2026: el año del 90 aniversario de la Vendimia
Este 2026, Mendoza vivirá noventa años de Vendimia. La máxima fiesta de los mendocinos, que se comenzó a celebrar en 1936, se acerca al centenario.
El Acto Central de la Fiesta de la Vendimia.
Marcos García / MDZEn cada Vendimia, Mendoza vuelve a mirarse a sí misma en el espejo de su historia. Ya pasaron 90 vendimias desde aquel 1936, comienzo de la celebración oficial que aún perdura, aunque el tiempo nos remontará a siglos de pasado si quisiéramos rescatar un comienzo desde cuando una parra cuyana llenó la primera copa con un vino hecho por primera vez en Mendoza.
En 2026 Mendoza vivirá noventa años de Vendimia. Noventa años en los que la uva, fincas, vinos y bodegas han sido un testigo protagónico del sudor de manos, de fe inquebrantable y de la alegría que brota en la copa que brinda en cada hogar de Mendoza y en entre los miles de consumidores que valoran en el mundo las bondades de los caldos mendocinos. Porque la Vendimia de Mendoza no es solamente una fiesta; es un latido profundo. El corazón que une pasado y presente; la tradición y el futuro. Es un racimo de hileras y surcos de los pueblos de Mendoza, que tomó tanta altura, que sobrevolando fronteras llegó a las mesas del mundo.
90 años del latido emocional de Mendoza
La Vendimia de Mendoza no es solo una fiesta. Reitero. Es un acto profundamente emocional; una experiencia que nació desde la memoria y sigue reivindicando un alto sentido de pertenencia.
Porque la Vendimia mendocina se siente antes de celebrarse. Se siente en el amor por la tierra, en el cuidado silencioso de la vid durante todo el año, en las mujeres y hombres que podan en invierno y esperan en primavera. Ese amor es apego: el mismo que une al viñatero con su finca, a la familia con su historia y a un pueblo con su identidad.
En una oportunidad escribí que la Vendimia tiene dos facetas que conviven retroalimentándose y reinventándose ante cada ciclo cultural vitivinícola enmarcado en un año de labores.
Son la “Vendimia cruel” y la “Vendimia sagrada”. Caminan juntas. No es una u otra, y aunque se mirarán de reojo, ocupan siempre los mismos escenarios. Tienen perfiles claramente distintivos, pero no son dos, es una sola, porque es una la historia.
La Vendimia cruel es la del año entero de trabajo duro y tiene color de estaciones. Se nutrirá de humores. Esta entrenada porque proviene de generaciones. Se empachará de mitos y hasta alumbrará las mismas tradiciones. Ahí están los hombres y mujeres, “contra vientos y mareas”, enfrentando un combate que siempre resultará desproporcionado. Sus ciclos son impostergables.
La Vendimia cruel se muñirá históricamente con herramientas basadas en prácticas sustentadas por la experiencia o rudimentarios medios empíricos. “Con los ojos del buen cubero”. Pecando de voluntarismos. Con la fe puesta, en vaya a saber cuál ritual. Con la invocación mítica a través de un santo protector. Con consejos centenarios trasladados por el tiempo, llenos de “cruces de sal”, “cuchillos enterrados en la tierra para cortar la tormenta”, cintas verdes o estampitas clavadas en las cepas. Con puñados de cenizas esparcidos en las cunetas. Rociando “agua bendita”. Golpeando tarros. Haciendo humo con yuyos y prometiendo hasta lo que no se tiene.
A veces salía bien. Pero otras tantas, el rito fracasaba rotundamente, y entonces la vida en las fincas cambiaba los roles de la casa. Era un nieto quien corría a consolar al abuelo que lloraba abrazado a un espaldero porque la tormenta le había llevado todo.
