Los Miserables: un cuento para cortar la semana
Durante casi cinco años nos juntamos puntualmente a las siete de la tarde en aquella confitería que con el tiempo hicimos nuestra, a medida, un traje de sastre sin un mínimo pliegue en el forro, ni una bota sin gracia por una puntada dudosa.
Queríamos que esa confitería, nueva por cierto, fuese definitivamente “coqueta”. La queríamos elegante, con la luz adecuada, la atmósfera necesaria y las voces armoniosas.
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Teníamos un especial interés en las cuitas de la sociedad porteña.
Tristemente nunca se logró ese clima, el ambiente, la luz ni la sonoridad que pretendíamos. A fuerza de verdad, tampoco la compañía.
Para darle un ejemplo: está demostrado que la buena ropa, la de buen gusto, tiene una luminosidad distinta de la otra, y no crea que se trata de una tilinguería de mi parte. Piense por ejemplo en la calidad de las telas, claro que no es fácil a nosotros, los
hombres, reconocerlas a primera vista; tampoco la cuestión nos interesa demasiado fuera de este contexto. Pero los bien vestidos se deslizan, no rompen la atmósfera, la iluminan o la acompañan, según el caso. No creo que resulte necesario describir la situación opuesta.
Hubo de todo un poco en esos comienzos. El lugar era nuevo, y nosotros, simples aprendices de un oficio, de un arte, o como quiera llamarlo después de escuchar mi historia.
A pesar de todo, decidimos quedarnos. No sé exactamente qué fue lo que nos atrapó. Quizás la novedad, el orgullo, o la intuición de que algo interesante estaba por venir.
Entre otras rutinas, sistemáticamente mirábamos de reojo a los ocasionales clientes que desfilaban por otras mesas. Nuestra estadía era un poco más prolongada que la habitual en este tipo de lugares, lo que en términos estadísticos ampliaba la muestra.
La conversación se interrumpía unos instantes cada vez que el maître abría la doble puerta, ese práctico y señorial sistema para evitar que entrase al salón el viento o el frío.
Lo nuestro se trataba en cierto modo de una inspección, es decir, el modo masculino de mirar a los otros.
No recorríamos de pies a cabeza la figura de cada uno. Esa es la forma femenina de mirar a los demás. Lo nuestro era un peritaje, una labor casi científica.
Reconozco que alguna que otra vez, con auténtico espíritu amateur, reparábamos en forma especial en alguna buena moza, la que por mérito propio rompía los criterios de esta lógica inquisidora en la que estábamos inmersos. Dicho de otro modo, en esos
casos no habríamos advertido siquiera si hubiese estado descalza.
Valen dos aclaraciones a este último respecto. Éramos hombres de bien, y esta rara avis no mira a las mujeres con malas intenciones, ni con otras intenciones. Ni nosotros, los peritos; ni aquellos de las otras mesas, que también podían ser honorables, al menos a ese respecto.
Es que puede uno no ser agraciado, o hablar con grandes gestos y elevado el tono, comer como un náufrago y reír como un tonto; pero el decoro no se niega a nadie que sea capaz de merecerlo y honrarlo. Sea que éste ordene dos profiteroles o dos bochas
de helado de crema del cielo y pistacho.
Cada tanto se dejaba ver en otra mesa una drástica escena. Un despliegue de formas y colores tan desopilantes como inoportunos. Si la mesa tuviera alma reclamaría a gritos.
Una auténtica constelación de crema, merengue, brillosas cerezas y un triste chocolate que coronaba el conjunto. Digo triste porque además de opaco, léase mal templado, había sido literalmente escurrido sobre el sobrante de vainillas que sostenía la obra.
Pero claro, faltaba que los otros personajes del elenco aportaran lo suyo. Es decir, otra decisión incorrecta entre las opciones del menú. Entonces, y como si hiciera falta, se completaba el cuadro que ya se bastaba y sobraba a sí mismo. Un digestivo té de
hierbas que en nombre de la coherencia, hacía su entrada junto a un Imperial Ruso servido en versión soviética, no sólo por su forma tradicional de rectángulo, sino por la poca gracia del chef patissier para presentarlo.
Lloraban en algún rincón más agraciado de esta ciudad una Sacher Torte, una Financière de Manzanas, un Strudel, una Sfogliatella y algunas Eclaires. Todos ellos en causa común con el señor Saint Honoré y con sus autóctonos primos, la Torta de Ricotta, la Pasta Frola, la Tarta de Frutillas y el Alfajor de Maizena.
Debo decir sin embargo que algunos de estos clásicos vernáculos estaban ya algo cuestionados, típica tensión entre sofisticación y sencillez. Visto en perspectiva pienso que en esta contienda, los locales sacaron alguna ventaja. A fuerza de verdad, menos del veinte por ciento de los clientes tendría alguna mínima noción de qué se trataba un Saint Honoré. Y al chef patissiere lo reemplazaba un honorable pastelero que había tomado nota de algunas recetas, aunque sólo de los ingredientes, no así de la
preparación.
