alemania, siguió en Francia, con la cultura francesa, y continuó expandiéndose a muchas sociedades donde así fue. Hace 15 años tuve la idea y decidí profundizar.

Entonces después vi que otras culturas, otros pueblos... Antes de decir lo que voy a decir, quiero diferenciar entre lo individual y lo colectivo. Una persona es una persona y a una persona se la juzga, para bien o para mal, por sus propias acciones. No tiene que ver con a qué pueblo pertenece, con su religión ni con lo que hicieron sus antepasados. Nadie tiene la culpa ni hereda tampoco lo bueno del otro. Uno va por sus acciones.

Ahora, lo que me llevó a hacer esto es que, estudiando profundamente el islam, vi que divide el mundo en dos y que están los fundamentos en el Corán: Dar al-Islam y Dar al-Harb. Dar al-Islam es todo el mundo que está bajo dominio del islam y Dar al-Harb es todo el mundo que todavía no, que hay que liberar. Es la antítesis de dina de-maljuta dina.

Me puse a estudiar esto en serio, y el enfoque es sobre lo positivo, no sobre lo negativo del otro, sino sobre lo positivo y sobre lo que les permitió a las sociedades nutrirse mucho del pueblo judío, y al pueblo judío nutrirse de las sociedades e integrarse sin perder su razón de ser, pero siendo ciudadanos plenos como cualquier otro.

Integración: responsabilidades de quienes reciben y de quienes llegan

—¿Y cómo se logra esta integración teniendo en cuenta todos los choques y las tensiones que hay? Por ejemplo, si vamos al caso de Ceuta, con los migrantes que vinieron de Marruecos. No para centrarnos en lo negativo, sino para intentar ir primero por lo positivo. ¿Cómo se puede llegar a una convivencia bajo esta ley común cuando quizás hay personas o grupos que son tan distintos?

—Muy buena pregunta. Primero vamos a ver si se logra. Ahora, el tango se baila de a dos. Acá hay un tercer actor en algunos casos, pero vamos a empezar por los dos.

Primero está la sociedad receptiva, el país receptivo, que en este caso podría ser España. Por un lado están las leyes y, por el otro, la viabilidad del cumplimiento de una ley. También está el hecho de que, cuando hay una ley, después hay que ver cómo se reglamenta, qué es lo que se quiere hacer, cuáles son las declaraciones públicas y qué es lo que pasa por debajo de la mesa.

Una España que sale contra el colonialismo, pero tiene dos enclaves coloniales en África. Una España que tiene un discurso a favor de la inmigración, pero a la hora de la verdad reprime a los inmigrantes. Eso es lo que pasa de verdad.

Y también está el otro lado, el de los que emigran de Marruecos, porque antes de llegar a España tienen que emigrar de la sociedad donde están. Más allá de que pueda haber oleadas organizadas, el que se va, se va porque no la está pasando bien donde está, porque quiere más libertades, quiere poder mantener a la familia, quiere hacer algo.

De vuelta: no podemos juzgar a un individuo por un antepasado colectivo, pero a veces muchos individuos tienen un comportamiento colectivo y tienen que tener una predisposición a la integración también.

O sea, si yo voy a tu casa, por lo general me decís dónde me puedo sentar, me ofrecés algo para comer, pero no voy y te digo: “Mirá, yo quiero tomar esto que me gusta a mí. ¿No tenés? Andá a comprarlo al supermercado. Estos adornos que vos tenés no me gustan, te los cambio de lugar”.

Uno tiene que ser un buen anfitrión, pero también tiene que ser un huésped responsable en el lugar donde está. No puedo venir y desordenarte todo. La idea es no dejar de ser uno, pero tampoco imponer. O sea, es aceptar el lugar adonde uno llega, pero no imponer.

Cuando la integración se vuelve una “bola de nieve”

—¿Y qué pasa cuando la sociedad receptora impone?

—Pasa lo que podemos ver, si nos corremos un poquito, en Francia o en Inglaterra, donde hay muchas leyes que no se pueden cumplir o que, si se pueden cumplir, no existe la voluntad política de hacerlas cumplir. Es como una bola de nieve.

Si vos tenés una bola de nieve que va bajando y la ves acá, chiquitita, la podés frenar fácilmente. Si la bola de nieve sigue bajando, sigue bajando y sigue bajando, no la podés frenar poniéndole la mano. Lo más probable es que te aplaste.

Y eso también funciona de esta manera. La idea es justamente dejar que el otro sea el otro, pero que no te imponga. Y a veces, si eso no se trata a tiempo, porque la idea no es dejarlos afuera sino poder integrarlos, después se complica.