Canción triste. Cruel. La que tiene siglos. El hombre desamparado, sin saber qué hacer, y con la penosa certeza que no será la última vez. Vendimia cruel donde la emoción nos mantiene en alerta ante las heladas tardias, el granizo, la sequía y las pestes. Desafío que también empujará a proteger, a resistir, a no abandonar. Por eso además cada cosecha siempre será una apuesta emocional donde cada año se pone en juego el trabajo, el sustento y la dignidad.
"Póngale por las hileras"
Desde sus orígenes institucionales en 1936, la Fiesta Nacional de la Vendimia creció desde la cosecha humilde en un parral hasta convertirse en un fenómeno cultural que mira el mundo, pero late primero en cada finca; en cada surco de viñedos que dibuja el alma mendocina. Se celebra la uva que dará el vino nuevo, pero también el trabajo arduo, la paciencia y el cariño de generaciones que pasan la antorcha de padres a hijos. Ahí aparecerá la “Vendimia sagrada”.
Desde hace 90 celebraciones, y por algunos días de marzo la Provincia de Mendoza será epicentro de miradas, fotos, comentarios, “roscas”, obnubilados turistas, pero también de melones que vuelan, caballos que relinchan en plena calle San Martín, familias que se juntan, cerros que se llenan, columnas que se manifiestan, bailarines que se rompen el alma para ofrecer su malambo y “chinas” ataviadas con faldones resaltando el valor y talento de la mujer mendocina. Pañuelos blancos saludarán a la virgen; habrá palcos glamorosos o picnics en el parque; espumantes premiados o caseras mistelas; finos canapé o queso, membrillo y mortadela. Siempre será vendimia. Eso es también parte de la construcción cultural de la celebración. No la del año; si la de un día.
Distinta, pero irrefutablemente inseparables: “Cruel y Sagrada”. Aplaudiendo a San Martín, al huarpe, al criollo, al turista, al extranjero. A duendes mitológicos o los cuyanos “tinguiriricas” de Draghi Lucero. Es “Fiesta” de Serrat; en el fondo es la Fiesta de la Vendimia: “Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha. / Juntos los encuentra el Sol / a la sombra de un farol/empapados en alcohol / (vitoreando) una muchacha”.
A 90 años de aquella primera fiesta programada por el gobernador Guillermo Cano, consagrando a Delia Larrive Escudero, Mendoza no celebra solo una cosecha. Celebra algo más profundo: la capacidad de transformar el esfuerzo y el temor a las inclemencias en amor compartido. Festeja la posibilidad de convertir el trabajo de todo un año en identidad, y de reunirse, una vez más, para decir que valió la pena. Porque la Vendimia no solo se ve: también se siente en lo más profundo del corazón mendocino.
Y todo ese sentir profundo (sagrado) encontrará su culminación en el Teatro Griego Frank Romero Day, cuando la noche mendocina se encienda y la Vendimia se vuelva un relato colectivo. Y así, sobre uno de los escenarios más grandes del mundo, la parra, la uva y el vino se transformarán en danza, música y luz. El esfuerzo de todo un año tomará forma y se ofrecerá al pueblo de Mendoza y millones de turistas como celebración compartida.
La cara de la mujer mendocina
La coronación de la Reina Nacional de la Vendimia no es solamente un acto simbólico: es la representación de miles de historias anónimas, de las manos que cuidaron la cosecha, de las familias que esperaron con temor y esperanza. En su corona se reflejan los sueños de prosperidad, el trabajo silencioso y el orgullo de ser mendocinos.
Cuando la Reina alza la mirada, Mendoza entera se reconoce. Y en ese instante, bajo el cielo abierto del Romero Day, enclavado en medio de la montaña, la Vendimia deja de ser solo una fiesta para convertirse en un abrazo emocional y afectivo que une pasado, presente y futuro, celebrando la vida, la tierra y el encuentro eterno de un pueblo con su identidad.
En ese gesto compartido, Mendoza se reconoce como comunidad, se agradece a sí misma y renueva una promesa: la Vendimia, en la “tierra de corajudos” como sostenía San Martín, sigue siendo sagrada.




