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Complicaciones de un mendocino alérgico de más de cuarenta

Llega el domingo día del rincón literario, y esta vez, con buenos personajes mendocinos.

Otra vez alerta de zonda. Ya es la segunda (¿o tercera?) vez en esta semana. ¿Pero qué le pasa al viento este, que antes nos visitaba cada tanto y ahora nos azota cotidianamente? En fin. Allá voy, oh vida, a enfrentar tus desafíos, con el antialérgico tomado y el paf en el bolsillo. Igual parece que se vienen fuertes las ráfagas y no hay ramas que se mantengan en su sitio. Siempre es más fácil decir que es culpa de la municipalidad que no cuida bien al arbolado público, pero la verdad es que este viento no respeta edades y tira por tierra tanto a troncos añejos como a esos que parecen estar aún en sus mejores años…

Treinta grados hacen ahora, y amanecimos con cinco. Ya sé que el cambio de temperaturas no enferma, pero psicológicamente al menos, nos pega unas palizas… igual allá voy, entre estornudos y bocanadas que intentan tomar aire en más cantidad, para contrarrestar a los pulmones que se cierran como si no hubiera un mañana. No señora, no tengo Covid, déjeme estornudar en paz, si mire que me tapo la boca con el codo, che. Pasé décadas estornudando sin que nadie se ofendiera y ahora resulta que cualquier achís es acusado de virus pandémico. Calmémonos por favor. Aunque sí es cierto que desde que me agarró el bicho, estoy como más estornudador. Y desde que leí la noticia esa que decía que las alergias habían aumentado en Mendoza y ya no eran solo estacionales, más me da. No, si te juro que ya me estoy convenciendo de que es psicológico en buena parte…

Las alergias habían aumentado en Mendoza y ya no eran solo
estacionales.

Aunque la verdad es que, cuando lloviznó el otro día, la humedad y el fresco me calmaron al aparato respiratorio, pero me complicaron los huesos. Desde una hora antes de que empezaran las precipitaciones, y aunque el celu ya me decía que estaba lloviendo (marcando a la garúa con más antelación que la que utiliza para avisar de los temblores), el hombro me empezó a molestar. Y a ese dolor del viejo golpe de aquel accidente del milenio pasado, en un santiamén se le sumaron las rodillas como si nada, y cuando quise acordar el pulgar derecho también me tenía en un ayayay. Aunque este último puede ser que me moleste por abusar de las redes sociales en el celu, que tanto tiqui tiqui de los deditos sobre la pantalla no puede ser gratis. En fin, que tuve que clavar un paracetamol para poder salir el domingo pasado a votar, y a las horas cruzarlo con un ibu, que a falta de abuelas, por suerte tenemos a internet que nos avisa de las dificultades de abusar de los analgésicos…

En definitiva, y como bien dice el chiste, al parecer la culpa es del tiempo: del tiempo que hace que he nacido. Porque no habría un tipo de clima que me deje avanzar por la vida como antes, cuando la cabellera fluía sobre mis hombros y el tonner de la barba aún no se me acababa, dejándome este blanco que muestra a todas luces la evidencia de lo indiscutible. Pero en fin, la única forma de
no envejecer parece ser esa de andarse muriendo, así es que los que nos quejamos de dolores, es porque la vida nos acompaña, que no es poca cosa.

Basta entonces de quejas: estoy vivo, y me encanta. Salgo a la calle, con lluvia o con zonda, y sonrío en soledad, aunque el vecino de enfrente piense que algo no me anda del todo bien en la cabeza por comportarme así. Si las gotitas que caen desde esas lejanas nubes que cubren al cielo con su gris eterno me mojan la pelada, me pongo la capucha; si las ramas de los plátanos se sacuden al ritmo de esos aires que nos visitan cálidamente desde la inacabable cordillera, disfruto del vaivén de sus hojas. Es la vida, y solo vale la pena si es vivida. En eso estamos…