Rincón literario

Celulares, viejos libros en papel y la lucha eterna por la sabiduría

La forma de acceder al conocimiento cambia con el paso de los años, aunque al parecer,si uno le pone ganas, cada vez es más fácil. Pablo Gómez dice presente como cada fin de semana con su Rincón Literario en MDZ.

Pablo Gómez domingo, 27 de agosto de 2023 · 07:00 hs
Celulares, viejos libros en papel y la lucha eterna por la sabiduría
"En mi casa tenía quince libros, que me servían para enterarme de las cosas, ma qué Google ni Google". Foto: PG.

El hombre tocó timbre en la casa de su ex, y tan solo unos pocos segundos después ya su hija adolescente pasaba junto a él para subirse al auto, con la mirada fija en el celular y tan solo acercando su rostro para recibir un beso de su padre, pero eso sí, sin despegar los ojos de la pantalla en lo más mínimo. Al parecer, otro interesante fin de semana se aproximaba para ambos.

Ya en el auto y rumbo a su departamento de recién separado, el hombre declaró su primera queja del fin de semana:

-Ya los jóvenes no leen, no son capaces de hacer nada más que poner un “me gusta”, parece que el aparatito ese les tiene el cerebro atrofiado.

El tipo había nacido cuando el siglo veinte aún no terminaba de derrapar, y su infancia había sido en la última generación previa a la informática. Su hija era una niña absolutamente digitalizada, y ante las quejas de su progenitor solamente le clavaba un visto presencial, o sea, simplemente ignoraba los comentarios.

-En mi casa tenía quince libros, que me servían para enterarme de las cosas, ma qué Google ni Google –insistía porfiadamente el padre a su hija –tenía cuatro diccionarios verdes, así de gordos, y el último más gordo que el resto, no sé por qué, pero no importa eso, lo realmente fundamental era que en esos libracos verdes, desde la A hasta la Z estaban no solo todas y cada una de las
palabras, sino que también incluían imágenes y pequeñas biografías de próceres, científicos, artistas y qué se yo quien más.

Oriente eran los diccionarios verdes.

La niña, ante semejante andanada de verborragia, tan solo seguía tecleando sobre la pantalla que iluminaba su cara, al parecer aburrida como pocas veces. El tipo mientras manejaba, siguió adelante con su perorata ya bastante insoportable, con un tono de voz que crecía a cada minuto:

-Y aparte teníamos diez libros más, marrones, todos igualitos, que eran una enciclopedia española, que ya estaba medio vieja, pero igual servía para aprender de todo. ¡De todo!¡Ma qué internet ni internet!

La adolescente suspiró, mientras el dedo índice de su mano derecha se desplazaba desde abajo hacia arriba, pasando de una pantalla a la siguiente en el smartphone.

El silencio se cortaba con un cuchillo cada vez que el padre dejaba de hablar, pero al parecer a ella no la inmutaba la situación.
El progenitor continuó:

-¡Y también teníamos un Atlas, inmenso, y a todo color! Ahí estaban todos, pero todos los mapas
de los países del mundo, seguidos por páginas y páginas en las que se detallaban sus características y sus banderas, ¡ja! Y al final, en varias hojas más había un montón de información de astronomía, en donde aprendí sobre husos horarios, estaciones del año, distancia entre la tierra y la luna y muchas otras cosas… pero claro, la señorita prefiere poner un “me gusta” antes
 andar averiguando los nombres de los satélites de Saturno….

Labor los diez tomos de enciclopedia, y Marini el atlas.

Resoplando ya de furia mientras pasaba al semáforo en amarillo, el tipo reclamó al universo:

-Y vaya a saber de qué marca eras esos libros, qué se yo, pero bien útiles que eran.

La hija lo miró un segundo, volvió su vista al celular y declaró a su padre:

-Oriente, Labor y Marini.

-¿Quiénes son esos? ¿Unos que te siguen en Instagram?

-No papá, Oriente eran los diccionarios verdes, Labor los diez tomos de enciclopedia, y Marini el atlas. Mientras te quejabas, fui googleando, y acá se pueden ver, mirá hasta los podés conseguir en esta app, usados eso sí, pero en fin, si te ayuda a recordar a los abuelos, y a tu querido siglo veinte, podemos entrar y comprarlos.

El hombre, aunque nadie lo vio, se puso rojo como un tomate maduro, y un calor intenso subió por su rostro a la par de la vergüenza, mientras la niña volvía a responderle:

-Internet está re bueno pá, no podés negarlo; lo único importante es que tu teléfono inteligente no sea más inteligente que vos, si conseguís eso, hasta podés conseguir cosas de cuando eras niño,
y que creías perdidas para siempre…

El fin de semana recién comenzaba, y ya pintaba definitivamente mejor que hacía tan solo media hora atrás. Al parecer, todo consistía en no considerarse más inteligente de lo que en realidad se era, aunque eso sí, dentro de lo posible, era saludable mantenerse con un poco más de sabiduría que el celular, que esperaba, sin pena ni pausa, a que le hicieran la siguiente consulta.

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