En primera persona

Malvinas: el significado de la muerte y el recuerdo de un heroico rescate

Esteban Tries y Manuel Villegas relataron a MDZ cómo fue aquella madrugada del 13 de junio, cuando lograron escapar juntos de los ingleses.

Victoria Urruspuru
Victoria Urruspuru martes, 2 de abril de 2024 · 16:14 hs
Malvinas: el significado de la muerte y el recuerdo de un heroico rescate
Esteban Tries, el Sargento Manuel Villegas y Fernando Santurio, en Malvinas. Foto: Gentileza Esteban Tries

El frío y el hambre decoraban aquel escenario asechado por la muerte. Los bombardeos se escuchaban, el plomo se olfateaba y el miedo se sentía. La Guerra de Malvinas es el relato de quienes la vivieron en carne propia, aquellos que perdieron la fe y la recuperaron. Esto ocurrió con el Sargento Manuel Villegas, quien gracias al coraje del soldado Esteban Tries hoy puede contar su historia.

Tenía tan sólo 23 años cuando tomó el mando como sargento de la Compañía A. El recuerdo de su esposa y su pequeña hija le daban fuerzas en cada tramo, pero nada de esto podía cambiar el hecho de que el ejército argentino no tenía el armamento, la experiencia ni mucho menos la vestimenta de los ingleses. 

La Guerra de Malvinas marcó la historia de los argentinos.

"No pensaba que íbamos a poder pasar el invierno, no estábamos suficientemente equipados. Mi fantasía era que no iba a haber tal guerra, que se iba a negociar todo. Me equivoqué", relató Tries en diálogo con MDZ. Ambos coincidieron en que la derrota era casi inevitable, pero cuando llegó, dejó un enorme vacío. Era la injusticia de quienes intentaron ver flamear incansable la bandera argentina en las islas, y los que quedaron descansando en esas tierras. 

Tries, que en aquel entonces tenía 20 años, había terminado el servicio militar obligatorio con el grado de dragoneante y debió regresar al uniforme a los pocos meses. Su madre aún relata que cuando salía a la calle, todos acudían a ella para preguntarle por su hijo y cómo avanzaba la guerra; respondía con la cabeza en alto, pero al volver a su casa regaba su jardín con cada lágrima. "Hoy, con 91 años, garantizo que sus plantas están gigantes y tienen una fortaleza bárbara", añadió el excombatiente con una sonrisa enorme en su rostro. 

La dura pelea contra los ingleses antes del final de la guerra

Mientras se asomaba la madrugada del 13 de junio, Villegas se encontraba con su equipo a las afueras de Puerto Argentino. Los hicieron trasladarse hacia aquel sector ya que por allí se acercaban los ingleses, y fue por este motivo que se ubicaron en el Monte Tumbledown. Pero los planes se frustran a veces, y nada de lo que habían previsto en el día sucedió esa noche.

"Habíamos preparado posiciones defensivas trabajando arduamente y lo más rápidamente posible, sabiendo que esa noche o al día siguiente llegaba el ataque inglés, y que seguramente íbamos a recibir fuego de artillería", recordó el veterano, y añadió: "pero, a última hora nos mandan a llamar a los jefes de sector, y nos dan la orden de realizar el ataque en el cerro de enfrente, para lo que teníamos que cruzar todo el valle de Moody Brook; al frente a la izquierda estaba Monte Longdon y a la derecha estaba el Monte Wireless Ridge".

Puerto Argentino: las alturas que lo rodean y
fueron utilizadas como puntos de defensa. Foto: Alejandro Signorelli

Contaban con un equipamiento ligero para desplazarse lo más cómodamente posible: una frazada, sus armas y todas las municiones posibles. Cualquier carga que pudiese llegar a entorpecer la marcha quedó atrás, por lo que las cajas de municiones de los fusiles FAL fueron abandonadas y llenaron con esas balas todas las medias futboleras que pudieron, y las cargaron como bandoleras. 

"Iniciamos una marcha en un terreno totalmente desconocido. El espectáculo era dantesco. Cuesta imaginar lo que era esa noche. Era el ataque final de los ingleses sobre Puerto Argentino y su defensa con todo lo que había. El armamento aéreo hacía tiros directos hacia el terreno. Era impresionante. Se escuchaban ruidos extraños para nuestros oídos, con misiles que traían los ingleses y que nunca habíamos escuchado, con diferentes motores. Las bengalas que lanzaron estaban permanentemente iluminando el camino. Ver cómo se cruzaban las municiones en el aire y las explosiones en ese cerro fue impresionante", continuó relatando Villegas, quien no olvida ni un detalle de aquella madrugada que marcó su vida.