¿Por qué? Porque, desde el punto de vista de la ciudadanía, todos esos inmigrantes son franceses. Y son franceses y, por más que uno diga lo que diga, son franceses que votan.

Y los políticos que quieren llegar a ser presidentes quieren captar los votos de todos. Y de ellos también. Y son franceses que se reproducen, son ingleses que se reproducen, son españoles que se reproducen, son belgas que se reproducen —en Bélgica está bastante fuerte el tema— y, piensen lo que piensen, a la hora de una campaña electoral van a querer captar los votos de todos, porque cada voto es uno y terminan sumando.

Entonces están en una disyuntiva. Porque la idea no es expulsar a un colectivo. La idea es que se puedan integrar sin perder su razón de ser, que aporten, porque todos tienen mucho para aportar, pero que no impongan y no cambien la forma de vivir. O sea, que no les agreguen restricciones a países donde tenían libertades.

Gaza, los refugiados y el rol de las agencias internacionales

—¿Y cómo funcionaría todo esto que estamos hablando, ya corriéndonos de Europa y mirando a Medio Oriente? Sobre todo en el conflicto de la Franja de Gaza. Mirando hacia el futuro, ¿cómo funcionaría esa convivencia o esa integración? ¿Existiría la posibilidad?

—La pregunta es la integración entre quién y quién.

—Bueno, también.

—A ver. Primero vamos a hablar de... Hablamos del tango de a dos y acá hay un trío. Hay un tercer actor. ¿Por qué? El actor son las agencias de refugiados.

Las agencias de refugiados lo que tendrían que hacer es solucionarle la vida a las personas que fueron, voluntariamente o a la fuerza, desplazadas por razones bélicas, ambientales, económicas o por las razones que sean. Lo que tienen que hacer es que se normalice su vida. Y la ONU tiene dos agencias.

La primera agencia —esto no está en el libro, lo digo ahora aparte; todo lo demás está en el libro y no lo voy a contar todo para que lo puedan leer— es ACNUR, que vale para absolutamente todos. Para todos, todos, todos menos uno.

¿Qué significa? Vale para los cristianos, los católicos, los judíos, los musulmanes, los libaneses, los sirios, los argentinos, los norteamericanos, cualquiera; los africanos que puedan ser desplazados.

¿Y cuál es la meta? Que el refugiado deje de ser refugiado. Que haya una sociedad que lo albergue, que lo respete y que lo cobije.

Ahora, hay otra agencia, que es la UNRWA, que tiene un solo grupo étnico-nacional bajo su tutela, que son los palestinos. ¿Por qué esa agencia es distinta de las demás? Por la razón de esa diferencia.

Cuando ACNUR quiere que el refugiado pase a tener una vida normal, que deje de ser refugiado, acá se quiere perpetuar la condición de refugiado porque es ad aeternum. ¿Qué significa? Si alguien fue refugiado, el hijo es refugiado, el nieto es refugiado, el bisnieto es refugiado y lo son todas las generaciones. Primero está la intencionalidad política: que no se acabe nunca el problema palestino y no solucionarlo.

No solucionarlo hace que no se integren en las sociedades. En el Líbano hay campos de refugiados palestinos, por ejemplo. Gaza también.

Pero el movimiento terrorista palestino no deja integrar; no solo no deja integrar, reprime a la población palestina. Cuando, por definición, una agencia de refugiados, a diferencia de lo que sucede en todo el mundo, hace que se perpetúe la condición de refugiado, no lo está solucionando. Lo que está haciendo justamente es perpetuar esa condición.

Lo que tiene que hacer es que, adonde estén, los países los alberguen y ellos terminen con esa condición. ¿Con eso se acaba el conflicto en Medio Oriente? No. Pero eso es gran parte, porque tiene que dejar de ser una cuestión política para pasar a ser una cuestión humanitaria.

Instituciones, credibilidad y el desafío de hacer cumplir la ley

—Y teniendo en cuenta esto que estamos hablando de “la ley del reino es la ley”, vamos ahora al rol de las instituciones. Por un lado están los partidos políticos, que no son lo mismo que las instituciones y que buscan votos, buscan que los voten; y, por otro lado, están las instituciones. ¿Cómo se puede manejar un panorama en el que cada vez más personas descreen de las instituciones y eso pasa a ser un problema incluso mayor? Parece que la bola de nieve sigue avanzando.

