Fútbol, hinchada y una pasión que no se puede evitar
Mientras el hombre esperaba el micro en la parada del barrio su mente volaba más allá, hacia el partido de fútbol que iba a presenciar en un par de horas. El servicio de transporte estaba funcionando en formato reducido como todos los fines de semana, por lo que antes de que llegara el colectivo ya había un par de vecinos más en la esquina, todos con la misma camiseta, esperando junto a él por el transporte que los llevaría hasta el parque. Aunque, la misma camiseta, lo que se dice la misma, no era; cada tanto desde el club sacaban un modelo nuevo, al parecer con el objeto de que los hinchas siguieran comprando, una y otra vez, la casaca que usarían los jugadores en esta ocasión. Pero por obra y gracia de la malaria, y de la “chapa” que daba caer a la tribuna con una de las camisetas históricas, los muchachos iban desde el barrio con sus viejas chombas, algunas de las cuales ya ni siquiera mostraban los colores originales: mejor así, más viejos los trapos, más fiel el hincha, o al menos eso era lo que pretendían demostrar ante el resto de sus amigos.
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Finalmente llegó el micro y el chofer observó, no con poca preocupación, a las tres personas que subían a la unidad que le había tocado manejar este fin de semana, claramente todos con el mismo destino, a juzgar por sus ropas. El colectivo arrancó, y a medida que iba avanzando hacia el centro de la ciudad, el conductor notaba, con creciente inquietud, cómo seguían sumándose a la “banda” más y más hinchas que iban hasta el parque.
Porque es el Parque San Martín en donde casi todos los fines de semana al menos uno de los tres equipos que allí disputan sus partidos, reciben al “visitante”; muchas veces porteños, o del gran Buenos Aires (que, para los ojos de los hinchas mendocinos, es lo mismo). Los visitantes, aparte de los oncejugadores, eran de contar con predilecciones de los árbitros y de la prensa deportiva “nacional” que, como regla general, trataban a los equipos del interior como si fueran japoneses.“Su” equipo, el de los comentaristas, era el de Buenos Aires, y en las transmisiones era de esos visitantes de quienes se decía que ganaban o perdían, que jugaban bien o mal, pero muy pocas veces eran de nombrar a los rivales, esos mendocinos que ni siendo locales eran parte del relato.
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Los hinchas seguían aumentando en cantidad en el micro de línea, parada tras parada, hasta llegar a ser clara mayoría entre los pasajeros, lo que los incentivó para empezar a cantar; como quien va a una ceremonia religiosa, todos entonaban las mismas estrofas, conocidas y repetidas semana a semana, invocando la majestuosidad de los colores propios y, por qué no decirlo, declarando el odio hacia los hinchas de los demás clubes, hacia la policía, y hacia los periodistas en general. Al parecer, que nuestro equipo perdiera era siempre culpa de los otros, y de eso básicamente se trataban los cantos. La primera de las canciones que entonaron, de concretarse lo expresado en su letra, bien podría haber sido caratulada en el juzgado de turno como “homicidio doloso, en poblado y en banda, agravado por el uso de armas de fuego”. Luego pasaron a otra canción que podría caratularse como “abuso sexual, y homofobia con insultos gravemente injuriantes a familiares de los hinchas de otro de los equipos de la zona”. La tercera que entonaron destilaba xenofobia pura y, por qué no decirlo, lejos estaba de ser un himno a la unidad latinoamericana. Pero nunca nadie se quejó de lo que cantaban, ni tan siquiera una sola de esas buenas personas que de lunes a viernes eran incapaces de matar una mosca, y que en esta previa de la liturgia del fin de semana seguían avanzando por las calles de la ciudad hacia la cancha.
El colectivo subió por la ancha avenida hasta la cercanía de los portones del parque y allí, antes de doblar a la derecha y relajando al pobre chofer que tenía a esa altura más miedos que esperanzas, bajaron todos los hinchas y enfilaron saltando y gritando, abrazados, con una alegría difícil de explicar para quien no formara parte del grupo, hacia el predio deportivo. Aproximadamente noventa minutos de angustias los esperaban, mientras la pelota rodara en busca de las redes ajenas y de la felicidad propia. Todo podía suceder; pero más allá de lo que la esquiva suerte pudiera depararles en esa tarde, en quince días, eso seguro, el rito se repetiría. Por los siglos de los siglos. Que así sea.