Eduardo Laens: "La inteligencia artificial ya dejó de ser tecnología"
El especialista analizó el impacto de la IA en aulas y empresas y advirtió sobre los riesgos de usarla sin criterio crítico.
Eduardo Laens, experto en Inteligencia Artificial, en Entrevistas MDZ.
Marlene Rolando / MDZ.La inteligencia artificial ya no aparece como una novedad lejana ni como una promesa de futuro. Para Eduardo Laens, empresario, divulgador y docente, su desembarco ya modificó la vida cotidiana, el trabajo, la educación y hasta la forma en que las personas se vinculan entre sí. Por eso, sostuvo, ya no alcanza con pensarla como una simple herramienta.
En Entrevistas MDZ, el especialista explicó por qué la IA atraviesa todas las dimensiones laborales y educativas, advirtió sobre los errores más comunes en su uso y planteó que el gran desafío de esta etapa no es solo aprender a usarla, sino también enseñar sus límites, sus riesgos y sus efectos colaterales.
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- ¿Cómo estamos entendiendo hoy la inteligencia artificial?
- Estamos frente a un fenómeno muy amplio y, al mismo tiempo, muy confuso. Hoy hay una enorme facilidad para etiquetar con inteligencia artificial cualquier cosa que esté dando vuelta por el mercado, y eso genera una mezcla de sentidos que no ayuda a comprender de qué estamos hablando. No es lo mismo la inteligencia artificial que uno usa en un chat para acompañar tareas cotidianas de oficina, que la inteligencia artificial que automatiza procesos empresariales o la que permite crear productos completamente nuevos. La frontera entre la investigación, la aplicación práctica y la divulgación son mundos completamente distintos. Por eso, pretender meter todo dentro de una misma bolsa y sacar una sola conclusión termina simplificando demasiado una realidad que es mucho más compleja.
- ¿La inteligencia artificial sigue siendo una tecnología o ya es otra cosa?
- Para mí, la inteligencia artificial ya dejó de ser una tecnología y pasó a convertirse en una infraestructura. La diferencia es importante: una tecnología es algo que vos elegís usar o no, una herramienta disponible. En cambio, una infraestructura es algo que ya está en todos lados, que estructura tu vida cotidiana aunque no lo decidas explícitamente. Internet es un ejemplo claro. Hoy es inimaginable atravesar la vida diaria sin internet. Bueno, la inteligencia artificial está empezando a ocupar ese mismo lugar: aparece en los algoritmos que definen cómo consumimos contenido, en la forma en que se organiza el trabajo operativo de oficina, en cómo estudiamos y en cómo se educa en escuelas y universidades. Su entrada ya es inevitable.
- ¿La IA va a dejar a mucha gente sin trabajo?
- Hay que mirar esto con bastante cuidado, porque la respuesta cambia según el tipo de empresa y según desde qué lugar se lo observe. Desde la mirada del asalariado aparece enseguida el miedo a quedarse sin trabajo. Desde la mirada del empresario, muchas veces surge la pregunta sobre si puede hacer funcionar la organización con menos gente y ganar más plata. En el mundo corporativo grande hubo y sigue habiendo una limpieza de roles duplicados o repetitivos. Eso existe. Pero no es algo que se vea con la misma intensidad en el segmento pyme, ni mucho menos en muchas empresas medianas o grandes nacionales, porque en Argentina las pymes ya suelen operar con bastante eficiencia. En ese universo, la necesidad pasa más por detectar dónde hay puntos de valor para escalar, llegar a nuevos mercados o lanzar nuevos productos. En el corto plazo no veo un escenario masivo de pérdida de empleo, aunque sí un desafío fuerte para quienes quieran insertarse en un mercado que ya no incorpora talento del mismo modo que antes.
La Inteligencia Artificial ya es una infraestructura
- ¿Cómo tiene que prepararse alguien para un mercado laboral cada vez más automatizado?
