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Día de Trabajador: el origen de algunos dichos populares

Desde dónde provendrá ese arraigado comentario sobre que el trabajo es salud. Y qué diferencia habrá en trabajar como un negro, como un burro o como un enano.

¿Qué nos quieren decir cuando alguien nos manda a “laburar” al puerto? ¿Trabajar de marido de maestra será bueno o malo? ¿Hacer un trabajo ciclópeo es meritorio? En fin; trataremos de aclarar algunas de estas expresiones que están tan arraigas en nuestra cultura popular. Mucho más en el día del laburante. Precisamente en la conmemoración de ese trabajador que históricamente buscó un curro sano para ganarse un mango (rompiéndose el alma) y poder parar la olla familiar. Porque como nos enseñaron de purrete: el trabajo dignifica.

Ya lo decía el gaucho Martín Fierro: “Debe trabajar el hombre para ganarse su pan / pues la miseria en su afán / de perseguir de mil modos / llama en la puerta de todos y entra en la del haragán”.  Sí señor.  “¡No quiero vagos en esta casa!”; gritaban con autoridad las madres, muy lejos de esa concepción agorera que sostiene que en este país solo trabajan los giles.

En el fondo bucear en el imaginario social para entender qué implican esas expresiones o determinar desde dónde provenían esos dichos, nunca fue un trabajo esclavizante. Por el contrario, esta faena a uno lo pone “chocho”. Tampoco es que con este oficio seamos el Sherlock Holmes de las frases, ni que hayamos descubierto el agujero del mate, pero bueno, es lo que hay que hacer. Entonces, manos a la obra. A trabajar se ha dicho.

El trabajo es salud

La frase habría pertenecido a Bernardino Ramazzini, oriundo de Carpi (Módena), nacido el 4 de octubre de 1633. Médico. Es considerado el fundador de la medicina del trabajo. Sus estudios sobre enfermedades profesionales y las maneras para promover medidas de protección para los trabajadores alentó el inicio de la seguridad industrial y de las leyes de accidentes de trabajo. Estudió en la Universidad de Parma. Primero egresó de la carrera de filosofía y luego de medicina. Fue profesor universitario en Módena. En 1700 escribió: “De Morbis Artificum Diatriba” (“Discurso sobre las enfermedades de los artesanos”). Fue el primer estudio de las enfermedades relacionadas con los distintos oficios. Se le conoció como el padre de la medicina ocupacional y de la higiene industrial. Su formación en filosofía hizo, paralelamente, que pudiera conjugar los cuidados preventivos de los trabajadores con la dicha que ofrecía la tranquilidad de tener una ocupación. “Den gracias que tienen trabajo”, repetía. Murió en Padua el 5 de noviembre de 1714. A los 81 años. Una enormidad vivir esos años para la Europa de ese tiempo.

¡Andá a laburar al puerto!

“El coso” quiso pasarse de pícaro. La jugó de cajetilla. Canchero, el chabón. Se hizo el piola, pero no le salió. Lo agarraron en su ardid. Como que se quería “colar” y fue descubierto. “Pero vos, ¿sos o te haces? Rajá de acá: anda a laburar al puerto”. Cuestionamiento severo para los pretendidos vivarachos que procuran sacar una ventaja con una canchereada.  

Lo cierto fue que desde finales del siglo XIX hasta 1910, aproximadamente, la llegada de inmigrantes a Argentina multiplicó por más de cuatro la población nacional. El Censo Nacional de 1869 arrojó una población de 1.877.490 habitantes. El CN de 1895: 3.954.911. El CN de 1914: 7.885.237. Y en Buenos Aires ese incrementó proporcional se notó mucho más. Por lo cual la demanda laboral tomó ribetes dramáticos.

Benito Quinquela Martín "Elevadores a pleno sol".

El puerto de Buenos Aires siempre fue una alternativa. Ahí siempre había “una changa” por hacer. Ahora; las condiciones labores, el rigor y la intensidad física que requería cada oficio portuario, la elevada carga horaria de las jornadas, el maltrato, la ausencia de derechos, las bajas remuneraciones, el abuso ante el trabajo infantil, hicieron que el laburo del puerto fuera durísimo. Siempre era tomado como uno de los últimos recursos a los cuales los recién llegados acudían. Por lo expuesto, trabajar en el puerto se convirtió en todo un concepto. “¡Andá a laburar al puerto!”.

Actualmente es una sentencia peyorativa, modo de insulto o “chicana” que cuestiona “al trucho” que buscará obtener un beneficio sin esfuerzo, haciéndose “el sota” o estafando.  

