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El agua no es un tema ambiental, es una decisión de desarrollo

El agua es uno de los factores más determinantes del desarrollo económico y social de cualquier nación.

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ALF PONCE MERCADO / MDZ

Durante décadas, el agua fue tratada como un recurso dado. Estaba ahí, fluía, se usaba. Los debates sobre su gestión quedaban reservados a técnicos, ingenieros y ambientalistas. La política miraba hacia otro lado. Ese tiempo terminó.

Desde la Convención RAMSAR llevamos más de 50 años trabajando por la conservación y el uso inteligente de los humedales en todo el mundo. Nuestra misión es clara aunque ambiciosa: proteger los ecosistemas que sostienen los recursos hídricos, que regulan el clima, que sostienen medios de vida y sustentan el desarrollo económico. No son objetivos separados. Son, en realidad, uno solo.

Hoy, el agua es uno de los factores más determinantes del desarrollo económico y social de cualquier nación. Y cuando hablamos de desarrollo, vale precisar qué entendemos por prosperidad: no es simplemente crecimiento económico. Es el bienestar de las personas, la salud de los ecosistemas y la resiliencia de las comunidades. Bajo esa definición, proteger y restaurar los humedales no es un costo, es una inversión colectiva con retornos intergeneracionales.

Argentina lo sabe. Con 24 sitios RAMSAR que van desde el Delta del Paraná hasta los humedales de alta montaña de la precordillera mendocina, el país tiene ante sí una red extraordinaria de ecosistemas que conectan naturaleza, agua y prosperidad. El agua en Argentina no es un concepto abstracto. Es un sistema vivo compartido que moldea culturas, economías y futuros.

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Mendoza, en particular, es un caso que merece atención. Una provincia que aprendió a construir civilización en el desierto, que desarrolló un sistema de irrigación centenario y que hoy enfrenta presiones crecientes sobre sus fuentes hídricas. Lo que sucede en Mendoza no es una anécdota regional: es un laboratorio de los dilemas que el país entero va a tener que resolver. Y también, una prueba de que cuando los actores correctos se sientan a construir juntos, las soluciones aparecen.

La buena noticia es que Argentina tiene esos actores: un sector público con voluntad de construir, un sector privado que empieza a entender que la gestión responsable del agua es condición de negocio y no filantropía, y una sociedad civil con décadas de experiencia articulando procesos que trascienden posiciones sectoriales.

Este año, la Conferencia Mundial del Agua reunirá a gobiernos, organismos internacionales, empresas y sociedad civil para acelerar la acción global. Su ambición es conectar el agua con las personas, el planeta y la prosperidad. Romper los compartimentos estancos, elevar el agua como motor de paz y oportunidad, y movilizar las alianzas que permitan escalar soluciones y empoderar comunidades.

Pero las conferencias globales tienen un límite. Producen declaraciones, generan compromisos, establecen marcos. Lo que no pueden hacer es reemplazar las decisiones que cada país debe tomar sobre sus propios recursos. Argentina tiene la oportunidad de llegar a diciembre no como espectador de un debate global, sino como un país que ya empezó a construir su propia hoja de ruta.

Eso requiere que la conversación empiece en algún lado.

Ese algún lado puede ser hoy. Puede ser Mendoza.

* La autora de este artículo es Secretaria General de la Convención RAMSAR sobre los Humedales