Puerto Argentino.

Habían tenido que cruzar el arroyo Moody Brook en medio de la oscuridad. Empapados hasta el pecho, fueron rodeados por un frío insoportable. Ya en los pies de la elevación Wireless Ridge, se prepararon para la acción. Sabían que su momento había llegado; estaban muy cansados, mojados y rodeados de: explosiones, estas bengalas y gritos en otro idioma.

El jefe debe ubicarse, según el reglamento, donde mejor controle a su grupo y, por lo tanto, no está obligado nunca a ir adelante. Pero en ese momento el sargento pensó en que el más capacitado era él. Decidió encabezar el paso entonces, sin saber que también le estaba mostrando a sus soldados lo que era el liderazgo. Sintió un orgullo enorme al voltear y ver que ninguno se había escapado. Lo siguieron firmes. 

Guerra de Malvinas: mirá el relato de Manuel Villegas

Lo ignoraban, pero estaban dando las últimas maniobras del ejército argentino en esta histórica guerra. Cuando se aproximaban a Wireless Ridge, vieron una formación rocosa muy grande; el sargento ordenó cambiar la formación en cadena a lo ancho por en columnas y avanzar hacia la izquierda, y es ahí donde se pone a la cabeza del grupo.

"Una vez que terminé de pasar esas rocas grandes, sabía que tenía que volver a encontrarme con mi gente para no quedarme separado. Agarré una especie de callejoncito de rocas, llegué a un lugar donde había un claro y pensé ‘qué lugar para una emboscada’. A todo esto, todo estallaba alrededor. Fue ahí cuando escuché al cabo Farías que gritó desde la distancia que necesitaba ayuda porque tenía a los ingleses", narró Villegas.

Inmediatamente le dio aviso a Tries, quien estaba justo detrás de él, para que pase la voz avisando que iban a salir. Acto seguido, corrió hacia el pie de una roca, sitio que pensó que sería ideal para esconderse. Sin embargo, de ahí salieron dos trazantes (balas) y, a pesar de sus intentos por esquivarlas, un golpe en seco en el hueso de su cadera lo hizo ir directo al suelo. Todo parecía comenzar a desmoronarse mientras este conflicto llegaba a su fin.

"Pegame un tiro y andate"

"Caigo hacia adelante y empecé a renegar contra Dios, porque yo decía: ‘Dios mío, si me tengo que quedar acá, lo acepto, pero primero dejame combatir, dejame matar a algún inglés porque vos sabés que nuestra causa es justa'. Reniego contra Dios y le ordeno a Tries que tire hacia la piedra. Él, cuando apunta, me dice: ‘Córrase que usted está en el medio y le puedo pegar’. Yo, honestamente, creí que me moría en ese momento", añadió.

Tries insistió en que debía correrse unos metros para poder apuntarle al enemigo sin lastimarlo. El líder del grupo, que no paraba de sangrar, no podía moverse. Decidió entonces intentar disparar él, pero al poner su mano en el fusil recibió un segundo disparo en la muñeca "que fue psicológicamente muy fuerte". "Es como si me hubieran pegado un chirlo en la mano, un 'estate quieto que ya terminaste'", analizó el veterano.

"¡Mi sargento, lo voy a buscar!”, le avisó Tries, quien bajo ninguna circunstancia lo iba a dejar sólo allí tirado y se negaba a verlo morir. Pero Manuel no estaba dispuesto a arriesgar sus vidas: "Yo le dije que no (a Tries), que se quede ahí porque ellos estaban ahí mismo y lo iban a matar. Pero de repente veo dos sombras que bajan caminando. Uno era el soldado Tries y otro José Luis Cerezuela".

Esteban Tries, José Luis “Lupin” Cerezuela, y el Sargento
Manuel Villegas varios años luego de Malvinas.
Foto: Esteban Tries

No tenían curitas ni gazas, sólo esperanzas (muy pocas). El hospital más cercano estaba a 8 kilómetros. Esteban le puso nieve en la boca al sargento para que bebiera algo, y el líder del grupo comenzó a hablar de su familia: su madre, su mujer, sus hermanas; al recordar a Silvana, su hija de entonces 3 años, las lágrimas y la angustia brotaron de sólo pensar que no la volvería a ver.

Mientras lloraba, sentía cómo la herida en su panza se volvía una sensación inaguantable. "Pegame un tiro y hacete cargo del grupo", le pidió Manuel a Esteban Tries. Sentía que ya no iba a lograrlo; la sangre salía despedía de su cuerpo, el hambre lo ahogaba y el frío lo acuchillaba. No quería sufrir más. En medio de la desesperación prefería encontrar la muerte y permitir que su equipo saliera de allí. 

