La hormiga y el tigre, capítulo III: Eloísa
Novela de Pablo R. Gómez
Arrodillados entre los viñedos, los jóvenes buscaban, mientras charlaban, el mejor ángulo para ir serruchando ramas. Estaban en ese campo contratados para arrancar definitivamente las vides, que no habían logrado sobrevivir a la nueva plaga que las consumía. El problema no era solo de ese campo, ni siquiera era un problema focalizado en la zona; un insecto de origen norteamericano que se alimentaba de hojas y raíces de la vid se estaba consumiendo a todos los viñedos de España, y no quedaba otro remedio más que cambiar los plantíos por alguna otra especie vegetal que resistiera el embate de la plaga. El bicho había llegado a Andalucía a través del puerto de Málaga, gracias a las capacidades dudosas de un agricultor que importó desde Estados Unidos raíces de variedades de vid desconocidas en Europa. Al parecer pretendía eliminar con estas nuevas plantas a las plagas que hasta ese momento afectaban a las cepas ibéricas, y bien que lo hizo; no solo eliminó las plagas anteriores, sino que, además en el proceso, se llevó puestos a los parrales y las viñas casi en su totalidad.
Rafael y José seguían entre tanto serruchando vides, sin que siquiera les importara mínimamente la razón que llevaba a los propietarios del campo a tomar semejante decisión.
–Quien lo hubiera dicho, Pepillo –comentó Rafael a su amigo –que la primavera nos iba a agarrar con trabajo estable.
José Sordo, sonrió ante la chanza de su amigo y vecino:
–Trabajo estable, lo que se dice estable, no creo que sea, Rafa –retrucó el campesino –pero sí es cierto que con esto seguro que tiramos un par de meses.
–Después dios proveerá, o al menos eso dice la vieja que vive al lado de la ermita –cerró la frase Rafael Marín, y dio paso a las risotadas de su amigo.
Rafael Marín y José Sordo habían nacido en un ya lejano abril, diecinueve años atrás del mes que estaba recién empezando a trascurrir. Es más, ese mismísimo dos de abril en el que se encontraban arrancando vides apestadas era el día del nacimiento de Rafael. José en cambio era del veinticuatro de abril, cuando el mes ya casi se acababa; solo veintidós días más chico que su compañero, aunque la única referencia que tenían de estas fechas los abrileños era la de que Rafael era mayor que José, lo que generaba innumerable cantidad de chanzas entre los amigos.
–Usted que es mayor, ilumíneme con su experiencia –tiró José a su vecino.
–Cállese joven, y escuche a los que tenemos la sabiduría de los años –respondió Rafael, en un juego de idas y vueltas que se repetía día a día hasta el cansancio.
Las horas pasaban así más entretenidas para el par de amigos, que trascurrían sus días de la mejor manera que les fuera posible; poco necesitaban de todos modos para salir de la rutina. El humor los liberaba del agotamiento diario, ya que para José y Rafael solo había una persona enfrente, y así lo sentían; amigos naturales, herederos de la amistad de sus progenitores, nada cuestionaban a la vida, y nada adicional pedían al entorno que los rodeaba.
–Rafa, vecino, estimado –dijo José Sordo como con sorna, sabiendo que su pregunta iba a terminar desarmando a su amigo –a ver, por qué no me repite lo de la tal Eloísa, que no me ha terminado de quedar bien claro.
Rafael Marín dejó a un lado el serrucho, se enderezó naturalmente, casi sin notarlo, y mientras sus ojos claros miraban al horizonte, repitió el nombre de la mujer amada:
–Eloísa –dijo entre suspiros el muchacho, luego de lo cual volvió a sus tareas como si nada hubiera pasado –no hay nada que ya no sepas, Pepe, de lo que sea que vaya a contarte.
Pero a pesar de la imagen de desinteresado que pretendía mostrar, Rafael tenía sus pensamientos bloqueados por la muchacha que había conocido hacía tan solo unos días en las procesiones de semana santa. Eloísa Cárdenas, que todo indicaba que vivía en una calle a no más de cinco minutos yendo a buen tranco cuesta abajo desde su propia casa, había deslumbrado a Rafael, que soportó estoicamente todas las actividades religiosas de la semana anterior con el único objetivo de volver a ver, una y otra vez, a la mujer de sus sueños.
Rafael Marín se había cruzado casualmente a la joven el domingo anterior a la Pascua por las calles del barrio alto y ambos quedaron, frente a frente, como embobados; fue el grito de María Ramírez, la madre de la joven que caminaba junto a ella, la que rompió el hechizo:
–¡Eloísa! – le dijo la mujer a su hija –¡Que la misa de Ramos no espera, niña!
