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Cinco hábitos simples para cuidar el cerebro cada día

Lo que ayuda a pensar mejor, recordar mejor y sentirse mejor no exige grandes cambios. Exige constancia.

Vale la pena recordar que la salud cerebral no depende de una única decisión extraordinaria, sino de una suma de hábitos que repetimos con el tiempo.

Vale la pena recordar que la salud cerebral no depende de una única decisión extraordinaria, sino de una suma de hábitos que repetimos con el tiempo.

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Cuidar el cerebro suele asociarse con tratamientos complejos, dietas específicas o recomendaciones reservadas para quienes ya tienen algún problema de salud. Sin embargo, una parte importante de su cuidado cotidiano ocurre mucho antes y en escenarios bastante más simples: al dormir, al caminar, al aprender, al conversar y también al decidir cuándo es necesario detenerse.

En el marco del Día Mundial del Cerebro, que se conmemora cada 22 de julio, vale la pena recordar que la salud cerebral no depende de una única decisión extraordinaria, sino de una suma de hábitos que repetimos con el tiempo.

El primero es dormir lo suficiente

El sueño no es un lujo ni una recompensa para el fin de semana: es una necesidad biológica. Mientras dormimos, el cerebro consolida aprendizajes, procesa información y participa en procesos de recuperación fundamentales para su funcionamiento. Cuando la falta de sueño se vuelve habitual, suelen aparecer dificultades para concentrarse, cambios en el estado de ánimo y problemas para recordar. Dormir bien no significa solamente pasar más horas en la cama. También implica respetar, en la medida de lo posible, horarios regulares y crear condiciones que permitan un descanso de calidad.

Mientras dormimos, el cerebro consolida aprendizajes y procesa información.

Mientras dormimos, el cerebro consolida aprendizajes y procesa información.

El segundo hábito es moverse

No hace falta entrenar para una competencia ni convertirse en una persona deportista. Caminar, subir escaleras, andar en bicicleta o realizar alguna actividad física de manera regular puede beneficiar tanto al cuerpo como al cerebro. La actividad física favorece la circulación, contribuye a la salud cardiovascular y se relaciona con un mejor funcionamiento cognitivo. La idea de que el cuerpo y la mente funcionan por separado resulta cada vez menos sostenible: lo que hacemos con uno tiene consecuencias sobre el otro.

El tercer hábito consiste en seguir aprendiendo

Aprender un idioma, cocinar una receta nueva, tocar un instrumento, leer sobre un tema desconocido o enfrentarse a una actividad que exige resolver problemas son formas de mantener al cerebro en movimiento. No se trata de acumular conocimientos ni de convertir cada momento libre en una oportunidad de productividad. Se trata de conservar la curiosidad y permitirnos salir, de vez en cuando, de aquello que ya sabemos hacer. La novedad y el desafío favorecen la creación y el fortalecimiento de conexiones neuronales.

El cuarto hábito es sostener los vínculos

Conversar con un amigo, compartir tiempo con la familia, participar de una comunidad o formar parte de un grupo no son actividades secundarias para la salud. Las relaciones sociales tienen una profunda influencia sobre el bienestar emocional y también sobre el funcionamiento cerebral. El aislamiento sostenido puede afectar la salud de manera significativa, mientras que los vínculos ofrecen estímulo, apoyo, conversación y sentido de pertenencia. No se trata de estar permanentemente rodeados de personas. Se trata de contar con relaciones significativas.

El quinto hábito es aprender a gestionar el estrés

Y aquí hay una diferencia importante: cuidar el cerebro no significa eliminar toda tensión de la vida. El estrés forma parte de la experiencia humana y, en determinadas circunstancias, puede ayudarnos a responder ante un desafío. El problema aparece cuando la activación se vuelve permanente, cuando no existen momentos de recuperación y el organismo permanece durante demasiado tiempo en estado de alerta.

Por eso, cuidar el cerebro también puede significar hacer una pausa, poner un límite, pedir ayuda, resolver una conversación pendiente o dejar de aceptar como normal un nivel de exigencia que se volvió insostenible. El descanso y la recuperación no son una interrupción de la vida productiva. Son parte de las condiciones que permiten sostenerla. Ninguno de estos hábitos constituye una fórmula mágica ni garantiza por sí solo una vida libre de enfermedades. La salud cerebral depende de múltiples factores, incluidos los genéticos, ambientales y médicos. Pero dormir bien, moverse, aprender, vincularse y gestionar el estrés son conductas cotidianas que pueden contribuir a proteger el bienestar y el funcionamiento del cerebro a lo largo del tiempo.

Tal vez la principal dificultad no esté en saber qué deberíamos hacer, sino en comprender que el cuidado no tiene que empezar con una transformación radical. A veces comienza con una decisión mucho más modesta: acostarse un poco antes, caminar unos minutos, aprender algo que siempre despertó curiosidad, llamar a alguien querido o reconocer que ya es momento de bajar el ritmo.

Cuidar el cerebro, después de todo, no es una tarea reservada para el futuro. Es una forma concreta de cuidarnos hoy.

* Verónica Dobronich es especialista en inteligencia emocional y neurociencias aplicadas al liderazgo y al mundo del trabajo, speaker internacional y docente universitaria.