Dejar morir: la travesía inhumana y burocrática que viven los enfermos y sus familias
Luego de la ronda de rigor se hace un silencio espantoso que solo corta el bip de los aparatos, alguna tos y, cada tanto, un grito desesperado para pedir auxilio: “¡enfermera!”, se escucha. La sala, separada del resto del Hospital Militar por alojar personas con covid, es un búnker sin conexión emocional con el exterior. La ayuda, las sonrisas y las palabras de aliento se miden con cronómetro. Desayuno, almuerzo, cena. Control de temperatura y signos vitales. Personas escondidas en escafandras de plástico, batas de tela vegetal y guantes de látex. Para muchos fue un tiempo de descuento.
Mi hermana se contagió con el virus Sars-CoV-2 y estuvimos aislados durante una semana porque se supone que podía contagiar. Cuando murió no nos dejaron despedirla por el protocolo que indicaba que a los muertos se los aislaba aún más. Lo entendí después: los muertos por covid no contagiaban, pero avergonzaban. Fueron encerrados y cremados porque aún podían hablar. Detrás de cada uno, como Vicky, hay una historia de negligencia, abandono y dolor.
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Mal de ojos
El covid era el virus inesperado. Primero habíamos estado internados en una sala común que fue difícil de conseguir. Enero, vacaciones, poco lugar en los hospitales y mucha más burocracia. La salud se toma vacaciones. Lo sabe Juan Manuel, que peregrinó con ella semiconsciente para que le abran la puerta de algún hospital; con 40 grados, desesperado y con el dolor en el alma que genera tener a una hermana con un problema.
Aún antes, sufrimos el mal de ojos que recae sobre las personas que se atienden en el PAMI. No, no son las cataratas; tampoco una brujería. El mal de ojos que afecta a algunos prestadores del PAMI tiene que ver con la impersonalidad en la atención y consultorios; con hacer sentir a las personas una “cosa”, un número de expediente. Es el mal de “no mirar a los ojos” para saber qué le pasa a quien está del otro lado.
En plena crisis psiquiátrica el único que atinó a dar una mano en esos consultorios de Godoy Cruz fue el guardia de seguridad que oficia de psicólogo usando el sentido común y la empatía. Otros, se escondieron para no tener que sentirse en el compromiso de tener que ayudar. Los pacientes que esperaban, abúlicos y con la resignación en la cara. La espera, el destrato, sentirse un estorbo es una situación dada para los 200 mil mendocinos que tienen esa obra social y son derivados a prestadores. “Esperan que esperes la muerte”, me dijo una señora en alguna de las salas de espera. Un médico se sentó y no levantó la mirada. Con la cabeza gacha solo preguntó qué tomaba para escribir la receta. Nunca supo el nombre, el problema y si lloraba o reía. Ella tenía un problema psiquiátrico, el médico el mal de ojos en el corazón.
Acompañar a una persona que tiene un problema severo de salud no es solo una tarea humana, sino también administrativa. Hay que llamar, buscar cama, recibir rechazos, sacar número, escuchar muchas veces la palabra “no”, vencer pudores para llamar a algún “contacto”, administrar la ansiedad y saber que hay un sistema disfuncional que corre rápido y furioso; como un río de deshielo que hay que remontar aguas arriba. Pasamos por el hospital Pereyra, Juan Manuel consiguió una cama en el Hospital Militar y, recién luego de una semana, abocarse a la salud física; con un desgaste emocional difícil de soportar.
Espera
Entrar, vestirse de tela vegetal. Hablar, abrazar, acompañar de la mano. Los temas de conversación son un loop. Luego de algunos días ya no hay en qué pensar, lugar nuevo para descubrir en ese cuarto lleno de cables. El teléfono ya molesta por los relatos absurdos de un afuera al que no se puede alcanzar. Hay un televisor que funciona como en la década del 80, con fichas. Cada una alcanza para 4 horas de programación, pero se venden en un kiosco que está frente al hospital y está abierto solo hasta las 17. Es un exterior cercano, unos 30 metros, inalcanzable para quienes estamos aislados. El ruido de una gotera en la mochila del baño acompaña y un sinfín de soluciones insólitas que se pasan por la cabeza para tratar de solucionarlo: un vaso que se llene y amortigüe el goteo. A los pocos minutos se escucha la pequeña cascada por el desborde del recipiente.