Eloísa corrió junto a su progenitora y las mujeres se perdieron cuesta abajo por las callejas rumbo al centro del pueblo, mientras en la cabeza del campesino no hacía más que retumbar el nombre de la mujer amada. Y así fue como Rafael Marín entendió que las procesiones de toda la próxima semana lo tendrían, sí o sí, buscando al rostro de Eloísa entre la multitud.
Y es que la semana santa tenía en el pueblo un significado especial, con procesiones diarias desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Pascuas, marchas que se repetían año tras año desde probablemente el mismísimo momento en que los Reyes Católicos expulsaron a los árabes del gobierno de la ciudad. Todo en la villa tenía una connotación arábiga, desde la fuente con sus múltiples caños hasta los templos católicos construidos sobre antiguas mezquitas musulmanas, como la iglesia mayor de la ciudad. Allí, a pesar de las intenciones de reemplazar al que fuera un templo sagrado de la religión oriental, el estilo arquitectónico de la construcción cristiana no dejaba de evocar a los vencidos; el gobierno podría quizá haber sido en esos tiempos más papista que el papa, pero los artistas que levantaron la iglesia, con clara ascendencia árabe, dejaron su impronta en la nueva estructura.
Y fue exactamente en la semana santa, mientras los incensarios llenaban el aire con sus vapores santificados y los horquilleros cargaban imágenes religiosas sobre sus hombros, donde Rafael se reencontró con Eloísa. Ya nada más veía el labrador, aunque toda una procesión de hermandades y cofradías pasara entre ellos; los humos benditos perfumaban el aire, el canto de saetas llenaba a la marcha de lamentos por el Cristo crucificado, y aunque los gorros cónicos de los participantes del desfile ocultasen quizá la vista de la mujer amada por algunos segundos, luego de cada interrupción la imagen de Eloísa reaparecía desde la acera de enfrente. El campesino ya no podía más que soñar con un futuro que se le imponía en esos cabellos negros y que le aceleraban el corazón de solo pensarlos en cercanía. Los cinco sentidos del jornalero se compenetraban de cada detalle; los olores de inciensos y los cantos en simples versos eran el marco perfecto para la vista de la mujer deseada al otro lado de la calle, mujer a la que no había logrado aún tocar, situación que le dejaba un sabor agridulce en los labios. Solo esperaba que la vida, en un tiempo preferiblemente no muy lejano, le permitiera deslizar suavemente sus dedos rústicos por los cabellos de la moza, para aceptar que su propia alma viviría por toda una eternidad.
El jueves santo había sido la prueba de fuego de ese amor que aún no nacía; llevaba Rafael desde el domingo de Ramos asistiendo siempre al mismo lugar para presenciar a su amada desde la acera de enfrente, sin siquiera saber si ella lo observaba también, o si quizá había pensado en la lejana posibilidad de tener un acercamiento con el campesino. Pero el quinto día de inciensos y procesiones amaneció frío, lluvioso y con un viento que helaba la piel. No estaba para desfiles al aire libre la cosa, y buena parte de los lugareños se habían quedado en sus hogares por esta razón, confiando en que la gracia divina les sería favorable de todos modos, aunque hubieran abandonado solo por una vez los eventos penitenciales. Pero Rafael Marín, empedernido y enamorado, no quiso perder la oportunidad de volver a verla; el riesgo cierto, era que ella no asistiera. Era de esperarse que así fuese, y que la ausencia de Eloísa marcara el fin de una relación que ni cerca estaba aún de comenzar. Con esos pensamientos funestos marchó Rafael calle abajo hasta su tradicional puesto de vigilancia, para corroborar que, efectivamente, la dulce Eloísa no estaba frente a sus ojos. La desazón lo dejó helado, más helado de lo que ya estaba por efecto de la contingencia climática que azotaba a la ciudad. En esos lamentos andaba cuando sintió a su lado, rozando suavemente sus dedos con un soplo de vida que devolvía en ese simple gesto el calor a su cuerpo inerte, a la tierna mujer con la que tanto había soñado. Los jóvenes no se hablaron, y casi sin siquiera mirarse, caminaron con rumbo sur lentamente, subiendo por calles empinadas, hasta la esquina en que Eloísa se detuvo, le sonrió, y se perdió, puertas adentro de su casa, rompiendo el hechizo que había acompañado a la pareja por un tiempo que puede haber sido de entre diez minutos y cinco mil horas, aproximadamente.