Teníamos por costumbre, bastante pesimista y en cierto modo exótica de nuestra parte, encontrar alguna oportunidad para recitar una línea de aquel famoso discurso del excelentísimo José Manuel Estrada: “Veo un pueblo indolente que se atropella en las
Bolsas, pulula en los teatros, bulle en los paseos, en los regocijos y en los juegos”.
Claro, como si a nosotros no nos cupiese el sayo, y lo nuestro fuera una reunión cumbre para acordar los lineamientos necesarios que lograsen una paz sólida y duradera en este mundo loco. ¡Vaya pretensión de nuestra parte!
Con el tiempo nos reconocí en el poema de Rubén Darío ¡Torres de Dios! ¡Poetas! Nos identifiqué por el opuesto. No éramos torres de Dios, mucho menos poetas, sólo observábamos ese pequeño mundo desde nuestro monte Olimpo, más por aburridos que por alguna dignidad especial que se nos hubiera reservado y conferido.
Respecto a nuestros temas de conversación, puedo decir que había un pacto tácito, un acuerdo que hasta donde alcanza mi memoria, nunca había sido traicionado. Después de los saludos de rigor, algunos comentarios políticos de tiro corto -todos
coincidíamos en esos temas-, sólo los repasábamos para alimentar nuestro pesimismo.
Una buena costumbre parar destacar es que estaba explícitamente prohibido hablar de temas de salud, tanto así que si alguno se hubiese presentado con una pierna menos, nadie pediría explicaciones. Así de rígido era nuestro pacto.
Olvidé mencionar nuestro menú, invariablemente copetín y vermouth. Lo que hoy en día llamarían picada con cerveza. Vuelvo a Estrada, ¡qué tragedia!
Acto seguido había que buscar la mesa más próxima; si había varias, la que más materia prima pudiese aportar. Nos repartíamos según proximidad e interés, de forma tal de procurar los diálogos más intrincados, los conflictos más interesantes o los debates más jugosos.
Habíamos adquirido la suficiente experiencia como para no equivocarnos.
No nos dejábamos engañar con trampas fáciles. Por ejemplo: una mesa muy concurrida no garantizaba buen material. La explicación era física, ni sociológica ni psicológica. Si había mucha gente los diálogos se cruzaban, resultaba más difícil escuchar, y la calidad de la conversación era víctima del desorden propio de la situación. No había intimidad posible. Nadie hubiese contado dos sillas más allá, que esperaba un nombramiento en su trabajo, o que había descubierto que su marido era un jugador compulsivo, que su mujer se lavaba el pelo una vez por semana, o que su hijo había dejado la carrera de Medicina a un año de recibirse, sólo por ir detrás de una petulante parisina.
Sabíamos que lo importante ocurría, o al menos podía suceder, después de los primeros siete minutos. Ese introito estaba reservado exclusivamente a alguna referencia al clima, la consabida pregunta por la salud del grupo familiar, y un repaso breve, según la época, sobre el aumento de los precios.
Vale la aclaración que, según las personalidades, el contenido de la charla ganaba en interés, o fracasaba rotundamente. En este caso nuestra decepción era grande. Como he dicho anteriormente, sabíamos poner el ojo en la mira, pero hasta nosotros podíamos equivocarnos.
En esos cinco fascinantes años hemos escuchado todo lo imaginable, y a veces, más. Podríamos haber hecho una clasificación, que si bien no estaba escrita, todos coincidiríamos en ella.
El tema más recurrente era la envidia. Claro que nadie se incriminaba a sí mismo, pero los argumentos parecían grabados en una piedra. Si la cuestión no era una herencia, era un viaje, o un auto nuevo, o una casa más grande y mejor ubicada. El afortunado
beneficiario de estas novedades, casi siempre se lo debía a la suerte, a las malas artes, o a una supuesta ambición desmedida que lo había devorado.
En segundo lugar aparecían los celos, las peleas, los reproches, la intolerancia y otras formas miserables del conflicto humano. Aunque en la gran mayoría de los casos no había motivo suficiente para semejantes tragedias. Sólo eran cuestiones menores, casi
infantiles, que con el tiempo habían devenido en auténticas guerras de clanes.
Las cuestiones económicas provocaban impensables sainetes. El clan Podestá se hubiese refregado las manos, un guión a la carta.
Había una sola cuestión que no negociábamos, o mejor dicho, que rechazábamos sin más. La infidelidad era repugnante, no había nada en ello para sacar provecho.
Pero bueno, para bien o para mal, así pasamos esos cincos años. Observando, clasificando, prejuzgando, curioseando. En definitiva, viviendo vidas ajenas.
No teníamos vida propia, la nuestra se nutría de historias de otros. Fuimos alternativamente, esos miserables que envidiaban, celaban o peleaban. Lo peor de cada uno.
No estoy seguro de cómo empezó todo esto, tampoco y sobre todo, por qué lo hicimos.
Quizás contarlo me redima, o quizás simplemente el juego continúa, y haya convertido yo a mis amigos en los clientes de la mesa más cercana.
Ahora me comparo con ellos y eso me define. Yo conté la historia, hice mi parte del trabajo, ellos no todavía.
* Mariano D'Onofrio, docente. marianodonofrio@gmail.com