Trabajar como un negro

La expresión también podría ser: “es un trabajo de negro”. Referenciado a un trabajo duro. Muy demandante. Esforzado; de gran esfuerzo, mucho más que lo habitual.

Para interpretar la frase deberíamos remontarnos a la época de la esclavitud.  Sobre todo, a los tiempos de la colonización europea a África y América sobre finales del siglo XV, cuando los nativos eran capturados y ocupados como sirvientes esclavizados y no tenían ningún tipo de derechos, siendo considerados prácticamente como animales. Así fue como ingleses, portugueses, españoles, holandeses, franceses, durante siglos empezaron una triangulación desde sus imperios originarios hasta las costas africanas, donde llenaban sus “barcos negreros” y los depositaban en sus colonias americanas para que fueran esclavos de “los amos” europeos. Trabajando en las minas, en las haciendas, en los ejércitos, en los palacios, en las plantaciones, solo por la comida, de sol a sol, engrillados en sus tobillos y viviendo hacinados. Maltratados, las mujeres violadas, sus hijos vendidos. Eso era el trabajo de negros.

El surgimiento de las ideas emancipatorias americanas, en las primeras décadas del siglo XIX paliará alguno de esos pesares, concederá algunos derechos, pero no los librará (tristemente) de tener que luchar siempre contra el prejuicio y la marginación, siendo su trabajo el injusto sinónimo peyorativo de algo “bruto” e inferior.

Trapiche azucarero accionado por esclavos.

Se lo relacionará además con el trabajo de un animal. “Trabaja como un burro”; en relación al asno que puede caminar horas y horas, por los cerros de mucha altura, casi sin consumir agua y llevando una carga superior a 100 kilos.  Un ejemplo: algunas de las mulas del Ejército Libertador que cruzaron Los Andes llevaban dos bordalesas de vino de 50 litros a cada uno de sus costados.

Otra expresión popular: ¡Hacen un trabajo de enano! También vinculada con el trabajo intenso, aunque la frase conlleva muchísimo de mito. Generalmente los enanos en la historia fueron considerados personas con ventajas sociales y estuvieron frecuentemente relacionadas con los magos, el humor, las veladas circenses o teatrales y las orgias. Ocuparon cierto lugar de privilegio. Sus familias solían venderlos a los señores de la aristocracia, pasando así a formar parte de las cortes imperiales como bufones o hasta participantes de los banquetes que terminaban inundados en alcohol y orgias palaciegas que duraban días.

El mito podría haber nacido con el cuento infantil de “Blancanieves y los Siete Enanitos”, de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, publicado en 1812. En esa historia, los enanitos trabajan diaria y denodadamente en una mina.

Hacer un trabajo ciclópeo

Los cíclopes fueron personajes mitológicos en Grecia. Eran gigantes, malhumorados y con un solo ojo en la frente.  Aparecían protagonizando escenas legendarias en las grandes peleas entre los dioses y los héroes griegos. Tenían una función específica: armaban las espadas, lanzas y escudos para las guerras. Ellos, exclusivamente forjaban los rayos que Zeus, el supremo dios del Olimpo, utilizaba en sus batallas. Eso implicaba una enorme responsabilidad. Requería dedicación extrema. Trabajaban día y noche. Probablemente, de ahí su pésimo humor. La tarea no podía tener una sola falla. Estaban bajo una presión absoluta. Trabajaban, nada más, ni nada menos, que para el jefe.

Trabajar de marido de maestra

Burlonamente asociado al vago atorrante que especulaba con el sueldo a fin de mes de su esposa o compañera que desempeñaba tareas docentes. Obviamente, se ocupaba dicha expresión en son de chanza o burla. El caballero no tenía una tarea fija o estable (o era un flojo) y conjeturaba sobrevivir todo el mes con el salario docente de ella.

Podríamos decir que ésta expresión pasó absolutamente de moda. La vigente: “tener más hambre que maestro de escuela” eclipsó aquella frase popular desde hace ya muchísimos años. Los motivos de la pérdida de actualidad del dicho (“trabajar de marido de maestra”) son evidentes. Salta a la luz. No hay plata y te pagan muy poco.

Aunque siempre será la docencia uno de los trabajos más gratificantes. ¡Que después de muchos años, todavía puedas movilizarte sin custodia, te sientes tranquilo en un café, camines con la frente alta y que alguien cada tanto te diga cariñosamente: chau profe; eso no se paga con nada! En el fondo, aunque “a los palos con el águila” (o a veces “seco como lengua e’ loro”), no dejará nunca de ser una buena señal de que hemos honrado honestamente el trabajo. Aunque hayamos trabajado como un burro, como un preso, como negros, como ciclópeos, como animales o como un enano de Blancanieves.