El padre y los hermanos varones de Eloísa eran trabajadores semifijos en un cortijo que estaba casi a una legua del pueblo. Allí cuidaban de los distintos animales que tenía el señorito a cargo del lugar, y si bien tenían la posibilidad de pernoctar en un establo cercano a los corrales, los Cárdenas preferían volver a su propia vivienda al final de cada jornada. Caminaban todos los días desde una hora antes de que saliera el sol para dirigirse al cortijo, y regresaban al oscurecer, nuevamente sin luz de día. La tarea era mejor pagada que la de los jornaleros y daba a la familia la posibilidad de prever los gastos del mes, atendiendo a que tenían una paga fija; pero al llegar a casa de noche, solo les quedaba tiempo para dormir algunas horas antes de volver a salir al día siguiente nuevamente a trabajar para el campo. Por su condición de semifijos recibían del patrón, además del pago mensual en pesetas, un “hato” de alimentos que no era más que un paquete con algunos elementos básicos, entre los que se incluían para cada trabajador casi un kilo y medio de pan moreno, aceite, vinagre, sal y ajos; en verano a veces también se les agregaban algunos tomates y pimientos.
Pero en esos días posteriores a la Pascua, María, la madre de Eloísa, había notado que su hija estaba distante, casi sin interactuar con nadie más que con su propia mente; por lo que la mujer habló con Ramón, su marido, que recién llegado desde el campo no tuvo mucho más que decir que lo que le parecía obvio:
–Ya habrá estado enamorándose por ahí.
Y bien que se había estado enamorando, y como el amor le duraba, seguía aún estando enamorada; pero la principal preocupación de Eloísa en esos días no era el hecho de estar o no con los pajaritos volados, sino la de que sus progenitores aceptaran a ese muchacho de ojos claros para que la cortejara. A juzgar por la vestimenta del joven, no era probablemente lo que sus padres pretendían para ella. Pero el amor es así, y al final de cuentas tanto su familia como la de su pretendido eran todos trabajadores del campo, más allá de que vivieran más o menos cerca del centro de la ciudad y de que tuvieran ingresos económicos mayores o menores… o al menos eso esperaba Eloísa que sus progenitores aceptaran.
Rafael por su parte, volvía cada día con su jornal a casa y entregaba a su padre Telésforo, que ya tenía dificultades para poder trabajar en el campo, la peseta y media que le habían pagado por las tareas del día. Crisanta conseguía también a veces unas pesetas en la fuente del pueblo, lavando las prendas de alguna familia acomodada del centro. Juan Sordo, el amigo fiel del Tele, había fallecido hacían ya varios años, y la sonrisa se había escapado del rostro de Agustina, su viuda, que había teñido su ropa de color negro para vestir un luto que no pensaba sacarse hasta que la muerte, que se empecinaba en esquivarla, la llevara de vuelta con su amado.
–Rafa, hijo mío, qué es esa cara –preguntó Crisanta al joven –te noto con alguna preocupación…
El Tele se volvió a observar a su hijo y exclamó:
–Mierda, estás más tieso que cuando el terremoto; y eso que te pegaste un buen susto esa vez, ¿eh?
Rafael sonrió calladamente; al parecer, la pena de amor se le filtraba por los poros. Y no era para menos; hacía ya más de una semana que no se cruzaba a Eloísa, y no tenía ni la más lejana idea de cuando ni donde iba a lograr volverla a ver, si es que eso ocurría. Y eso sí que era preocupante, mucho más que un simple movimiento de tierra.
Aunque era necesario estar muy enamorado, como de todos modos lo estaba Rafael de Eloísa, para considerar como a un simple movimiento de tierra al terremoto que sacudió a toda la zona en la noche de la Navidad de hacía ya diez años. El sacudón había quedado grabado a fuego en la mente y los cuerpos de la gran mayoría de los que lo sufrieron; con su epicentro a mitad de camino entre el pueblo y el Mediterráneo, el sismo derrumbó a buena parte de las construcciones en la noche de aquel jueves 25 de diciembre. Al momento del evento, Rafael contaba con tan solo nueve años de edad, y la noche de la Navidad había estado hasta hacía solo unos minutos extrañamente tranquila; ni una mínima brisa movía a las hojas de los pocos árboles que había por la zona, ni tan siquiera una nube cruzaba el cielo, por lo que la luna iluminaba con su cuarto creciente a media luz sobre las sierras del entorno. En esa calma parecía que el día entregaría sus últimas horas, hasta que un ruido grave, como de tambores gruesos de procesión sonando a redoble, empezó a saturar los oídos de los habitantes del lugar; casi de inmediato se empezó a mover la tierra a un ritmo más intenso del que habitualmente conocían, ya que en la zona se sufrían algunos temblores ocasionales, pero nunca antes como este. Ni los padres, ni el pequeño Rafael, habían sentido algo parecido en sus vidas.
