La avivada de Américo Vespucio que terminó en el nombre de un continente
Las históricas contradicciones y desventuras americanas pueden encontrar un síntoma referencial desde su propia “denominación de origen”. La ironía podría continuar sosteniendo que nacimos con un nombre “trucho” o al menos con el nombre de un casi desconocido marino florentino que ostentaba muy buenas relaciones entre los agentes comerciales de todas las grandes potencias mientras ocupaba un lugar estratégico y mostraba muchísima habilidad en el campo de la divulgación. Así fue pues como “América” debió su nombre a una injusticia. Nada más.
Vaya paradoja, si preguntáramos a cualquier estudiante desde hace siglos a qué debería el continente “América” tal denominación, con absoluta seguridad nadie dudaría en responder: “fue por Américo Vespucio”. Podríamos continuar interrogando entonces qué hizo Américo Vespucio para merecer tamaño honor. Ahí también nadie dudaría: “No lo sabemos”.
Las cosas por su nombre
Lo cierto fue que Américo Vespucio (1454 – 1512) era hijo de una familia acomodada muy cercana al círculo renacentista de los Médicis de Florencia. Ya de grandecito se dedicó a la navegación, aunque nunca se destacó como navegante a pesar de sostener que fue el primer europeo en tocar tierra firme continental y no solo islas como fuera el caso de los dos primeros viajes de Colón.
Y para contextualizar reiteraremos algo sabido. Entre los siglos XII y XIV después de “las cruzadas”, la cristiandad vivió grandes cambios: renacieron ciudades y el comercio progresó. Europa tomó contacto con Asia y así descubrió sus riquezas convirtiéndose el continente asiático en un lugar de ensueño. Con reinos repletos de oro visiblemente contrastante con la pobreza agobiante de los pueblos occidentales. Por ende, el comercio de Europa pasó entonces a depender de chinos, tártaros, mongoles, turcos y árabes. Pero la caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos (1453) y la dominación posterior de Alejandría mostraron la vulnerabilidad del comercio europeo – cristiano dependiente de una sola ruta siendo imperioso encontrar un nuevo camino a las Indias.
“El viaje” de Américo
Desde su ciudad natal (Florencia) marchó a París donde desempeñó funciones administrativas para su tío Guido Antonio Vespucio quien fue designado embajador de Lorenzo “el Magnífico” de Medici en la corte de Luis XI.
En Francia completó la formación que había recibido sobre geografía y astronomía regresando a Florencia tras la muerte de su padre (1482) permaneciendo hasta 1491.
En 1492 se trasladó a España para representar los intereses comerciales de los Medicis en Sevilla donde trabajó con Gianotto Berardi, un hábil empresario dedicado al comercio del oro y esclavos, pero además proveedor de todos los aprestos de las naves en las travesías ultramarinas, entre ellas las expediciones de Colón. Ese puesto de Vespucio era un lugar estratégico por la cantidad de información que recibía de confidencial mano, el dinero que circulaba y porque estaba en contacto con cientos de expedicionarios que planificaban viajes o partían a la mar.
Lo que la historia no pudo precisar ciertamente fue la cantidad de viajes que Vespucio realizó al nuevo continente. La mayoría de sus biógrafos admitieron que Vespucio fue parte de la flota de Alonso de Ojeda y de Juan de la Cosa (un ex subalterno de Colón) y que siguiendo la ruta del tercer viaje de Colón recorrió la costa norte de Sudamérica llegando hasta el cabo de la Vela (Venezuela) para regresar en junio de 1500 a Cádiz.
Pero lo más significativo en la historia resultó su propia narración sobre el nunca comprobado viaje (y la mentirosa fecha establecida) que bajo bandera portuguesa buscaba el camino de la “especiería”. Vespucio escribió que las tierras que habría descubierto no eran una prolongación de la península asiática sino un nuevo continente. Esto fue narrado por Vespucio en una carta fraudulentamente fechada con un año antes del tercer viaje de Colón que había llegado al continente en 1498. La carta fue editada con el título de “Mundus Novus” por la cual daba cuenta que el 17 de agosto de 1497 habría tocado tierra. Por consiguiente, según esa mentirosa fecha sería Vespucio el primero en llegar al continente propiamente dicho. Surgirán entonces dos palabras, “Mundus Novus”, que sellarán el veredicto sobre el nombre al nuevo continente.
Otra bonita página titulada “América”
La creación de la imprenta (1450) por Gutenberg había acelerado radicalmente el curso de los acontecimientos. En 1503 se distribuyeron en diversas ciudades (Paris, Florencia, etc.) una serie de 4 hojas impresas tituladas: “Mundus Novus” escritas por Vespucio. Luego publicará otra carta que dirigió a Piero Soderini en 1504 relatando también el cuarto (supuesto) viaje realizado hasta el extremo sur americano.
