Las apariencias engañan y los prejuicios confunden

Las apariencias engañan y los prejuicios confunden

Con frecuencia nos formamos una primera impresión sobre los extraños, de acuerdo a su apariencia y al hacerlo actuamos llenos de prejuicios.

Carlos Gustavo Motta

Carlos Gustavo Motta

Al entrar en contacto con personas que no conocemos nos formamos una impresión a “primera vista” que resulta ilusoria porque nuestros juicios iniciales nos pueden engañar. Esas impresiones se constituyen a merced de indicios o rasgos que observamos. Procedemos como detectives buscando rastros o reuniendo pequeñas informaciones para obtener un retrato de la persona en cuestión. Ni el niño ni el adolescente ni el adulto saben explicar cómo interpretar estos datos. A partir de estas deducciones sobre el comportamiento de los demás resulta discutible arribar a las características de la realidad acerca de alguien.

Algo se conoce sobre estas intuiciones primeras que obedecen a tres principios básicos de acuerdo a teorías de la conducta:

  1. El principio de primacía que considera a los indicios que primero notamos particularmente importantes y determinan impresiones duraderas. El famoso refrán popular que dice que la primera impresión es la que vale, parece confirmar este principio.
  2. El principio de la evidencia donde los rasgos marcados de la persona provocan impresiones firmes.
  3. El principio de la frecuencia: ciertos rasgos de la persona son repetidamente observados, por ejemplo la timidez.

A veces las características físicas también influyen en las opiniones. Hay quienes creen que las personas rubias poseen un temperamento vivaz o que el individuo de mirada evasiva y labios finos es cruel. Gestos, movimientos expresivos, rostros, posturas suministran variables que permiten formarse primeras impresiones. Asociaciones sobre estereotipos frecuentes pueden ser correctas en ciertos casos, pero en general son de una dudosa validez. La capacidad de percepción varía de un observador a otro pero todo hacer pensar que cada uno de nosotros tiene un “esquema” personal de interpretación.

Si tomamos conciencia de los errores más evidentes que cometemos al formarnos nuestras primeras impresiones, podemos sin duda mejorar la precisión de nuestros juicios iniciales. Estas “equivocaciones” personales finalmente hablan de nosotros mismos.
Si quedamos impresionados por la belleza de alguien o por su fluidez para hablar o la capacidad para escribir, tendemos atribuir otras cualidades favorables que pueden ser irreales y al mismo tiempo ignorar cualquier rasgo desfavorable de su personalidad. Es lo que solemos llamar “idealización” en torno a alguien.

La tendencia al conocido mecanismo de defensa llamado proyección es común: significa ver en las demás personas aquellas características que juzgamos inaceptables en nosotros mismo y que nos gustaría eliminar. Ignoramos nuestros defectos que descubrimos con facilidad en los otros. En algunos casos se atribuyen propiedades de carácter calificativo semejantes
a los que poseen los objetos: caliente, frío, superficial, profundo, brillante, apagado, etc. donde se arriba a conclusiones aventuradas. Así la piel áspera se asocia con el carácter rudo. Las ropas que señalan pobreza, revelan maneras groseras.

Por otro lado el reduccionismo abrevia lo observado con imágenes preconcebidas y simplistas. Esta serie mencionada provoca una tendencia a catalogar a las personas. La estereotipia consiste en clasificar a cada uno como espécimen de un determinado grupo. Parece que llevamos en nuestra mente estereotipos en relación con la edad, el sexo, la ocupación. Cualquier persona, al ser presentada a otra, corre el riesgo de ser prejuzgada y encuadrada dentro de alguno de estos tipos cuando en realidad, es totalmente distinta.

La broma pesada, el bullyng, las tensiones en el campo laboral, la relación entre profesionales de distintas instituciones, las militancias políticas, los guiones escritos y llevado a la pantalla chica y grande son algunas de las aplicaciones de estas cuestiones que nos ocupan día a día. Apropiarse de nuestra historia, conocer nuestro modo particular de amar o de enojarse no dejarán de lado estas primeras “marcas” que uno tiene sobre el otro, pero al menos comenzarán a poner distancia a los prejuicios con que tal
vez fuimos alimentados desde pequeños. Fundar lugares personales teniendo una cita con uno mismo, puede ser el camino inicial de cualquier espacio terapéutico que decidamos comenzar.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

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