Las campanas de las iglesias empezaron a sonar, pero no para llamar a misa ni como resultado de que los campaneros las hicieran repicar; era el mismísimo terremoto el que, al sacudir las torres de los templos, lograba que los badajos golpearan contra las paredes de bronce que los contenían. La situación que se vivía no dejaba de ser como sacada de las páginas del apocalipsis bíblico; caos, destrucción y muerte, con un fondo de sonidos mezclados, entre los llamados celestiales de los campanarios y los diabólicos de la tierra que vibraba al abrirse bajo los pies de los campesinos. Y no en cualquier día del año, sino en la mismísima Navidad, lo que le ponía una connotación religiosa adicional, por si esta fuera de algún modo necesaria. El instinto de supervivencia logró que Telésforo y Crisanta, alzando al niño, corrieran calle abajo; Juan Sordo estaba en la puerta de su casa también, a medio vestir y con su pequeño José en brazos, mientras su esposa intentaba salvar algunos bártulos de la cocina del rancho que se derrumbaba.
–Vamos Agustina, que el mundo se acaba –profetizó Crisanta a su vecina.
La mujer, ante este ruego de la amiga, abandonó las esperanzas de salvar utensilios y empezó a correr, como el resto de los habitantes del callejón, hacia el camino que pasaba por el costado norte de la ermita, lugar que parecía ser el más seguro o por lo menos el que les resultaba menos peligroso por el momento.
–Pero será posible… –repetía Telésforo Marín con la angustia brotándole impotente ante tanta destrucción.
El sismo duró, según los registros de la época, no más de veintidós segundos, aunque para quienes lo vivieron parecieran haber pasado horas hasta que la calma retornó al lugar. Aunque calma no sea tal vez la palabra adecuada para nombrar al caos reinante en esa noche, entre los gritos de dolor de algunas de las personas atrapadas entre los escombros y el gemido de otros habitantes llorando la muerte de sus seres queridos; cientos de vidas se truncaron en esa Navidad, más casi el doble de heridos y miles de viviendas destrozadas, justo cuando el invierno estaba entrando en su momento más crítico. Y para cumplir con la frase que reza que “sobre llovido, mojado”, un par de días después del sismo cayó en toda la zona una de las nevadas más ásperas de las que se recordarían en mucho tiempo.
Pero el terremoto era ya historia vieja en esta noche abrileña en la que el Rafa sin saberlo estaba cumpliendo diecinueve años, y su mente estaba focalizada en encontrar la forma de volver a ver a su amada; lo demás, podía esperar.
El sol salió nuevamente al día siguiente sobre el pueblo blanco, y los amigos Rafael y José caminaban cansinamente hacia los viñedos que debían seguir desmontando. La mañana pintaba fresca, aunque no tanto, pero si lo suficiente como para que la mente del joven enamorado se refrigerara con tanta neurona en movimiento, sin llegar a derretirse. Había estado toda la noche pergeñando un plan para lograr cruzarse con su amada, y José era fundamental para el éxito del mismo.
–Pepillo, amigo… –empezó a hablar Rafael al vecino, que se la estaba viendo venir.
–Ay Rafa, no sé en qué piensa compañero, pero me parece que no estoy de acuerdo –respondió entre dientes José Sordo.
–Tengo un plan para cruzarme a Eloísa –dijo el Rafa entusiasmado –pero necesito de sus servicios.
–Y dele, cuénteme de qué se trata –se resignó José –si de cualquier manera, lo quiera o no lo quiera, igual me lo va a contar y de todos modos lo voy a ayudar.
–La cosa es sencilla –comenzó a expresar el enamorado –solamente tenemos que descubrir a qué iglesia va Eloísa, y eso sería todo; a la salida de misa el próximo domingo, podré verla.
Los ojos de José crecieron, no sin cierta incredulidad por lo que estaba escuchando:
–¿Pero usted es capaz hasta de ir a la misa de ocho del domingo para lograr cruzarse con la moza en cuestión? ¿Y cómo va a saber a cuál de las misas asiste la doña?
El planteo de José era lógico, aunque ya había sido tenido en cuenta por el Rafa en su plan que pretendía ser infalible:
–Eloísa debe ir a la misa de la parroquia de San Gabriel, o a la de Santa Catalina, y si no, a la iglesia Mayor de la Encarnación.
–Ajá –contestó no libre de sarcasmo José a su amigo –¿y cómo elegimos la correcta? Si es que se puede saber…
–Yo me estoy antes de las ocho en la entrada de Santa Catalina, y usted en la iglesia Mayor –dijo Rafael sin dudar ni un instante.