Tales cartas de estos viajes, según Stefan Sweig en su biografía sobre Vespucio: “no son nada extraordinario en aquellos tiempos. Todas las grandes ‘casas’ de comercio alemanas, holandesas e italianas (Fugger, Wesler, Médicis) tienen sus corresponsales en Sevilla y Lisboa, y éstos informan con propósitos orientadores cada expedición a las Indias que llega a su término. Las cartas de los agregados comerciales son muy solicitadas porque contienen secretos comerciales y las copias se venden y compran, lo mismo que los mapas de las costas recientemente descubiertas. Ocurre a veces que una copia llega a manos de un impresor hábil en negocios y no tarda en multiplicarla” (“La historia de un error histórico” - 1931).
El éxito de las publicaciones de Vespucio se multiplicó raudamente. La noticia del descubrimiento de un nuevo continente se difundió con rapidez por las cortes europeas y llegó a un círculo erudito como la abadía de Saint Dié en Lorena (Francia) bajo la protección de un desconocido duque: Renato II.
“La historia rocambolesca”, escribirá Consuelo Varela Bueno en “Amerigo Vespucci, un nombre para el Nuevo Mundo”, se desenvolvió en Lorena donde existía un antiguo monasterio “cuyos canónigos compartían el rezo sagrado con la afición de amanuenses; excelentes copistas y cartógrafos. Tenían además una imprenta de donde saldrían cada año ediciones de obras señeras. Hasta aquella imprenta llegó un clérigo que había estudiado en la universidad de Friburgo y cuyo oficio era el de dibujante y cartógrafo. Se llamaba Martin Waldseemüller, quien a la postre impondrá el nombre actual del continente”.

Corría 1507 y en Saint-Dié estaban preparando una nueva edición de la “Geografía de Ptolomeo”, entonces que mejor que incorporar la novedad absoluta de aquella carta de Américo a Soderini donde figuraban los relatos de sus (indemostrados) cuatro viajes y un mapa en el que estaban dibujadas las regiones continentales “supuestamente” recién descubiertas por Américo.
El entusiasmo de los visionarios canónigos e impresores fue inmenso. Tanto que abandonaron la idea de imprimir el libro de Ptolomeo para dedicarse por entero a la edición del libro de Vespucio.
Y así fue. Anticipándose en cinco siglos al juicio del periodista argentino “Chiche” Gelblung (“que la verdad no te arruine una buena nota”) contrataron al poeta Jean Basin de Saudaucourt quien tradujo al latín el texto de la carta de Américo (estaba en francés) y a Matías Rigmann que ya había publicado un poema sobre el “Mundus Novus”. Por su parte, Waldseemüller sería el encargado de confeccionar el novedoso mapa del Nuevo Mundo separado Asia de “América”. Así todo estaba dispuesto para presentar un libro con una renovada geografía donde se anunciaría la primicia de un nuevo continente.
El día del lanzamiento fue el 25 de abril de 1507. Había nacido “Cosmographiae Introductio” compuesto de un prólogo, epílogo y nueve capítulos. Acompañado de las explicaciones de los viajes y donde aparecía un planisferio con una figura redonda dando la exacta idea del globo terrestre. Como broche final en el último capítulo apareció el texto inmortal (textual): “Más ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas, y otra cuarta parte ha sido descubierta por Americus Vesputius, no veo razón para que no la llamemos ‘América’, es decir, ‘la tierra de Americus’, por su descubridor, hombre de sagaz ingenio, así como Europa y Asia recibieron ya sus nombres de mujeres”, sentenciará Martin Waldseemüller.
Siempre el estratégico peso de la imagen
El despampanante éxito del proyecto giró más en los dibujos del mapa realizados por Waldseemüller que en la divulgación del nombre de “América” y los textos de las cartas. Enfrentados y puesto como dos concepciones diferentes aparecieron los retratos de Ptolomeo y Vespucio. Magistralmente dibujados y colocados al lado de sus mundos, a la derecha junto a Américo: el Nuevo Mundo y a la izquierda junto a Ptolomeo: el Viejo. Desde este momento resultará imposible separar ambas imágenes. El Nuevo Mundo, pese a quien pese, será para siempre: “América”.

Lo que aquella historia no contó, fue que el que leyó mejor que nadie el nuevo tiempo paradigmático de la imagen fue Waldseemüller, quien nunca se preocupó por investigar si Vespucio mintió o no. Eso para qué. El negocio cerraba. El libro resultó un best seller, él se hizo millonario y todavía hablamos de América.