El rescate del Sargento Villegas

Con el soldado José Luis Cerezuela lo cargaron al hombro, Tries le prometió un asado y bajaron los 8 kilómetros. En el interín del recorrido vivieron mil anécdotas más. Aún recuerdan cuando, a los tres kilómetros, el veterano le dijo al sargento: "Vamos a parar un ratito, no doy más", a lo que este le contestó: "Jodete, vos querías venir. Ahora vamos a seguir, quiero ver hasta dónde llego". 

El sueño de llegar al hospital, después de tanto sufrimiento, frío y cansancio, se hizo realidad: con muy pocos recursos, los médicos le salvaron la vida a Villegas. Hoy juntos cuentan esta anécdota que los unió y marcó. Fue en el hospital, de hecho, donde el sargento se enteró por medio de una enfermera que el país ya se había rendido y la angustia lo volvió a invadir con un fuerte sabor a frustración.

Lo que quedó de Malvinas

"Malvinas es un pedazo importantísimo de mi vida, son circunstancias de la vida, que quedan marcadas a fuego. Yo siempre pienso en la tristeza de la derrota, en los amigos que han quedado, de todos los argentinos, amigos, compatriotas que han ofrecido su vida y en que no tengamos el honor de que esté flameando nuestra celeste y blanca bien alto como debiera estar", señaló Manuel a 42 años de la guerra. 

Su reincorporación al Ejército no fue posible durante un tiempo ya que los psicólogos y psiquiatras le decían que no era el momento. Estuvo 14 años en tratamiento, pidiendo cada tanto que le dieran la oportunidad de intentarlo, pero las cicatrices psicológicas a veces son más profundas que las físicas. No obstante, justamente de esta herida pudo llevar a escuelas, entrevistas y salones el relato de su historia. Porque lo que se conoce de la guerra es lo que los excombatientes pueden contar.

Esteban Tries, por su parte, es hoy presidente de la Asociación Malvinas, Educación y Valores, conformada por otros 9 veteranos más: "A los 30 años empezamos a recorrer escuelas de todo el país, fundamentalmente el norte de Santa Fe, porque había un principio de suicidios adolescentes y los docentes nos pidieron que les hablásemos a los chicos".

Esteban Tries, veterano de Malvinas. Foto: Gentileza

Llegaban a él niños desnutridos, sin ropa, que habían sido abusados y golpeados. “¿Qué le puede interesar al relato de la guerra este chico, si él tiene su propia batalla todos los días?”, se cuestionó el excombatiente. Y fue justamente esta pregunta lo que lo llevó a hacer un intenso trabajo en todo el país, articulado con maestros, padres y otros excomabtientes.

"Empezamos a ponernos de igual a igual, a sentarnos al lado del chico y decirle: 'Mirá, yo estuve en la guerra, donde pasamos frío, hambre, muerte, heridos, mutilados y estuve 30 años preguntándome por qué'. Cuando entendí para qué estoy acá, entendí que tenía sentido haber estado allá. Porque hoy necesitamos cambiar a la juventud, abrirle la cabeza y decirles Malvinas no es la guerra de 1982. Malvinas es una experiencia de vida, la cual la vivimos todos, ya sea con una situación terminal, una enfermedad, un maltrato, una pandemia. Entonces, empezamos a encarar esa mirada y notamos los cambios", contó. 

El trabajo de los veteranos tras la guerra. Foto: Gentileza Esteban Tries

Los resultados, en sus palabras, fueron majestuosos, magníficos: "No se encuentran con un veterano de guerra que viene a relatar la historia, se encuentran con una persona que tuvo una experiencia de vida, como lo pueden ser los sobrevivientes del accidente de los Andes, por ejemplo. Y ahí empezamos a interactuar en empresas, en universidades, transversalidad con los veteranos de guerra y con la Universidad de Mendoza que adoptaron nuestro mensaje".

Eran hijos de empresarios, de trabajadores de clases más bajas y analfabetos. De izquierda y de derecha. Hinchas de Boca y de River. Nacidos en Jujuy o en Santa Cruz. Y estaban todos juntos luchando distintas guerras, pero con un mismo acompañamiento. "Tuvimos cuatro muertos en el combate; 27 heridos, entre ellos Manuel, y tuvimos que saber cómo llevarlos adelante y que ellos siguieran con sus vidas. Esa es nuestra misión irrenunciable", cerró Tries.

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