Las palabras brotaban automáticamente de boca del jornalero, que había repetido el plan en su mente una y otra vez; su amigo, que recién se estaba enterando de la cosa, lo miraba con los ojos cada vez más grandes y la boca absolutamente abierta de asombro por lo que estaba escuchando, y todavía faltaba lo mejor:
–En cuanto empiecen las misas, nos juntamos en la puerta del Ayuntamiento y cruzamos la información obtenida; si ninguno de los dos la vio entrar a esas iglesias, parto raudo a San Gabriel, ahí seguro que me la encuentro.
–Usted a donde va a partir es al infierno, don Marín –le dijo José a su amigo sonriendo –¿o sea que vamos a ir a tres iglesias y no vamos a entrar a ninguna de las misas? Siendo así, me parece bien. Acepto. Pero solo para verle la cara a usted cuando se encuentre con la niña.
Los amigos se abrazaron muertos de risa, y continuaron caminando rumbo a las vides apestadas que los esperaban. Al final de cuentas, todavía faltaban varios largos días de trabajo antes de poder implementar el plan del reencuentro; pero nada de esto le importaba a Rafael. Iba a rastrear a esa mujer todas las veces que fueran necesarias hasta que finalmente lograra su objetivo, esperando que fuera ese también el deseo de su amada, para lograr así nunca más separarse de ella.
Los días pasaron lentos para Rafael, tan lentos que no podía más de la angustia, a la espera del próximo domingo, en el que daba por descontado que iba a poder enfrentar a su mujer amada, y que tendría una respuesta satisfactoria de Eloísa, lo cual ya era toda una fila de situaciones que debían suceder. Pero, en definitiva, y de puro vivir nomás, el fin de semana llegó y el domingo amaneció primaveral, lo que más que ser un presagio resultaba normal, ya que de todos modos correspondía a esa época del año el clima cálido. Y allí partió Rafael callejón abajo a despertar a su amigo José, que a nueve casas de distancia dormía plácidamente, aprovechando el día de descanso; el sol aún ni siquiera se veía por sobre las sierras, y ya Rafael Marín estaba arrancando, para poder llegar a horario, a la primera tanda de iglesias que debía recorrer esa mañana. José salió de su vivienda entre bostezos e insultos contenidos, y ambos rumbearon a la primera guardia; cuando el sol asomó y las campanas sonaron llamando a misa, las mujeres ya se acercaban ordenadamente a las puertas de los templos para cumplir con una de las tantas obligaciones que su destino les tenía asignadas desde hacían siglos, y que nada mostraba que pudiera cambiar al menos en lo que les quedaba de vida.
Las campanas cesaron, los curas arrancaron con sus respectivas misas, y Rafael no había divisado a Eloísa entrando a la iglesia de Santa Catalina; algo de desesperanza atravesó el cuerpo del labrador ya que creía que allí la encontraría, atendiendo a que era esa la parroquia más cercana a sus casas. Pero en fin, había fichas aún depositadas en la observación de José Sordo y, de no tener una respuesta favorable de su amigo, asistiría ya sí, con la angustia a flor de piel, a la última de las opciones que le estaban quedando disponibles en ese primaveral domingo de abril.
Asegurado ya de que la joven no ingresaba a Santa Catalina ni aún después de hora, corrió hacia la puerta del Ayuntamiento a la espera de su amigo, quien estaba también llegando a la reunión preestablecida:
–Pepillo, por favor, dígame que la vio –imploró Rafael a su amigo.
–No seré yo el que le mienta, don Marín –dijo José –no la he visto, no entró a la iglesia Mayor.
–Mierdas –lanzó el jornalero entre resoplidos por la corrida –vamos para San Gabriel y que dios se apiade de mi alma.
La desesperación de Rafael no le permitió a José reírse de la frase, pero tuvo que hacerle un comentario mínimo:
–Vecino, no mezcle a dios en esta, que no es usted el más devoto, para qué le cuento.
Rafael abrazó a José Sordo, como buscando las energías que ya no le estaban quedando, y partieron ambos rumbo a la puerta de la iglesia de San Gabriel, a la espera del milagro dominical. Con tantos apuros, llegaron bastante antes de que la misa terminara, por lo que nuevamente no les quedó más que esperar a que los relojes marcaran la hora señalada. Finalmente, y después de una de las esperas más largas que jamás haya tenido que soportar, o al menos eso era lo que Rafael sentía, las puertas del templo se abrieron y las mujeres empezaron a surcar las calles rumbo a sus respectivos hogares, no sin antes quizá dar una vuelta por la plaza por las dudas de que un amor mañanero las descubriera y las llevara a la gloria eterna, si es que eso existía, o al menos a una vida en otro domicilio distante del de sus padres.