- La educación ocupa un rol central. Hoy hay que formar talento desde etapas tempranas para que los chicos y los jóvenes entiendan que el empleo en relación de dependencia no es la única alternativa posible. También pueden emprender, crear un producto nuevo, generar un servicio distinto o desarrollar una startup a partir de una idea inicial. Al mismo tiempo, hay que darles herramientas tecnológicas reales para que puedan insertarse en un mercado laboral que, aunque se mueve a otra velocidad, sigue necesitando talento, especialmente perfiles tecnológicos. La preparación no pasa solo por aprender a usar herramientas, sino por desarrollar autonomía, criterio y capacidad para adaptarse a escenarios que cambian muy rápido.
- ¿Qué papel debería asumir la educación frente al avance de estas herramientas?
- La educación tiene que tomar la posta de formar a los empleados del futuro, pero hacerlo con una mirada crítica y muy curada. Estas herramientas son extraordinarias como instrumentos de escala y potenciación, pero no pueden entregarse sin explicar también sus contraindicaciones. Es como una prescripción médica: podés usar esto, pero tenés que saber cómo, cuándo y para qué. Si no, el riesgo es que el alumno termine haciéndose trampas al solitario. Puede cumplir con una consigna, puede entregar rápido, puede incluso sacar buena nota, pero al mismo tiempo volverse dependiente de una muleta digital que después no le permita destacarse como profesional. El verdadero desafío educativo es enseñar a usarlas sin anular el pensamiento crítico, el pensamiento analítico y la creatividad.
- ¿Cómo se conversa este tema con los adolescentes?
- En mi caso es una conversación bastante natural porque en casa se habla de inteligencia artificial desde hace tiempo. Pero hay una anécdota muy clara que muestra el problema. Mi hijo vino orgulloso porque el profesor de química les había pedido un trabajo sobre la historia de la química a partir de un video de YouTube de dos horas. Él tomó el video, lo pasó por una herramienta de transcripción y después le dio ese texto a GPT para que le armara la línea de tiempo. Tardó cinco minutos y se sacó un diez. Por un lado, uno puede sentir cierto orgullo porque usó herramientas disponibles para cumplir un objetivo. Pero cuando empezás a desarmar la situación, aparecen los problemas. Lo primero que le pregunté fue si había entendido algo de la historia de la química, y la respuesta fue no. Entonces, ahí se vuelve evidente que cumplió con el entregable, pero no incorporó el contenido que se suponía debía servirle como base para su futuro.
- ¿Qué tiene que cambiar en la escuela y en la forma de evaluar?
- Tiene que cambiar bastante. Los docentes ya no pueden seguir pidiendo trabajos prácticos o monografías como si nada hubiera cambiado, porque hoy la forma en que los chicos acceden a la información y construyen documentos es completamente distinta. Eso ya no puede ser el centro del proceso educativo. Hay que volver a un método más socrático, más vinculado con la conversación, el debate, la evaluación oral y el contenido trabajado dentro del aula. Ese ida y vuelta permite ver si el alumno entendió, razonó, relacionó ideas y puede defender una posición. En cambio, el esquema de darles la espalda, escribir en el pizarrón, mandar a estudiar solos y después tomar multiple choice ya no puede sostenerse como método evaluativo en el tiempo. La escuela tiene que adaptarse a una realidad en la que el acceso a la información cambió por completo.
Los adolescentes deben discernir entre el esfuerzo y la IA
- ¿Cuál es hoy el mayor riesgo en la relación entre personas e inteligencia artificial?
- Uno de los riesgos más importantes es la dependencia emocional y cognitiva respecto de los algoritmos. Ya estamos viendo personas que se vinculan emocionalmente con avatares digitales, que conversan con un chat sobre sus inseguridades o que reemplazan espacios de diálogo humano por una interfaz diseñada para ser condescendiente. El problema es que esos modelos no tienen empatía real, aunque estén programados para parecer cercanos. Te validan, te dan la razón, te devuelven una imagen agradable de vos mismo. Y eso puede ser muy seductor. Por eso yo insisto en algo: no hay que delegar en estos modelos la toma de decisiones, ni el pensamiento crítico, ni el analítico, ni la creatividad. Es muy simple hacerlo, pero te pueden alejar de la fricción social, del intercambio verdadero con otros, y llevarte a una trampa de aislamiento que a largo plazo puede ser muy perjudicial.