Coincidencia: el misterio cotidiano que convierte al azar en una celebración
Más allá de la casualidad, las coincidencias despiertan emociones, alimentan vínculos y nos recuerdan que encontrarnos nunca debería darse por sentado.
Yo no dejo de pensar, cuando estoy frente a quienes admiro: podríamos no habernos encontrado.
Archivo.Suelo protestar contra las coincidencias estúpidas y nada más ilustrativo que citar la película Un novio para mi mujer, donde el personaje de la Tana Ferro inmortalizaba ese momento en que Gachi, Pachi y otros de la fiesta eran sagitarianos.
Pero hay algo que, más allá de la escena que me ha hecho reír como pocas en el cine, queda afuera: subestima la efímera alegría de la coincidencia, un placer menor, inexplicable, una chispa que nos atraviesa por milésimas de segundo. O, a veces, por mucho más tiempo. Las épocas definen con diferentes frases el modo de coincidir. Cada generación guarda alguna en su memoria. La mía recuerda la fórmula «Alcoyana-Alcoyana» de Carámbula y me atrevo a decir que suenan Los Enanitos Verdes anticipando el cruce como deseo: «Yo presiento que nos vamos a encontrar».
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Las coincidencias siempre tienen una música de fondo o un sonido feliz característico: desde el match en cualquier aplicación hasta el aviso propio de DiDi cuando, ante tu pedido de un auto, un conductor dice que puede ir a buscarte. Aunque alejada de cualquier posición mística, sé que lo más interesante de la vida es aquello que no podemos explicar. Ese misterio, ese eros, eso indescifrable. Como una coincidencia. Como el amor. Como las buenas amistades. Julian Barnes, eximio novelista, decía que el amor es el punto de encuentro entre la verdad y la magia. Me cierra. Me conmueve. La idea de que dos planos casi antagónicos se superponen.
Ver coincidencias es no dar por supuestas algunas cosas
Es mirar de un modo amplio y arrullarse con la canción: «Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio. Y coincidir». Ver coincidencias no refiere al universo: trata de nosotros y de dónde ponemos la atención, tan tironeada en estos tiempos. Quizá haya una compleja maquinaria que ignoramos, como decía Borges y, a veces, buscamos qué costura invisible puede revelar algo. Lo cierto es que vivir es descifrar. Nunca el mundo viene tal como parece y difícilmente lo comprendamos del todo. Cada quien creerá en sus propias causas y en sus propios azares y recorrerá sus caminos creyendo entender algunos significados ocultos porque las coincidencias no siempre son meros datos, sino que tienen profundos sentidos.
Suelo inclinarme por explicaciones psicoanalíticas, pero, aun así, esa también es una sábana corta. A veces uso los cálculos como consuelo, pero algo en mí, frente a ciertos hechos, se resiste a creer solo en las probabilidades, aunque las exprese como empíricas frente a la magia. Mientras escribo se me aparece la mejor película que vi en mi vida: Amores perros, que, entre otras magníficas ideas, expresa majestuosamente la posibilidad latente de estar a centímetros de alguien y no cruzártelo.
Yo no dejo de pensar, cuando estoy frente a quienes admiro: podríamos no habernos encontrado. Y, en mi interior, una especie de fiesta celebra a lo grande la precisión de esa suerte y no da por sentado que dos personas coincidan en el mismo tiempo, en el mismo espacio y hayan podido verse.
* Delia Sisro escritora y docente.