Desde lejos todas las asistentes a la iglesia se veían bastante similares; vestidas con ropas oscuras y con un mantón sobre la cabeza, no parecía que fuera fácil identificar a la mujer deseada. Pero de repente, el tiempo se detuvo, al menos para la mente del muchacho enamorado; Eloísa apareció junto a dos amigas por la puerta de San Gabriel, con una leve sonrisa en sus labios, y un aura que la rodeaba, solo a ella, por lo que a los ojos de Rafael fue simple individualizarla de todo su entorno.
–Me parece que no está por acá –dijo José Sordo, cuyos ojos no tenían a la vista las señales que eran obvias para su amigo.
–Sí –alcanzó a decir Rafael con la voz temblorosa –ahí viene acercándose.
La joven efectivamente se dirigía hacia la esquina en la que estaban los labradores, pero aún sin notar la presencia del hombre con el que había estado soñando y sobre el cual no había dicho ni una sola palabra a sus amigas. De repente, al descubrirlo, sus ojos se agrandaron aún más, si es que eso era físicamente posible, y una sonrisa natural se dibujó en su rostro; sus brazos temblorosos no fueron capaces de sostener al mantón que ya caía desde sus hombros y que se deslizaba suavemente a sus pies, recorriendo su cuerpo a una velocidad que a los ojos de Rafael pareció ser una verdadera eternidad. Como si fuera una imagen en cámara lenta, al menos para la mirada del campesino, de la mujer amada emanaban luces mientras el pañuelón negro con flores no terminaba de llegar aún al suelo. El mantón, bordado a mano en vaya uno a saber cuántas noches en vela en que la misma Eloísa soñaba quizá a la luz de un candil con un hombre que pudiera hacerla feliz, sin llegar quizá a comprender el detalle de la felicidad deseada, pero aun así deseándola, terminó finalmente desparramándose a los pies de la joven. Rafael se agachó con el estilo digno de un noble hacia la prenda para levantarla, o quizá con gran torpeza, pero en definitiva y sin que a nadie le importara en lo más mínimo el modo utilizado, llegaron sus dedos hasta el mantón, lo tomó, lo puso frente a los ojos de la joven, y exclamó entre temblores y suspiros:
–Rafael Marín Rodríguez, a su servicio.
Quizá un físico podría decir que el silencio no se escucha, pero no había físicos en esa mañana de domingo para corroborar, en la práctica, que el silencio emanaba de los labios de Eloísa, Rafael, y de todos sus amigos, que durante quizá una milésima de segundo contuvieron la respiración. Luego de eso, Eloísa solo dijo:
–Gracias Rafael –y empezó a caminar lentamente hacia la plaza.
El campesino caminó a su lado, en silencio, y el grupo de amigos de ambos los siguió a una respetuosa distancia, sin que ninguno intentara arriesgar una palabra por temor a comprometer verdades desconocidas. Aunque José Sordo desconocía menos que las amigas de Eloísa, que nada habían sospechado más allá de notarla ausente en las charlas cotidianas de los últimos días.
–Por las tardes suelo venir a la plaza, martes y jueves –lanzó la mujer, sin que nadie le preguntara.
–Aquí estaré para acompañarla –respondió Rafael, y agregó con temor –si es que me lo permite.
–Si mis amigas me acompañan, es posible –declaró Eloísa mientras frenaba en la esquina, dando por terminada la caminata.
–Espero que así sea –cerró Rafael, colorado como un tomate, antes de hacer algo así como una reverencia y comenzar a alejarse –nos veremos, Eloísa.
–Nos veremos, Rafael –contestó la joven con la felicidad reflejada en su rostro.
Y así se fueron conociendo Eloísa y Rafael, en encuentros “casuales”. Las semanas pasaban y el jornalero corría, apenas terminaba su día laboral, a encontrar a la mujer con la cual ya tenía decidido que iba a pasar el resto de sus días. Por el momento al menos, la felicidad de los tórtolos era plena, aunque la verdad era que nadie en la familia de ella sabía nada y parecía difícil que lo aceptaran tan fácilmente; martes y jueves a la tarde y domingos después de misa, con la complicidad de las amigas de Eloísa, el amor fue creciendo.