La monotonía nos hace irritables, transforma en monstruos a las personas y lleva a actitudes de las que es fácil arrepentirse. Vicky tirita, no puede controlar su cuerpo. Tuvieron que atarla para que se calme y, luego de cruzar el umbral de la reacción estúpida ante la monotonía, hasta le grito; sin que pueda escuchar. Llamadas por teléfono y otra mala decisión ante el pánico: intentar trabajar como si no pasara nada; desde una habitación de hospital y con otra urgencia obvia. La hiperrespondabilidad a la que nos acostumbramos para “ser y parecer” nos hace aún más estúpidos.
En la urgencia, algunos actuaron mejor que otros. Los médicos del Pereyra la salvaron, los enfermeros del Militar la trataron con amor. Pero el peso de ir contra un río de burocracia y mala gestión es mucho cuando una familia está dolida y abrumada. Además de PAMI, tenía OSEP. Dos obras sociales, casi un privilegio. Ambas que dependen de la gestión política y administran un volumen de recursos y problemas casi inconmensurable. PAMI, el segundo presupuesto más grande del país. OSEP, quebrada por la mala gestión que se arrastra y rescatada financieramente por el Gobierno. Raro: la principal crisis que vive esa obra social es humana, pero en la ley para conseguir dinero nada se habla, ni una palabra, de eso.
Una discapacidad, un problema psiquiátrico complejo y covid, esa enfermedad que, como quien descubre el truco a un mago, vino a sacar el velo de todas las carencias estructurales que tiene la provincia. Esa combinación excedía las capacidades logísticas del Hospital Militar y hacía falta trasladarla. Primero, necesitaba una resonancia que no se pudo hacer en tres intentos en la Fuesmen. Luego, conseguir la cama y lo imposible: que OSEP haga el traslado. Si hay un punto donde todas las miserias y carencias salen a flote es ese; pelear por una cama crítica en un hospital cuando se sabe que quien la ocupe puede vivir, quien no tenga esa suerte puede morir. Recibimos un llamado: la cama estaba para trasladarla al Hospital Del Carmen. Solo faltaba la ambulancia, que nunca llegaría. Una vigilia desde las 17 hasta las 6 de la mañana, cuando perdimos toda la esperanza. Y algunos mensajes que parecían desgarradores: “No hay ningún pedido de traslado con ese nombre”; decía una fría voz del servicio de emergencia, a pesar de que desde la obra social decían lo contrario, que “llegaría en cualquier momento”. El traslado era de apenas 2 kilómetros. Era martes. En un abrir y cerrar de ojos le sacaron la “bigotera” para tener una máscara. En otro pestañeo, sus pulmones comenzaron a complicarse.
La impotencia solo se calma con una idea. Pensar que la cama que no le dieron a Vicky fue ocupada por alguien que la necesitaba más, que era más urgente y que hubo algún intento por salvar alguna vida. Solo eso. Los médicos nos dijeron algo que era incompresible; que no había nada que hacer; que no convenía llevarla a terapia intensiva porque sufriría. Con la familia decidimos no exponerla más a sufrimientos; habían sido dos años de medicamentos, tratamientos, dolor y deterioro. Demasiado.
Vicky era tierna; jugaba al fútbol, le encantaba hacer operaciones matemáticas y comer tostados con una coca en algún bar, una costumbre materna hermosa.
La diferencia entre la vida y la muerte pueden ser minutos. ¿Se puede morir mejor o peor? Nadie lo sabe; pero sí es revelador ver la diferencia entre hacer todo lo posible y dejar que las cosas pasen sin intentar cambiar la historia para bien. En OSEP dejaron ese camino. No lo dijeron, pero entendimos el mensaje: el sistema de salud nos intentó decir siempre que igual se iba a morir, que cualquier esfuerzo no merecía la pena y por eso ellos no lo hicieron.
*Experiencia MDZ es una nueva sección para relatar con criterio periodístico personal vivencias, hechos, sucesos de los que los periodistas son o serán parte.