—A ver, la credibilidad es como la virginidad: se pierde una vez y es para toda la vida. Entonces, lo que hay que hacer es ser creíble. Ser creíble es poder legislar leyes que se puedan cumplir.

Y, si se pueden cumplir, tener las agallas para hacerlas cumplir. Y hacerlas cumplir, no patearlas para adelante, en el momento en el que es menos doloroso. No se trata de restringir una migración; se trata de que, si hay una migración latente, sea ordenada. Es ver cómo sí, no cómo no.

—Por ejemplo, en un caso...

—Por ejemplo, hay reglamentaciones. Hay tres países que son los que constitucionalmente —no los únicos— se formaron, uno en el siglo XVIII, como Estados Unidos, y los demás en el siglo XIX, como Australia y Argentina, que también se crearon para abrirse a la inmigración. Y después viene cómo lo reglamentan.

La reglamentación, en casos como Estados Unidos, es mucho más rigurosa que en Argentina. No hace a la razón de ser, hace al orden. Porque, ¿qué dice? No dice: “No vengan”. Dice: “Vengan con tales y cuales condiciones”.

Entonces, eso a veces se torna imposible para determinada gente. Pero no es imposible, es muy difícil. Son distintas condiciones que tienen que cumplir y, sin esa reglamentación, se hace un caos.

Y ese caos a veces pasa a ser incontrolable. Después se toman medidas que parecen antipáticas porque, como todo, siempre es mejor, como dicen, prevenir que curar. Cuando se normaliza de antemano, cuando hay reglas claras para todos, porque la idea no es ser obstructivo sino ver cómo sí, y cómo sí de forma ordenada para que puedan hacerlo.

“El tango se baila de a dos”: una fórmula para convivir con las diferencias

—Y teniendo en cuenta todo esto que estamos hablando, sobre todo mirando ya al final de nuestra charla, y esta idea que atraviesa todo el libro, del respeto hacia la ley común: mirando todos los frentes que hay abiertos alrededor del mundo, ¿cómo podría darse esta integración y cómo se podría llegar también a un mundo un poco menos polarizado?

—A ver, esa es la pregunta del millón de dólares.

—No la vamos a solucionar ahora, pero un acercamiento.

—Vuelvo al tema de que el tango se baila de a dos y vuelvo al foco del libro. Porque, por lo general, los focos siempre van a las leyes migratorias, siempre van a la sociedad receptiva. A veces no ven los traspasos abruptos de frontera y ven después las represiones, cuando ninguna de las dos cosas es simpática.

A veces se analizan los colectivos y no se analizan los individuos, o a veces hay individuos que pierden el foco y se comportan de forma distinta colectivamente también.

Hay que ver todo. Pero también el foco del libro es justamente verlo desde el lado de la predisposición de distintos grupos étnicos, religiosos y nacionales a poder integrarse o no. A decir: “No dejo de ser quien soy y veo cómo me puedo adaptar, aportar sin imponer y recibir de la sociedad donde estoy ahora”.

No es fácil, pero se puede. El tango se baila de a dos, como lo dijimos. Quiero citar el ejemplo de los turcos, los otomanos.

El Imperio otomano logró una fórmula muy interesante, que era el sistema millet. El sistema millet diferenció entre ciudadanía y nacionalidad. ¿Qué es ciudadanía?

Ciudadanía son los derechos y obligaciones de los ciudadanos. Todos tenemos que pagar impuestos, todos tenemos que cumplir con determinadas cosas; en algunos lugares hay que hacer el servicio militar, en otros hay que hacer otras cosas, y tengo beneficios, derechos y todo lo demás.

Ahora, en el aspecto de la nacionalidad, no religiosa sino nacional, uno podía ser ciudadano del Imperio otomano y de nacionalidad rusa, ciudadano del Imperio otomano y de nacionalidad árabe o ciudadano del Imperio otomano y de nacionalidad judía, no religiosa, sino desde el punto de vista nacional.

Eso permitía la convivencia de la nacionalidad con el aspecto ciudadano y no había ninguna contradicción. Y fue una fórmula que funcionó.

Es una fórmula que podrían experimentar todos los países: no ver al distinto, no extranjerizar al distinto, sino ver la parte positiva; sacar todo lo que sea imposición, pero ver esa fórmula de convivir las nacionalidades. O sea, ir en contra de los nacionalismos. Ser patriota, no ser nacionalista, que no es lo mismo. No dejar de lado a la persona por una ideología. La ley tiene que cuidar a las personas, no las personas trabajar para cuidar las leyes. Eso es lo que se tiene que poder cumplir.