Pero la situación del país no estaba colaborando del todo con los enamorados; España enfrentaba una situación compleja con los rebeldes cubanos que pretendían la independencia de su isla. Cuba era una de las pocas colonias que le estaban quedando a los ibéricos de lo que fuera su vasto imperio en el que, en su mejor momento, nunca se ponía el sol; ya habían pasado los tiempos de gloria, y las últimas regiones buscaban su independencia, que era negada por España quizá más por orgullo que por la real valía que esas tierras tenían para los colonizadores. Pero esa defensa de territorios de ultramar requería de hombres que sirvieran en el ejército regular, y en ese año que corría, a poco de terminar el siglo XIX, debían enlistarse tanto Rafael como José, sin saber a ciencia cierta si era solo para prestar servicio militar en la península o quizá para atravesar el océano a defender una tierra que no conocían. Fuera como fuese, la citación para presentarse en el cuartel ya les había llegado a ambos jóvenes, como al resto de los muchachos de su edad, y era cuestión de días para que supieran qué iba a ser de sus vidas, en el futuro cercano al menos.
El cuartel del ejército, el día de la revisación médica, estaba atestado de jóvenes asustados; sus datos habían sido brindados por las distintas iglesias del pueblo desde la información contenida en los registros bautismales, y no había quien se salvara; o al menos eso parecía ese día. José y Rafael esperaban en la fila, hasta que finalmente les tocó el turno; primero pasó José, y luego de unos minutos, desde una habitación contigua a la que había accedido su amigo, salió un sargento que mirando a Rafael gritó:
–¡El que sigue!
Y el que seguía era Rafael, que ingresó, a paso rápido, al recinto. Mientras era revisado superficialmente y medido en altura por un hombre de guardapolvo blanco, era además interrogado por un uniformado que, detrás de un escritorio, escribía en un libro lo que escuchaba, con más bronca que amargura, pero con ambas a flor de piel.
–¡Nombre! –gritó el militar.
–Rafael Marín Rodríguez –respondió el joven.
El uniformado levantó la vista, y mirando fijamente al jornalero, le dijo:
–…señor.
Rafael no entendió del todo qué significaba eso que el hombre pretendía de él, hasta que el militar se paró de su silla, y se dirigió a escasos centímetros del rostro del joven para gritarle:
–¡Cuando se dirija a mí, me dice “señor”! –dijo el oficial, llenando de saliva el rostro del campesino –¿entendido?
–Sí señor –contestó Rafael, comenzando a comprender que la vida no era tan simple en ese lugar.
–¡Nombre! –repitió el militar como si nunca lo hubiera dicho antes.
–Rafael Marín Rodríguez… señor –respondió temblando el joven.
–¿Y a qué se dedica el señorito? –siguió el hombre con su interrogatorio.
–Trabajo la tierra… jornalero, señor –respondió Rafael.
–Del campo –dijo el militar mientras escribía, sonriendo en un formato que parecía ser sarcástico –todos por acá son del campo...
–Supongo que analfabeto… ¿sabe leer y escribir? –lanzó el militar, aunque ya suponía la respuesta.
–No señor –dijo el campesino avergonzado, como si fuera su culpa la ignorancia de saberes formales.
–¿Redención en metálico? –preguntó finalmente el uniformado.
Rafael no entendió la pregunta. No tenía ni la más lejana idea sobre lo que el hombre le estaba hablando, y su silencio fue la respuesta:
–Sorteable sin reclamación, entonces –anotó el militar mientras sonreía.
La redención en metálico, consistía en la forma deleznable en la que las familias pudientes liberaban a sus hijos de la milicia. Reglamentada, y en un todo de acuerdo con la legislación vigente, por dos mil pesetas un mozuelo podía “redimirse” y quedar exceptuado del servicio militar; eso de irse a morir al frente de batalla, parece que no estaba destinado a los hijos de la nobleza ni de los nuevos comerciantes que se estaban adueñando del país. Solo los pobres, y con todas las de la ley, eran la carne de cañón del ejército español.
José y Rafael, un par de horas después de haber llegado al cuartel, volvían a sus casas sin ninguna certeza, pero sin dudas de que su suerte estaba echada; la guerra se acercaba a ellos, y al parecer nada podrían hacer por esquivarla.
El martes siguiente, como desde hacía ya un tiempo, Rafael acudió a la plaza del pueblo para su cita con Eloísa; la moza llegó a la hora establecida, pero con una tristeza visible en el rostro, y marcas de lágrimas aún frescas surcando sus mejillas.
–Eloísa… qué pasó –atinó a decir el campesino a la mujer amada, que ante la pregunta no pudo menos que romper en llanto.
La joven abrazó a Rafael, y lloró desconsolada en sus brazos, generando una contradicción inexplicable en el mozuelo; era la primera vez que se abrazaban, pero estaba ocurriendo en quizá el peor momento. Eloísa estaba claramente desesperanzada.
–Convocaron a mis dos hermanos a la milicia –susurró la joven, y entre mocos completó la frase –en menos de un mes parten para el ejército, y después de eso, a Cuba.
Rafael olvidó por un momento a su amada y su mente se trasladó a la citación que había llegado esa misma mañana a su casa, y de la cual no sabía aún que decía; esperaba a un vecino que sabía leer, para poder así enterarse de qué trataba el papel ese que tantos sellos del gobierno traía. Pero como había partido al campo a trabajar y aún no volvía a casa, no había tenido noticias del contenido del escrito; aunque las lágrimas de Eloísa le estaban ya adelantando el final de la historia.
–Pero será posible… que la hormiga mate al tigre –repitió Rafael parafraseando a su padre que tantas veces repitió la misma consigna –creo que yo también estoy citado, Eloísa…
Los jóvenes se abrazaron aún con más fuerza, y las lágrimas se mezclaron en la triste tarde andaluza, que dejaba sin futuro a un presente simple, que pretendió sin éxito aparente convertirse en continuo, hasta que el amargo brazo de la guerra llegó para troncharlo.
–¿Y ahora? –preguntó Rafael a Eloísa, con miedo por la respuesta.
–Ahora se viene usted conmigo a mi casa y se lo presento a mis padres –sentenció la mujer, que emergió del abrazo con la áspera madurez que dan los momentos tristes de la vida –y más vale que lo acepten, porque lo voy a esperar lo que sea necesario; de usted, nada me separa…
–Que así sea –respondió el campesino.
Eloísa y Rafael caminaron con prisa calle arriba desde la plaza hasta el barrio alto, y llegaron a la humilde morada de los Cárdenas en el mismo momento en que el padre de la moza, junto a sus dos hermanos, arribaban desde el cortijo después de cumplir con otra jornada laboral. Los jóvenes trabajadores observaron al muchacho que caminaba junto a su hermana, saludaron moviendo la cabeza y se perdieron tras la puerta del hogar; entendieron que se estaba por realizar un encuentro al que no estaban invitados, y ya bastantes emociones habían tenido en ese día, desde que se habían enterado de su citación para concurrir al ejército español.
–Buenas tardes don Ramón Cárdenas –comenzó diciendo Rafael, sin darle tiempo a Eloísa de abrir siquiera la boca para hacer algún tipo de introducción –mi nombre es Rafael Marín, y soy jornalero; y a pesar de lo poco que pueda parecer que tengo para ofrecer, estoy enamorado de su hija y me gustaría, respetuosamente, pedir su bendición para visitarla en la forma en que usted considere conveniente.
Las palabras brotaron de la boca del campesino con una naturalidad que sorprendió hasta al mismísimo Rafael, pero en fin, como bien reza la frase, ya estaba cruzando el río, y solo quedaba seguir avanzando hasta llegar a la otra orilla.
–Me espera en mi casa una citación del gobierno, y quisiera, si es que usted lo considera oportuno, formalizar mi relación con Eloísa antes de que la guerra me lleve –expresó el trabajador, y bajó la vista sin saber a ciencia cierta cuál iba a ser la respuesta del campesino que tenía frente a sus ojos. Ramón Cárdenas suspiró, y en esa exhalación pareció recuperar los años que había perdido en el transcurso de la mañana mientras procesaba el llamado a la guerra de sus hijos.
–Ya me enteré hoy de que dos de mis retoños tienen un destino con el que no estoy de acuerdo –dijo el papá de Eloísa, que mientras más hablaba más se erguía, cobrando en ese acto una altura que al enamorado le pareció de varios metros –usted me está dando la oportunidad, Rafael, de terminar el día dándole una alegría a mi pequeña niña; así es que, si ella está de acuerdo, lo esperamos de visita cuando sus labores lo dejen, para que puedan irse conociendo, por lo menos hasta que la mierda esta de guerra lo permita.
Rafael recuperó el aliento al oír las palabras de su futuro suegro, quien de todos modos no había terminado aún de expresar sus ideas:
–Si va a ser un compañero de armas de mis hijos, es bienvenido en esta casa –sentenció el campesino, mientras Eloísa corría a abrazar a su progenitor con una compleja mezcla de alegrías y tristezas.
La oscuridad cubrió una vez más, en esa tarde que ya se iba, los cerros del pueblo; pero el futuro, incierto y negro como la misma noche, se había topado con un candil que lo enfrentaba, desde el naciente amor de dos jóvenes habitantes de esas hermosas tierras del sur de España, para quizá vencerlo.

